La convención en pleno comentaba la última
noticia. Había estallado como una bomba. Los congresistas bebían y charlaban con
excitación y señalaban a las víctimas.
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BREVIARIO DE FALSEDADES
EL HOMBRE (I)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Por qué no llamarle
Congreso Informático? -le pregunté al señor Doo, que en aquel momento se entretenía
tamborileando con los dedos la mesa de su despacho.
-No, no. Sería demasiado explícito. Incluso, peligroso. Hay que darle un título más
aséptico, menos comprometido. La gente, querido Brox, es excesivamente puntillosa con
respecto a las denominaciones. ¿Qué le parece el Congreso de la Economía Evolucionada y
de la Cibernética Activa?
Aunque el título me pareció largo y pretencioso fingí, como siempre, que la idea del
señor Doo era genial y simulé un entusiasmo que posiblemente mi jefe encontró
desmesurado.
-¡Magnífico! ¡Genial Es perfecto porque no dice nada. Es hermoso pero hueco. Música de
fanfarria. Permítame que le felicite por su idea, señor Doo.
Y tres meses después el congreso se había convertido en una realidad.
Habíamos trabajado duro pero allí estaban los resultados. No faltaba ni un solo
portavoz. Pulcros, aseados, brillantes, con sus mejores galas y sus ideas más juveniles
habían acudido a la llamada del Sistema y se paseaban por la sala con una copa de jerez
en la mano y una sonrisa petulante en el rostro. Todos deseaban agradar y cada uno luchaba
para sobrevivir como buenamente podía.
-¿Cómo está, señor Brox? -me preguntó el anciano Oscar Metal. "¡Dios Mío, que
viejo está!", me dije al contemplar al portavoz de los Décadas, que me sonreía
efusivo al tenderme la mano. Le habían hecho una labor estética que resultaba grotesca:
un maquillaje de fondo casi blanco, las ojeras se las habían suprimido con brochazos
verdes y el peluquín no era de su talla.
Y además algún cabrón de guardarropía le había colocado un pendiente de plástico en
la oreja derecha.
-¡Hola, Oscar, no pasan los años por usted! Su aspecto es magnífico.
-Estoy como nunca, señor Brox y los Décadas siguen cumpliendo como el primer día.
¿Sabía usted que tenemos a nuestro cargo las estadísticas 128 y que la información no
se ha degradado en ningún momento? Tengo entendido que el Sistema consultó un dato de
los listados del mes pasado y que, incluso, lo citó como referencia bibliográfica en una
reunión social de las alturas. -dijo el pobre hombre con aire petulante.
-Sí, eso he oído. -dejé caer
Y entonces, como siempre, utilizó la artillería pesada contra sus enemigos ancestrales.
-Es muy duro para mí tener que decir esto, señor Brox, pero creo que toda la familia
Pensilvania-PS está enferma, y muy grave además. Los Décadas no podemos soportar
impasibles como se retrasa el ritmo por una verificación incorrecta. En el Nivel 2
tendrían que hacer algo al respecto.
Un camarero me entregó un whisky y durante unos instantes más oí sin
escuchar los razonamientos estratégicos de Oscar Metal que quería, el tío, cargarse a
medio mundo y conectarse con el Nivel 4 mediante un controlador de base. Atacó sin
misericordia a los Pensilvanias y a los Mascarones y, como no podía dejar de ocurrir les
acuso del pecado nefando.
¡Han engordado! Se ponen fajas tubulares y al viejo Mascarón le tuvieron que hacer en
guardarropía una liposucción de urgencia. ¡Parecen cerdos!
-No sé si será posible conectarse al Nivel 4, pero lo que sí puedo asegurarle es que
estudiaremos su propuesta. Los Décadas han trabajado duro y el Sistema lo sabe. Siguen
siendo competitivos -la palabra clave, ya lo sabe usted, es competitividad, que se
pronuncia muy mal pero que todos sabemos lo que significa-. Creo que cuentan ustedes con
un porvenir claro y seguro.
-Me alegra oírle decir eso señor Brox, porque nuestra familia está dispuesta a defender
al...
En aquel momento Braulio Santurce me rescató, librándome definitivamente de las
aspiraciones políticas de Oscar Metal y de su reconcentrada maldad de viejo chocho.
-Oiga, jefe -dijo con agresividad- es preciso que comentemos las líneas maestras de la
próxima campaña de relación y comunicación entre sectores -y después, al darse cuenta
de que había sido excesivamente brusco, se puso blanco como la pared y se disculpó como
pudo-. Perdone la violencia de mi carácter, señor Brox, pero no lo puedo remediar.
-No se disculpe Braulio, por favor. Usted no me molesta nunca. Además, se lo agradezco
porque el pobre Oscar Metal trataba de convencerme de algo que no es posible y no he
querido decirle que está seco, kaput. Le escuché por pura caridad.
-¿Le retirarán pronto? -preguntó Braulio con una sonrisa maligna en los labios.
-Mucho peor todavía. Todo el sector desaparece. Y cuando digo todo el sector me refiero a
los Décadas, a los Pensilvanias y a los Mascarones. El Sistema ha decidido prescindir de
las estadísticas 128. La escena dicen que fue patética: pidió un informe prioritario y
le llevaron también las 128. Las ojeó por encima y se puso rojo: ¡Coño, esto es una
mierda! dijo con esa gracia suya tan espontánea. Y las tiró a la trituradora. O sea que
muerto el perro se acabó la rabia.
Braulio lanzó una carcajada. Le divertía la situación.
-Me alegro, me alegro mucho. Nos lentificaba el Nivel 6. Ya no tienen cintura, a Oscar le
han crecido las orejas y el pelo que le sale de la nariz es prácticamente imposible
depilárselo; en guardarropía dicen que los pelos hirsutos son la antesala de la
jubilación anticipada.
Braulio Santurce es un Nivel 3. Competente, agresivo, duro, despiadado.
Es así. No lo puede remediar.
-¿Que dudas tiene sobre la campaña de relación intersectorial? -le pregunté a
bocajarro.
-El estilo -contestó sin pensárselo dos veces- ¿Le parece que le demos un ligero matiz
técnico? algo así como una vuelta a las esencias, a las raíces.
-No, no. Imposible. Creo que es más conveniente seguir por la misma línea semántica. Es
prematuro un retroceso de fondo; no son épocas de nacionalismos. Juegue con los conceptos
básicos siguientes: hombre, persona, mortal, criatura, semejante, prójimo, ente,
humanidad, sociedad, raza, ser, nacido. Intercale en toda la información alguno de estos
términos. Humanidad. ¿Me comprende? Huya de tecnicismos, olvide el argot y el falso
inglés. Hay que hablar como en la calle. Incluso con faltas de ortografía -ironicé,
pero mi colaborador lo tomó como una orden y se despidió enfurruñado.
Fui de grupo en grupo charlando con los congresistas. Di palmaditas en
la espalda a todos los asistentes y de acuerdo con las instrucciones concretas del señor
Doo me tomé una copa con el portavoz de cada familia.
-Señor Brox ¿conoce el chiste del anciano chino que no podía rascarse porque estaba
programado en Pascal? -me preguntó riendo J. V. Menzor, del grupo Criterion. Y después,
sin dejarme contestar y con la cara demudada por la angustia me dijo, más bien me
susurró: No hemos recibido los nuevos formularios para listar los archivos históricos.
¿Cómo debo interpretar ese mensaje, señor Brox?
-No se preocupe y diviértase, Menzor. El Sistema cuenta con ustedes. El Criterion es
estupendo...
Jacobo Vincet se acercó a trompicones, apartando a la gente sin ninguna consideración.
-¿Puedo hablarle? He localizado términos para el Tratado de Etica y me gustaría
verificarlos con usted.
-Naturalmente, querido amigo. Dígame...
-Preste atención: fuerza, vigor, pujanza, potencia, ánimo, resistencia, energía,
aliento, fibra, nervio, vitalidad, reciedumbre, qué bonita palabra: ¡reciedumbre!,
poder, robustez, brío, firmeza, fortaleza, dureza, ímpetu, dinamismo, vivacidad,
corpulencia.
Había hecho un buen trabajo. Era, exactamente, lo que yo quería, aunque tal vez sería
conveniente darle un aire ligeramente frívolo que entroncase con la relación
intersectorial que proyectaba Braulio Santurce. Formaríamos la trilogía ética de
humanidad, fortaleza y alegría que tanto satisfacía al señor Doo.
-Me parece excelente, aunque hay que añadir: alegre, jovial, divertido, contento,
alborozado, jocoso, jaranero, animado, gracioso, bromista, risueño, festivo, chistoso,
radiante.
Vincet se defendió. No le gustaban los consejos. Siempre, equivocadamente, había
confundido las órdenes con las censuras.
-Pero esos términos desvirtúan los principios éticos que queremos imponer en los bajos
niveles. A mí me parece que debilitan nuestra filosofía.
-Efectivamente, pero es una debilidad programada, consciente. Se trata de entroncar la
humanidad, que siempre tiene un matiz de debilidad, con la fortaleza, sin cambios bruscos
de nivel. Alegría, esa es la clave, Jacobo. Puede sentirse satisfecho; entre usted y
Braulio Santurce están realizando un excelente trabajo.
Jacobo Vincet no se inmutó. Incluso me pareció que el elogio le había molestado.
-Señor Brox, ya sabe usted que no suelo hablar mal de los compañeros; no es ese mi
estilo, pero como la seguridad del Sistema está por encima de todo sentimiento personal,
creo que es mi deber denunciar el proceder de Braulio y pedir su inmediata sustitución.
Es negativo, personalista, vanidoso; incapaz de trabajar en equipo. Si usted lo desea
puedo hacerme cargo de todo el programa.
-Lo comprendo, Jacobo; y en cierto modo opino como usted. En el Nivel 2 e, incluso, en el
Nivel 1, ya se ha discutido el asunto. Su labor no pasa inadvertida porque nada se escapa
a la mirada atenta del señor Doo, y sabemos que podemos contar con su entusiasmo.
La convención estaba en su punto de máxima animación. Los asistentes
bebían y charlaban y, algunos incluso, simulaban que estaban borrachos y caminaban dando
traspiés.
-¿Es verdad lo que se comenta, señor Brox? -preguntó B.G. Pena, portavoz de los
Cénturis- ¿es cierto que jubilan al viejo Oscar Metal y a todos sus compinches?
-Me temo que sí, B. G. Los Pensilvanias, los Décadas y los Mascarones ya son historia.
La estadística 128 ha sido suprimida del proceso.
-¡Magnífico, señor Brox! El Sistema peligraba con esa gentuza, porque incluso en
labores auxiliares son peligrosos. No son dignos de confianza como los Cénturis. A
propósito, hemos ganado varios nanosegundos en la obtención de ratios, en los trabajos
de este mes. ¿Lo sabía?
-Naturalmente, B. G. Leo los reports todos los días.
La convención en pleno comentaba la última noticia. Había estallado
como una bomba. Los congresistas bebían y charlaban con excitación y señalaban a las
víctimas. El drama de unos cuantos provocaba la euforia de los demás. Los Pensilvanias,
los Décadas y los Mascarones se unieron formando un corrillo protector; habían sido
enemigos irreconciliables pero ahora se trataban como parientes. Estaban aislados, eran
como apestados. Nadie les dijo nada, pero ellos lo comprendieron inmediamente. Aparecían
con los rostros crispados, llevaban la jubilación marcada a fuego en la jeta.
(Continúa en el próximo
número...) |