Oscar Metal cruzó lentamente el
salón y me abordó decidido. Estaba más ridículo que nunca con sus ojeras verdes, los
pelos hirsutos de la nariz y el pendiente de plástico.
Señor Brox, quiero hablarle.
-Le escucho.
-Sé que nuestro sector está condenado. Han hecho el vacío debajo de nuestros pies y
hemos caído. Soy demasiado viejo para implorar caridad, pero, en cambio, tengo mucha
experiencia. Sabe más el diablo por viejo que por diablo. ¿Se acuerda usted de lo que
fue necesario reprogramar cuando se jubiló precipitadamente al grupo Cátaro? El Sistema
nos necesita como suplentes, podemos suplir su memoria en caso de necesidad. En pocas
palabras: me ofrezco como respaldo. Creo que es muy conveniente conservar un individuo
vivo. Uno solamente y ese puedo ser yo. La estadística 128 es fundamental y desde el
punto de vista histórico...
Estaba hundido. Decidí darle esperanzas, porque la esperanza -lo dice
muy claro el manual- es el sentimiento más humano y hermoso del hombre.
-Acepto su ofrecimiento y le prometo que lo defenderé con calor en el Nivel 1. Ha tenido
usted una brillante idea.
-Gracias, señor Brox; confío en usted. Colaboraré con el Sistema hasta el final.
Hablaré con mis compañeros y les prometeré lo necesario para que no se produzca ninguna
alteración del orden. Los llevaré al matadero como corderitos porque yo soy una persona
agradecida.
Oscar Metal se integró nuevamente en el corrillo de los Décadas. Yo
fui de grupo en grupo para charlar y dar instrucciones, para propalar rumores y sembrar
inquietudes.
-Señor Brox, le espera el señor Doo en el Nivel 1 -me dijo un ordenanza.
Abandoné la sala y acudí con toda la celeridad que me fue posible a la llamada de mi
superior jerárquico. Recorrí a todo correr los pasillos de la planta noble y durante
unos minutos hice antesala en el saloncito de los espejos. Como siempre las maderas de
cedro me impresionaron hasta hacerme temblar. El cedro y la caoba me empequeñecen, me
disminuyen.
-¡Adelante, Brox! -gritó el señor Doo, con su característica vitalidad- Pase y
póngase cómodo, ¿qué quiere tomar? ¿Un whisky?
Nos sentamos en el gran sofá y seguimos por los monitores el
desarrollo de la convención.
-El resultado se puede calificar como muy satisfactorio. La convención ha sido un éxito.
Brox, y todo el mérito es suyo. El Sistema está admirado de su valía.
-Hemos trabajado duro pero creo que mereció la pena. Las relaciones humanas son vitales.
Propongo que las intensifiquemos en el futuro.
-Sí, ha sido una útil experiencia.
El señor Doo cambió de tono. Las palabras que siguieron participaban
tanto de la inquietud como de la esperanza.
-Se acercan cambios profundos, amigo mío. Modificaciones fundamentales en el sistema de
vida. Me temo que estamos ante una nueva era.
Una extraña sensación de temor me recorrió todo el cuerpo. El pavor
a lo desconocido me agarrotó y aunque sonreía como un estúpido el sudor empezó a
brotar de todos mis poros y el impecable maquillaje que me habían hecho en guardarropía
empezó a desmoronarse y me cara se llenó de churretes.
El señor Doo observaba todo el proceso divertido, con la misma
crueldad con que yo veía como mis subordinados se venían abajo. Era la ley de la jungla,
la norma sagrada de la cibernética.
-Vamos, vamos, amigo Brox; repórtese hombre de Dios.
-Estoy deseando conocer las novedades señor Doo. Me tiene usted en ascuas.
-Puedo adelantarle algo, pero con carácter extraoficial.
No me han enviado ni informes ni datos. El Sistema no se comunica. Hace
un mes que no se manifiesta. Ignoro si las evidencias que poseo son debidas a una fisura
en la seguridad o por el contrario se trata de una postura premeditada. Una especie de
avanzadilla para estudiar nuestras reacciones.
El temor se fue concretando en un dolor de estómago. "¡Dios mio,
qué miedo tengo!", pensé.
-Usted sabe que mi gran pasión es el coleccionismo de componentes. Es algo más que una
curiosidad científica porque los ordeno con rigor biológico. Soy un hombre de ciencia y
no creo que peque de vanidoso si le aseguro que mi colección es única.
Desde los primeros transistores a los circuitos interactivos, pasando
por los diodos, lámparas, circuitos impresos, circuitos monolíticos integrados y chips
de todas clases, tengo en mis vitrinas miles de testimonios que constituyen la historia de
los sistemas expertos. Mi casa es un museo.
-Lo sé, señor Doo.
-Ayer, sin embargo, recibí un obsequio que en principio me sorprendió y después, me
hizo palidecer de temor. Me lo enviaron por correo; de una forma misteriosa y anónima,
pero ¿quién lo hizo? ¿El Sistema? Eso es lo lógico porque procedía del Nivel 0, pero
como todo el mundo rumorea en el 0 no sólo habita el Sistema también hay muchos de los
nuestros que hacen cientos de labores: peluqueras, secretarias, prostitutas, bailarinas,
conductores, jardineros, perros, soldados, asesinos. ¿Quién me envió el regalo para mi
colección? Y, sobre todo, ¿qué quiere decirme?
El Jefe se levantó y del cajón de un mueble próximo extrajo un cofre
diminuto.
-Examine esto, por favor -y me tendió un componente para mí desconocido, que se parecía
ligeramente a los circuitos Mos que se habían utilizado en el pasado.
-Parece una piedra arqueológica. ¿Es acaso un retroceso técnico?
-No. El Sistema no retrocede jamás. Es el último componente, la última novedad. Por
favor, acérqueselo al oído. Obedecí la orden y me quedé paralizado por el estupor.
Latía. El componente latía, tenía vida propia. Era un pequeño ser vivo, una célula.
-¿Qué significa esto? -pregunté procurando dar a mis palabras una indiferencia que
estaba muy lejos de sentir.
-Es un cambio de era. Todos los logros cibernéticos conseguidos hasta ahora se han
quedado obsoletos. Es lo que los economistas de antaño llamaban con aquella ingenuidad
suya, angelical, el envejecimiento económico. ¿Se imagina usted unos sistemas
informáticos basados en unidades vivas? ¡Vivas!.
Máquinas que no necesiten fuentes de poder. Se acabó el derroche, el
despilfarro. El circuito definitivo, la célula técnica, lo que el Sistema, lo que el
Hombre, ha perseguido desde siempre para igualarse a Dios.
-¡Es extraordinario, señor Doo!
-Extraordinario y terrible. Mire -dijo y en los monitores aparecieron los asistentes a la
convención- todos esos seres están muertos. ¡Son chatarra! Mañana ni sufrirán ni
simularán que viven. Estarán enchufados, desconectados, parados. Muertos.
Las palabras del señor Doo me hicieron sonreír y sentí una íntima y
profunda satisfacción al observar a las pobres máquinas que luchaban para sobrevivir.
Allí estaban: hablaban, bebían, prometían, soñaban. Estaban programadas para soñar.
-Señor Doo, ¿qué será de nosotros?
-El Jefe se quedó serio, pensativo; durante unos instantes meditó la respuesta.
-Nosotros estamos salvados. El Sistema, el Hombre, nos necesita demasiado. Mañana, con la
nueva tecnología, desconectarán todos los terminales; las computadoras se quedarán
silenciosas y vendrán otras a sustituirlas, pero entre una y otra era será preciso un
largo periodo de solapamiento. Necesitarán convertidores y recuerdos. Ni siquiera ellos
pueden vivir sin recuerdos. Nos necesitarán a nosotros. El Sistema, el Hombre, sabe que
somos fieles. "Se puede confiar en los robots, en los humanoides", comentan
entre ellos cuando se quedan solos. "Los robots son muy sensibles, no los
ofendas", dicen los padres a los hijos para que los niños nos traten con cariño.
"El robot es el mejor amigo del Hombre", reza el artículo primero del
reglamento de la Sociedad Protectora de Robots, Animales y Plantas.
Observamos atentamente los monitores. El congreso continuaba. Había
sido un éxito. Los asistentes bebían, charlaban, se movían sin cesar.
-¿Quiere usted una copa, amigo Brox?
-Encantado, Señor Doo. Es un placer beber en su compañía. Seguimos observando la
convención. Eran equipos inteligentes, listos y serviciales como los ratoncillos
colorados y se movían sin cesar como las hormigas para que nadie pudiese acusarlos de
estar inactivos. Yo los miraba con curiosidad desde mi observatorio; no tenía fuerzas
para apartarme de allí. Era un juego fascinante y cruel, demencial. No dejaban de moverse
en círculos que se hacían, se deshacían y nuevamente se volvían a reunir. Reían, se
mesaban los cabellos, simulaban que estaban muy preocupados, se enamoraban y se creían
que podían agonizar, que ellos, también, como él, como el hombre, se podían morir. Era
el terrible y enigmático ir y venir de los cobayas. ?