"El
ataque se produjo en el cuarto de baño mientras el Presidente se duchaba. Tres ratas se
lanzaron sobre él con una inusitada ferocidad".
La primera vez que William L. Rike, Presidente de los Estados Unidos de América,
fue atacado por un ratón, de los llamados Mus musculus por los científicos, solamente lo
comentó con su esposa, la primera dama, mientras veían un programa de televisión
después de una jornada agotadora.
-Pero, William, querido, ¡si en la Casa Blanca no hay ratones! -le replicó Mary Bo sin
darle importancia al incidente.
"No obstante, el presidente -relata Mary Bo Holiday en su libro "Mis años junto
al poder", página 354, párrafo 2º -tenía la certeza de que en su despacho un
pequeño ratoncito feroz había intentado morderle metiéndose por la pernera del
pantalón. Creo recordar que William se libró de él dándole un fuerte golpe y que el
ratón, medio muerto, se refugió debajo de la pesada mesa de caoba. Su cuerpo nunca
llegó a aparecer".
-Pamela, por favor, llame urgentemente al Director de Mantenimiento de la Casa Blanca y
comuníquele que ayer en mi propio despacho pude ver un ratón y deseo que eso no vuelva a
suceder.
-Sí, señor presidente. -contestó por el interfono la secretaria.
Seis horas después el responsable del mantenimiento de la residencia
presidencial presentaba un informe por triplicado, en el que intentaba demostrar que en
los últimos cinco años no se habían detectado roedores en toda el área de vigilancia
intensiva. "Me extrañó la petición porque se trataba de algo insólito -declaró a
la Comisión Styl, legajo 34, informe 18, el funcionario Peter Foy- pero, no obstante, fue
registrado minuciosamente el despacho y las dependencias anejas y aunque no se encontró
ni cueva ni túnel por donde el roedor hubiese podido penetrar, se le aseguró al
Presidente que se tomarían las medidas oportunas para que un hecho así no sucediese de
nuevo".
En los quince días siguientes William L. Rike hizo la vida normal de
un Presidente de los Estados Unidos. Recibió al primer ministro de Tanzania, concedió
una entrevista a un periodista inglés e informó al país sobre los acontecimientos que
había tenido en cuenta para devaluar el dolar, con objeto de que las exportaciones
yanquis fueran más competitivas: "Tenemos que ser realistas y soñadores al mismo
tiempo; tenemos que superar la crisis con esfuerzo, trabajo y ahorro". Aunque las
medidas iban a resultar impopulares para un amplio sector de la población, William
confiaba en la sensibilidad del americano medio y en su sentido del deber. "Lo
comprenderán -le decía a sus consejeros- lo comprenderán y volverán a votarnos. La
reelección está asegurada".
Fue en el lago Míchigan donde una enorme rata le atacó con ferocidad. "El
presidente estaba solo en su bote intentando pescar -declaró a la Comisión Styl, legajo
17, informe 42, el agente el FBI Romualdo Escudero -Nosotros estábamos en la orilla y una
lancha rápida lo custodiaba a una distancia prudencial.
Todo el mundo sabía que al Presidente le gustaba la soledad y aunque por imperativos de
su cargo tenía que estar permanentemente protegido, se procuraba camuflar la vigilancia
para que el primer magistrado del país tuviese cierta intimidad y una razonable libertad
de movimientos".
El Presidente se percató de la existencia de la rata cuando la caja
que la transportaba chocó con su embarcación. William miró hacia la izquierda y vio a
la rata sentada sobre las patas traseras mientras que con las delanteras se atusaba los
bigotes.
El Presidente sintió repugnancia y con un golpe suave de remo se alejó de la caja. La
rata mientras tanto le observaba atentamente y de pronto ¡zas! dio un salto de cerca de
dos metros y cayó al interior del bote. "Yo -recuerda el Agente Romualdo Escudero-
me di cuenta inmediatamente de que algo extraño estaba sucediendo. Vigilaba con unos
prismáticos, cuando noté que el señor Rike luchaba a golpes de remo con alguien o algo
que no pude distinguir. La motora tardó, aproximadamente, un minuto y treinta segundos en
acercarse al bote y los agentes encargados se encontraron al Presidente sumamente excitado
y sudoroso, al borde de la histeria, golpeando enloquecido la embarcación con lo que
quedaba del remo". "¡Me ha atacado una rata! ¡Una rata enorme ha querido
morderme!", gritaba exhausto, y los hombres que lo atendieron se dieron cuenta de que
el Presidente lloraba y temblaba como un niño.
Este fue -según las conclusiones de la Comisión Styl- el primer
incidente grave; el primer síntoma que alarmó a los consejeros de William y a sus
familiares más íntimos. El Dr. Oelman, amigo del clan Rike y excelente siquiatra, le
interrogó a fondo sobre la desagradable experiencia, pues el Presidente, consciente de
sus muchas responsabilidades, quería llegar hasta el fondo de la cuestión.
-Si es preciso me someteré a todo tipo de test y vigilancias médicas, pero quiero saber
con certeza si todo fue una sugestión o realmente fui atacado por una rata gigantesca.
-Si era una rata gigantesca tenía que ser necesariamente un republicano -contestó Oelman
y los dos viejos amigos rieron hasta desternillarse.
Oelman le miró con cariño cuando le dijo:
-Me gusta que no hayas perdido el sentido del humor. No te preocupes, William, no puede
ser nada grave; te ayudaremos.
"¿Qué le contestó usted al Presidente cuando sugirió someterse a reconocimientos
siquiátricos?" preguntó el juez Styl al Dr. Oelman, legajo 18, informe 7- "No
lo recuerdo, Señoría, pero creo que en aquel momento lo único que pretendía era
tranquilizarle. Tenga usted en cuenta que todas las personas implicadas teníamos serias
dudas sobre la veracidad de lo relatado por el Presidente. No se encontró ni la rata ni
la caja que la transportaba y los expertos después de examinar cuidadosamente el bote y
lo que quedaba del remo, certificaron que no se detectó ningún indicio, resto, pelo,
sangre o excremento del roedor. Si William L. Rike luchó con la rata y la hirió, era
lógico pensar que el animal debería haber dejado algún tipo de rastro. El Epimys
norvegicus, o sea, la rata gris, es un animal repugnante, pero muy fácil de seguir,
desprende constantemente pelo y su olor es característico"... "¿Qué hicieron
ustedes después de realizar los análisis?" -inquirió Styl- "Confeccionamos un
dossier y se lo entregamos al Presidente. El era el primero que tenía que saber que algo
anormal estaba sucediendo. Consideramos que no podíamos mantenerlo al margen y que ese
era nuestro deber".
-¿Este informe significa que soy un neurótico? -preguntó William a
su médico- ¿está en peligro mi equilibrio síquico?
El Dr. Oelman reflexionó unos momentos antes de emitir un
diagnóstico. No estaba seguro de nada. Conocía a William desde que era un muchacho,
desde la Universidad y como todo el mundo en los Estados Unidos sabía que se trataba de
un auténtico líder político, de un hombre emprendedor y reflexivo, entrenado para tomar
decisiones y sin ningún tipo de tendencias neuróticas.
-No lo sé. Honradamente no estoy capacitado por ahora para emitir un diagnóstico -dijo
Oelman-. Objetivamente considerado parece que ni el ratón de tu despacho existió, ni la
rata del lago llegó a atacarte. Todo apunta hacia unas alucinaciones motivadas por el
estrés y el exceso de trabajo. Tu mente está diciendo que no; que no puede más, que
abandona. Has llegado al límite de la resistencia humana. Perdona esta frase
grandilocuente, pero como médico te receto un descanso y como amigo te ruego que
obedezcas al médico.
El Presidente se retiró a Virginia con el propósito de descansar durante quince días.
Hacía más de diez años que no disfrutaba de un periodo de vacaciones tan largo y todos
sus consejeros íntimos estimaban que era una barbaridad el ritmo de trabajo con que el
primer magistrado había sometido a su resentida anatomía: "¡A descansar,
William!", dijeron a coro sus amigos. Solamente los íntimos colaboradores,
consejeros y algunas magistraturas del Estado fueron informados de los hechos ocurridos. A
la prensa y al público se les habló de un agotamiento físico, de unas vacaciones
imprescindibles. Se cancelaron visitas, se pospusieron discursos, se aplazaron reuniones y
William L. Rike, el hombre más ocupado del planeta, se encontró consigo mismo en el
viejo rancho que había pertenecido a sus abuelos.
"Fueron unos días inolvidables -recuerda la primera dama en su
libro "Mis años junto al poder", página 407, párrafo 4º -William estaba
relajado y tranquilo, de un magnífico humor. No parecía preocupado ni presionado por
ningún problema y se paseaba por el rancho optimista y alegre. Volvió a montar a caballo
y se pasaba las horas jugando con nuestros hijos. Cuando ocurrió yo estaba al otro lado
de la casa. Oí un ensordecedor ruido de cristales rotos y sin ningún motivo aparente
comprendí que algo espantoso le había ocurrido a mi marido".
El ataque se produjo en el cuarto de baño mientras el Presidente se
duchaba. Tres ratas se lanzaron sobre él con una inusitada ferocidad. Le mordieron, le
desgarraron la piel. Con sus diminutos dientes se colgaron de su cuerpo y William sintió
como el pelo hirsuto de los roedores se restregaba contra su pecho enjabonado. Vio los
ojillos malignos de las ratas y sus hocicos puntiagudos que le mordían sin piedad. Logró
desprenderse de uno de los animales y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el mármol de
la pared. Se defendió como pudo de las dos ratas restantes y aunque pudo desprenderse de
una de un manotazo comprendió que la otra no le soltaría fácilmente. Le tenía sujeto
por el cuello y el Presidente notaba como los dientes de la rata profundizaban más y más
en su carne. El roedor le iba a matar; iba a terminar con su vida si no tomaba una
drástica decisión.
Entonces vio la vidriera y no lo dudó un instante. Se arrojó al vacío y cayó desde una
altura de tres metros envuelto en una nube de cristales rotos. El Presidente se
desvaneció como consecuencia del tremendo golpe y no recuperó el sentido hasta cinco
horas después, aunque por aquel entonces la opinión pública sospechaba que algo
trágico le estaba sucediendo al hombre que regía los destinos del mundo...
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