Le pareció notar que algo se movía
sobre su pierna escayolada; se trataba de un movimiento nervioso, un ir y venir rápido,
ligero, veloz. "Es una rata -pensó espantado- y aunque le dieron ganas de gritar se
contuvo porque recordó que todo era una ilusión.
A nadie sorprendió que la política USA diese un giro a la
derecha y el acercamiento a los países del tercer mundo se quedase convertido en el
sueño de un loco que seguía luchando contra sí mismo metido en una camisa de fuerza.
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BREVIARIO DE FALSEDADES
CAÍN (II)
POR JOSE MANUEL VILLABELLA
Resumen de la primera
parte: Primero fué un ratoncillo inocente; después, una enorme rata. Finalmente
, tres ratas sanguinarias se lanzaron sobre william L. Rike, Presidente de los Estados
Unidos de América. Pero nadie, salvo él, ha visto jamás a los feroces roedores. Sus
allegados comienzan a dudar discretamente de la cordura del hombre más poderoso del
planeta. ¿Qué le está pasando al presidente?
Cómo te encuentras,
querido? -fue lo primero que oyó cuando abrió los ojos y comprobó que estaba rodeado
por su esposa, el Dr. Oelman y un numeroso grupo de médicos y enfermeros.
-Me atacaron... -balbuceó e inmediatamente notó en la cara de todos un gesto de sorpresa
y como Mary Bo se enjugaba una lágrima furtiva.
Estaba escayolado de arriba abajo; había sufrido múltiples fracturas y el cuerpo lo
tenía tumefacto y dolorido; los cristales le habían producido minúsculas heridas,
llagas profundas, innumerables erosiones. El Dr. Oelman se acercó al herido y le habló
con lentitud, vocalizando las palabras exageradamente.
-William, tranquilízate; todo está bien, todo está controlado. Olvida los problemas.
Has sufrido un terrible accidente pero te curaremos. Vamos a trasladarte al Hospital
General de Washington. Relájate, amigo mío.
El avión presidencial aterrizó suavemente y a los pocos minutos una ambulancia
trasladó al ilustre herido al centro hospitalario mejor montado del país. El mundo, que
estaba desolado, presenció en directo, transmitido por las principales cadenas de
televisión, a un William L. Rike malherido y humillado. ¿Se trataba de un atentado o era
un simple accidente? ¿Los planes vanguardistas y el acercamiento al tercer mundo
seguirían adelante con un presidente fuera de combate? Las agencias de prensa difundieron
de una manera ambigua determinadas filtraciones que se habían producido en la Casa
Blanca. Se comentaba que el Presidente sufría alucinaciones y que el terror que sentía
por los múridos le hacía imaginarse espantosos ataques de ratas y ratones. ¿Bebía
William L. Rike? ¿Era un alcohólico el primer magistrado de los Estados Unidos? Las
noticias se produjeron precipitadamente formando un caos de rumores, comentarios,
opiniones y dictámenes de los expertos. William fue operado de una lesión en la columna
y los doctores en un comunicado oficial, notificaron al mundo que el herido no se
repondría totalmente de sus múltiples lesiones hasta pasados tres meses.
"Doctor Oelman -preguntó el Juez Styl, legajo 19, informe 4 -¿cuál fue su
actitud con el Presidente a partir de ese momento?" El testigo reflexionó durante
unos segundos. "De cautela, Señoría. Todos estábamos convencidos de que el señor
Rike había perdido la razón y que el mundo, sin su presencia activa, había sufrido una
amputación muy peligrosa para el equilibrio de fuerzas. Se produjo eso que los
sociólogos llamaron desde entonces vacío de poder. Creo que esta expresión se acuñó
en aquellas horas de estupor. Los momentos eran muy delicados y optamos por aplicar una
terapia de choque. La mente humana es sumamente compleja y en ocasiones genera las armas
suficientes para curarse a sí misma; de hecho muchas alteraciones mentales se superan con
el médico, sin el médico y a pesar del médico".
"Perdone, doctor Oelman, pero ¿está usted tratando de decirnos que en caso de
desequilibrios síquicos puede ser una buena solución que la parte sana del cerebro luche
contra la parte enferma para tratar de liberarla de fantasmas y alucinaciones?".
"Exactamente, Señoría, ese es el mecanismo que se produce en todos los casos,
enfermos o no. La lucha es pavorosa en el interior de nuestras cabezas. La locura trata de
devorar a la razón, quiere seducirla, convencerla. La locura no cesa en su acoso; desde
que el hombre nace y hasta que muere esa batalla se libra en su interior, pero las fuerzas
son tan equilibradas que rara vez se produce un triunfo total de la mitad del cerebro
sobre la otra mitad. Cuando la cordura gana la batalla y derrota totalmente a la locura el
resultado es un hombre mediocre y aburrido; si gana la locura se produce la demencia pero
cuando las fuerzas están equilibradas surgen las peculiaridades personales. Fruto de la
locura es la poesía, el arte, la invención. El mundo se estancaría sin los casi locos,
lo mejor del ser humano es ese gramo de locura que nos permite soñar lo imposible, desear
la utopía, luchar contra la injusticia.
Técnicamente son locos los revolucionarios, los santos, los héroes y los poetas. Hace
falta un loco que sueñe cada día que hay que cambiar el mundo y un batallón de cuerdos
que le hagan caso, se pongan a trabajar, y lo consigan. El progreso se produce como
consecuencia de esa lucha sin cuartel. Le dijimos al señor Presidente lo que estaba
ocurriendo en su interior y le invitamos a resistir, a no darse por vencido. Le explicamos
que todo había sido una ilusión, un mal sueño, y que la ciencia no podía hacer nada
positivo. El y sólo él era el que podía derrotar a los fantasmas de su cerebro, porque
el siquiatra es en muchos casos sólo un testigo ante la locura; el que le extiende el
certificado de nacimiento.
El Presidente, después de escuchar atentamente a su médico, se quedó anonadado,
silencioso. No sabía qué responder.
-Peter, contéstame a una pregunta con toda claridad.
¿Pueden atacarme las ratas de nuevo? ¿Es posible que sufra otra alucinación?
-Es casi seguro y tendrás que luchar contra ellas. A la neurosis hay que hacerle frente,
plantarle cara. Las ratas y los ratones están en tu imaginación; son tus miedos
ancestrales, tus angustias disfrazadas de bestias. Volverán, sí, y tendrás que
vencerlas para sobrevivir.
Las ratas no dieron señales de vida durante los días sucesivos. El Presidente que
estaba totalmente inmovilizado por la escayola pero que podía girar ligeramente la cabeza
y el brazo derecho, observaba atentamente cualquier movimiento sospechoso, cualquier ruido
extraño. El Presidente era un hombre valiente y estaba deseando enfrentarse con sus
miedos, fantasmas y alucinaciones; quería vencer a las ratas imaginarias con la fortaleza
de su mente. "Cuando me ataquen -pensó- adquiriré conciencia de que no existen y
las ratas se esfumarán, desaparecerán. Tengo que luchar contra la locura; no puedo
dejarme vencer por la neurosis".
El cuarto ataque se produjo exactamente dos semanas después.
Fue a las tres de la madrugada, cuando William L. Rike dormía profundamente bajo los
efectos de unos suaves sedantes. Se despertó poco a poco y le pareció notar que algo se
movía sobre su pierna escayolada; se trataba de un movimiento nervioso, un ir y venir
rápido, ligero, veloz. "Es una rata -pensó espantado- y aunque le dieron ganas de
gritar se contuvo porque recordó que todo era una ilusión, una fantasía de su mente
enferma. La rata ascendió por su pierna escayolada, se paseó unos momentos por el pecho
y se acurrucó junto a su cara. El roedor olisqueó su boca e intentó abrirla utilizando
las pequeñas patas como ganzúa.
"¡Oh, Señor, dame fuerzas para no gritar!", pensó el Presidente y contuvo
el aliento para que la paz volviese a su cerebro. La rata no se dio por vencida e intentó
abrirle la boca metiéndole por la comisura de los labios el hocico puntiagudo. Willian
apretó los dientes con todas sus fuerzas y la rata excitada, chilló nerviosa. El
Presidente no pudo resistir más y abrió la boca...
"No fue exactamente un grito, Señoría- declaró la enfermera Silvia Bowen, legajo
19, informe 3- fue un aullido, un bramido espeluznante, un terrible alarido. El
espectáculo que nos encontramos era dantesco. El Presidente estaba en el suelo víctima
de unas convulsiones violentísimas. Tenía los ojos desorbitados y por la boca expulsaba
espuma y abundante saliva.
Los médicos le reconocieron y se lo llevaron al quirófano para operarlo de nuevo. Las
escayolas estaban destrozadas y los brazos y piernas del Presidente colgaban inertes, como
si fuesen de trapo".
Fue una noticia de primera página en todos los periódicos del mundo: "William L.
Rike ha perdido la razón. El Presidente ha enloquecido por las presiones que ha tenido
que soportar. ¿Es la locura la enfermedad de los ejecutivos?" El rostro de Mary Bo
Holiday, lloroso y preocupado, apareció en las revistas ilustradas y todos los reporteros
del mundo soñaron con conseguir una fotografía del Presidente con la camisa de fuerza.
William era el líder caído, lo que quedaba de un mito que había hecho soñar al mundo,
los patéticos restos de un supermán de nuestro tiempo.
Prueba testifical -legajo 25, informe 32. Juez Styl: Por favor, doctor Oelman,
¿podría describir ante esta Comisión las medidas médicas que se adoptaron en vista del
curso de los acontecimientos? Dr. Oelman: "Con mucho gusto, señor Juez. A raíz de
la alucinación del 15 de febrero el Presidente perdió definitivamente el juicio.
Enloqueció y nosotros no pudimos hacer nada para ayudarle. Decidimos, por lo tanto,
trasladarlo a un ala del edificio que fue convenientemente acondicionada. Los alaridos de
terror, los gritos de espanto, se hicieron cada vez más frecuentes en las largas noches
de insomnio que el enfermo tuvo que padecer. Recuerdo que todos estábamos acongojados
porque el hombre que había sido el símbolo del poder se convirtió en un guiñapo de
ojos extraviados y mirada ausente". Juez Styl: "¿tuvo otras alucinaciones
después del 15 de febrero?". Dr. Oelman: "Sí, Señoría, a partir de esa fecha
no pudimos controlar su mente y prácticamente todas las noches se producía el mismo tipo
de crisis"...
William sentía como las ratas ascendían por sus piernas escayoladas olisqueando sus
muslos, sus testículos, sus axilas.
Le hacían abrir la boca y aunque no volvieron a morderle ni a causarle ninguna herida, la
repugnancia que le inspiraban terminaba por hacerle vomitar. El terror se convirtió en
asco.
Llegó a distinguir a sus verdugos por el peso; a las tres ratas por sus hábitos, por sus
instintos atávicos. Venían a recoger su comida diaria para sobrevivir; él era sólo una
despensa, el que les suministraba el rancho de vómito y de miedo y ellas luchaban entre
sí para llevarse la mejor parte. William lloraba y gritaba enloquecido: "¡Dios
mío! ¡Dios mío!".
El equipo de facultativos en un comunicado conjunto diagnosticó un desequilibrio total e
irreversible: "El Presidente podrá conseguir la paz interior a base de descanso y
sedantes, pero no volverá a ser el mismo". Los acontecimientos se sucedieron con
toda rapidez; se precipitaron para variar el curso de la historia y todo fue regulado de
acuerdo con los principios jurídicos y lo que determinaba la Constitución. William L.
Rike fue incapacitado y sustituido en la Presidencia de los Estados Unidos por Samuel
Capote Sunderlan, que hasta ese instante había sido el Vicepresidente, un hombre gris
dentro del equipo presidencial, el segundo nombre de la candidatura demócrata.
A bordo de un avión que lo trasladaba de Chicago a Washington, Samuel Capote prestó
juramente poniendo la mano sobre una Biblia que después desapareció misteriosamente. Los
testigos presenciales aseguraron que a pesar de su rostro compungido, el nuevo presidente
se sentía satisfecho y feliz y que su esposa, una rubia ordinaria y gorda, ni siquiera se
tomó el trabajo de disimularlo y aparecía en las fotografías más contenta que unas
pascuas. En los círculos políticos de Washington se consideraba a Samuel Capote como un
hombre ambicioso, poco brillante, trabajador y prudente, por eso a nadie sorprendió que
la política USA diese un giro a la derecha y el acercamiento a los países del tercer
mundo se quedase convertido en el sueño de un loco que seguía luchando contra sí mismo
metido en una camisa de fuerza.
William lloraba mientras las ratas hacían su trabajo. Había aprendido que gritar no
conducía a ninguna parte. El sacrificio se tenía que consumar todas las noches. La
lámpara del techo se encendió y entró en la habitación el Dr. Oelman. Un hombre que lo
seguía hizo sonar un silbato y las ratas, con toda docilidad, abandonaron a su presa y se
metieron en una jaula que había en un rincón de la sala. El Dr. Oelman se acercó a la
cama y le miró a los ojos. En el rostro de su viejo amigo creyó distinguir un
sentimiento de piedad.
-Descansa sin temor, William. Te aseguro que las ratas no volverán a visitarte nunca
más.
En un momento de lucidez William L. Rike ex presidente de los Estados Unidos de América
lo comprendió todo: había sido víctima de una conspiración, de un complot.
"Aunque, tal vez -se dijo a sí mismo- esta escena que estoy viviendo puede tratarse
de una fantasía de mi pobre mente"...
Y en realidad nunca llegó a enterarse de dónde se escondía la verdad porque Caín, la
mitad enferma de su cerebro, devoró a su hermano Abel y lo sumió para siempre en la
locura. |