Al final de la batalla luchábamos entre nosotros mismos y los
británicos, espantados, nos dejaban hacer en silencio. Nos dividimos para siempre al
amanecer y nos hundimos separados en bloques irreconciliables; España se dividió en dos
Españas luchando contra los británicos.
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BREVIARIO DE FALSEDADES
LA CABEZA (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Resumen de la primera parte: En la cubierta de una de las galeras
de la Armada Invencible, momentos antes de la batalla, es decapitado don Isidro, bufón,
asesino y hombre de confianza de don Felipe II. Pero sucedió algo inusual, terrible e
inexplicable: la cabeza cortada se convirtió en cabeza parlante, y empezó a recitar los
secretos del Rey.
Su
Majestad, que Dios guarde, es serio y hierático, rezador nocturno y de diario algo
aburrido; plúmbeo y más bien monótono dicen sus íntimos que era Don Felipe antes del
desastre y por aquel entonces ya le gustaban los largos silencios y aunque no toleraba una
palabra más alta que otra ni la menor burla o chanza, le gustaba a veces gastar bromas
pesadas y aunque él no se reía le divertía que lo hiciesen los otros a consta de
alguien que él hubiese elegido. Y su Majestad también tenía su humor laberíntico y su
retranca y en ocasiones por el brillo acerado de su mirada y la burla que descubrían sus
ojillos minúsculos parecía gallego; de la margen izquierda del Eo por más señas.
Descabezar a don Isidro en pleno océano delante de la marinería de la Invencible era una
humorada digna de un monarca.
Qué astucia la suya; ¿se percata su señoría?, de un solo golpe
ejecutaba a un asesino y jubilaba a un servidor molesto, a un criado inservible. Sólo él
podía, sabía y debía ser justo e injusto al mismo tiempo, pues no en vano el Papa de
Roma y los reyes del viejo mundo tienen el privilegio de la ambigüedad y pueden hacer de
su capa un sayo sin tener que dar tres cuartos al pregonero.
Don Isidro subió a bordo sin saber lo que le esperaba y más bello que un ángel custodio
y se paseó por la nave con aires de grandeza y maneras de señorito. Estrenaba honra y
atuendo, los ánimos eran buenos, los propósitos mejores, el tiempo bonancible y las
botas que lucía el caballero, impecables. Lisboa, de donde partimos un amanecer nuboso,
es una bella ciudad y se alegró de vernos zarpar porque había padecido durante semanas
nuestra presencia molesta y las rapiñas constantes de la soldadesca y la marinería; a
nuestras espaldas se quedaban un buen número de mujeres violadas, cuentas impagadas,
compromisos incumplidos y la semilla pujante de varios centenares de hijos espurios, que
con los años serían conocidos por el nombre genérico de los bastardos del Invencible;
la mitad de los lisboetas nos hizo la higa como despedida y el resto nos deseó mala
suerte y una muerte violenta, y todos juraron que rezarían con fervor para que
cosechásemos la más estrepitosa de las derrotas a manos del inglés y que, unos y otros,
descansásemos para siempre en el fondo del océano.
La Armada Invencible era antes de hundirse un desastre flotante y
majestuoso: 130 navíos y treinta mil hombres entre marinería y tropa de guerra cubrían
el horizonte de amenazas y violencias.
Se embarcaron también cientos de cerdos, vacas, gallinas, caballos, mulas, faisanes y un
buen número de coimas y mozas de lupanar que querían ver de cerca dónde da la vuelta el
aire y cómo se precipitan en el vacío los barcos que osan ir más allá del horizonte.
La guerra tiene algo de gira y de romería y antes de la batalla es costumbre llenar bien
la andorga y beber generosamente para que el ánimo no flaquee y el valor no se quiebre en
mitad de la pelea.
Aunque el duque de Medina-Sidonia había prohibido expresamente la participación de
mujeres y niños, los barcos estaban repletos de polizones feroces que atronaban el aire
con canciones obscenas: había meretrices que aliviaban las urgencias de los necesitados
en lugares discretos, grumetes que jugaban a la batalla naval y anticipaban la muerte y la
victoria que parecían tan cercanas y familias enteras que en tierra firme no tenían
donde caerse muertas e iban juntas a la guerra porque allí, al menos, se comía mal pero
se comía caliente. A bordo se hablaba del enemigo con desprecio. Se decía que el inglés
era cobarde e innoble y que Dios tenía de ellos un concepto lamentable, que no entendía
sus oraciones en aquella jerigonza indescifrable, que a Judas le llamaban británico los
santos del martirologio para buscarle la paciencia y cabrearle y que, como es bien sabido,
el Altísimo Señor sólo habla latín antiguo con las gentes de cogulla, toscano con el
Papa de Roma y román paladino con la soldadesca, el pueblo llano y la canalla española.
O sea y para que me comprenda su señoría a qué me refiero: Dios había nacido en
España, navegaba en nuestra flota, era uno de los nuestros, nos quería.
No había en La Invencible galera más vieja y cochambrosa que "La
Lola" ni tripulación y oficialidad más sucia, gritona e incompetente que la que nos
había tocado en suerte. Don Isidro Cienfuegos, que hacía sus primeras armas honradas,
nos examinó a todos uno a uno y sin duda, si le hubiese dejado hacer su santa voluntad
nos habría echado a todos a patadas, pero las proezas hay que realizarlas con los medios
que nos da el destino y él, que lo sabía, se conformó con aquel grupo de indeseables
que tenía delante de sus narices. Ordenó al capitán Melquiades que nos reuniese a todos
en cubierta y nos fue saludando personalmente y preguntándonos de dónde veníamos. Hizo
de todos elogio y con todos tuvo palabras amables y a todos nos prometió sinsabores,
penalidades y sangre, sudor y lágrimas y también gloria y nobleza para dejar a nuestros
hijos y aún a nuestros nietos. "Que, tal vez, después de la batalla falte el oro,
el agua y la comida, muchos pierdan la vida y algunos queden para siempre tullidos y
cojitrancos, pero sobrará gloria para todos los participantes y para su parentela
presente y futura y, cuando dentro de medio siglo, caminéis por las calles la gente os
cederá la acera, se descubrirá con respeto ante vosotros y se dirán unos a otros con
asombro: El estuvo allí, en la batalla más grande que vieron los siglos".
Nos dijo el cuitado, y con lágrimas en los ojos, cómo se hacen y se
deshacen las patrias y las banderas, en qué momento se pierde la honra y cómo y cuándo
es posible remediar errores y convertirse en hombres nuevos. Aseguró en su arenga que
allí terminaba un tiempo y empezaba otro y, por el mero hecho de estar escuchando sus
palabras, la patria nos perdonaba a todos los crímenes que sin duda teníamos grabados en
la conciencia y tatuados en la piel, que en la jeta de cada uno la vida había ido
escribiendo renglón a renglón el memorando de las desdichas, que las gentes del bronce
no engañan a nadie y sus caras dicen lo que son y, a partir de entonces y después de la
batalla, la nobleza se asomaría a nuestros ojos y cambiaría nuestra anatomía y la gente
diría al vernos pasar: "El estuvo allí, en la batalla; se le nota en su noble
continente y en la claridad y rectitud de su mirada; estuvo en La Invencible y peleó
contra el inglés y con sangre lavó sus faltas anteriores".
¿Que cuándo se terminó el discurso y empezó la degollina de don
Isidro Cienfuegos? Creo recordar que fue cuando el verdugo don Atilano de Atienza hubo
desayunado con la esplendidez que solía los días de ejecución; o sea, una pinta de vino
de Cariñena, un pernil de borrego guisado y tres o cuatro manzanas reinetas, de esas que
limpian el diente y asientan el estómago.
Don Atilano comía con parsimonia y escuchaba con atención el discurso
del asesino y la perorata le pareció bien compuesta y entretenida, muy moralizadora y
cristiana, dicha con énfasis y cuidado vocabulario. "Pero, ay, las palabras son una
cosa y los hechos otra muy distinta, que la gente principal es olvidadiza y aunque se
escriben en los libros de historia los nombres de los generales, nadie se acuerda jamás
del apellido de los soldados que mueren en la batalla", se dijo para su coleto el
verdugo, y cuando hubo repelado bien el plato, eructó con discreción, se limpió con
cuidado boca y manos, y se aproximó a don Isidro y pidió permiso para interrumpir su
arenga. Don Atilano se acercó a su víctima con humildad para no levantar sospechas.
"¿Me permite, señor?", le preguntó al mismo tiempo que se inclinaba con
respeto fingido. Don Isidro le miró con enfado y cuando iba a responderle el verdugo le
propinó un fuerte puntapié en salva sea la parte. Y allí, sí, se terminó el discurso
y naufragaron los buenos propósitos. Fue un golpe traicionero, definitivo y certero que
quebró la voz del orador y le dobló por la mitad. Le rompió después un brazo y una
pierna con dos mazazos de experto y al ver la cara de estupor que ponía el pobre de don
Isidro y la sorpresa de la marinería, aclaró la cuestión con un corto discurso:
"No es nada personal, caballero. El daño que os causo y las molestias que os
produciré seguidamente son recados que os manda mi señor don Felipe II, que me ordena
deciros que estáis despedido de todos y cada uno de vuestros empleos, y que con su
confianza habéis perdido la cabeza. En pocas palabras, señor: el Rey os manda el
cese".
Y después el verdugo procedió a quitarle al asesino su propia
estimación, a deshojarle de soberbias y vanidades, de orgullos, dignidades, nombramientos
y prebendas. Invitó a la tripulación a participar en la ejecución y a quedarse con los
bienes del reo y todos nos acercamos a darle un puntapié al ejecutado y a robarle los
calzones, la camisa, los calzoncillos, las botas. Aquello, santidad, era una fiesta y
cuando terminamos con él, don Isidro parecía un eccehomo con todos los huesos quebrados
y una lágrima gorda y redonda que le caía cara abajo.
Parecía, si me permite la comparación, un Cristo yacente.
Don Atilano marró el primer golpe y a punto estuvo de cercenarse el pie derecho. La
segunda vez tomó sus precauciones y colocó la cabeza del reo sobre un madero con cuidado
exquisito, le atusó el pelo y le dijo con algo de burla: "Buen viaje,
caballero", se escupió las manos, levantó el hacha y descargó un golpe fuerte y
certero que separó limpiamente la cabeza del tronco.
Nos hundimos al amanecer. ¿Ha asistido su señoría a un
enfrentamiento naval? Lo peor es el estruendo, el griterío, lo que los cronistas llaman
el fragor de la batalla. Lo más intolerable de la guerra es el ruido. Un caballero puede
tolerarlo todo salvo el ruido. Una persona bien educada puede resistir el dolor, aguantar
el hambre, sujetar el miedo, permanecer sereno cuando todo se desmorona a su alrededor,
pero sólo los pueblos que toleran el ruido son los que ganan las guerras y nosotros
tuvimos que luchar contra la tempestad, los cañones del inglés y la cabeza parlante de
don Isidro. Nosotros tuvimos que luchar contra la unión de todos los ruidos y, sobre
todo, aquel día nos enfrentamos a nuestro propio ruido. Y lo peor de todo, lo que más
ruido hacía, lo único que se oía en aquel escenario grandioso y terrible, era la voz
del ejecutado, su monólogo contra el Rey, sus acusaciones y el relato de las ingratitudes
del monarca. Nada es injusto hasta que no se grita o se muere por ello. La cabeza de don
Isidro dijo en voz alta lo que ninguno de los presentes se había atrevido a pensar
jamás.
Habló en nombre de los asesinos por cuenta ajena del mundo, de los que
matan por la soldada y mueren por un precio. Dijo que su voz era la voz de herejes y
pronunció un rosario de palabras nuevas. Inventó insultos y descubrió blasfemas que
harían temblar a vuestra reverencia, que acobardarían, santidad, al más soez de los
pecadores. El nos derrotó a todos, porque nos dividió para siempre. Se dijo que había
sido la tempestad y que el Rey adujo a modo de disculpas no sé qué sobre los elementos.
Pamplinas. La cabeza parlante de don Isidro, que alguien clavó en el mascarón de proa no
cesó de llamar a Su Majestad, y de hacerle reproches: "Felipe ¿dónde
estás?", preguntaba y todos nos sentíamos afligidos y aterrorizados. Su voz se oía
por encima del ruido de las olas, del estallido de las granadas, de los gritos de los
heridos y de los hurras de los británicos. Dos naciones luchaban pero España no prestaba
atención al acto de guerra porque los españoles, fascinados, escuchábamos las razones
del asesino y la relación puntual de sus pruebas de amor a la patria. Allí se decía a
gritos el envés de los memorandos, el lado oculto de la virtud y las razones del crimen.
Nos hundimos al amanecer y nos hundimos divididos y enzarzados en discusiones bizantinas:
unos miles de muertos, algunos cientos de lisiados y una multitud de heridos se inclinaban
por la razones del Rey y le siguieron a la vida o a la muerte y el resto se dejaron
seducir por su asesino.
Al final de la batalla luchábamos entre nosotros mismos y los
británicos, espantados, nos dejaban hacer en silencio. Nos dividimos para siempre al
amanecer y nos hundimos separados en bloques irreconciliables; España se dividió en dos
Españas luchando contra los británicos; aquella noche Dios, la tempestad y los
españoles peleamos a favor del inglés y perdimos la guerra porque no supimos soportar el
ruido.
¿El Rey? Oh, el Rey preguntó por la cabeza de don Isidro y quiso
saber detalles de la ejecución. Mandó venir al capitán Melquiades y exigió la
presencia del verdugo don Atilano de Atienza, pero no fue posible porque ambos habían
muerto. Sólo yo, el cuervo parlanchín y amaestrado, la mascota del Lola, el pajarraco de
los malos augurios, sobrevivó para contarlo y aquí me teneis, santidad, haciéndolo
mañana y tarde. Cuento una historia que se me olvida por momentos, que a duras penas
logro recordar. Soy sólo un pájaro, un pájaro que habla a duras penas y con acento
extranjero, que carece de memoria. Rememoro el tono y la violencia, recuerdo el gesto, no
olvidaré jamás el ademán, y veo los detalles del drama, pero he olvidado las palabras
verdaderas y las sustituyo por otras falsas. Las palabras del discurso atroz de la cabeza
de don Isidro las cambio cada mañana como si fueran el agua del canario y digo a las
gentes lo que no quieren oír, lo que más pavor les produce. Don Felipe me llama varias
veces cada noche para que le dé noticias de don Isidro Cienfuegos, me quita el capirote
que me permite conciliar el sueño y me pregunta aterrorizado: "¿Ha aparecido ya?
¿Habrá muerto ahogado?", y tiembla sin ningún pudor delante de todos nosotros, en
presencia de los criados y de las bestias. Yo le tranquilizo como puedo y revoloteo por la
estancia para no perder el juicio, pero este hombre ya sólo es una sombra de sí mismo,
una caricatura de su esqueleto. Le digo que hay cientos de catalejos oteando el mar y que
se analiza todo lo que flota, que se revisan las playas del Imperio, el contenido de las
redes de los pescadores, las algas que el mar arroja a las costas. Todos buscamos la
cabeza de don Isidro; media España quiere que diga la verdad sin tapujos y la otra media
que calle para siempre.
Aquí nadie duerme y todos esperamos aterrados la resurreción del
asesino. El inquietante mensaje de las cabezas parlantes vuelve por el sitio más
inesperado y se esconde en cualquier lugar: el interior de un botijo, las profundidades de
una botella, el inquietante sonido de una campana, el aterrador precipicio del etcétera,
etcétera, la afilada hoja de los puntos suspensivos... |