n ¡oh! de horror salió de todas las gargantas cuando el verdugo,
don Atilano de Atienza, falló el golpe y el hacha a punto estuvo de cercenarle de cuajo
el pie derecho. ¿Falta de habilidad? No, no, por Dios. Don Atilano, ¿sabe usted?, se
había llevado por delante a tres docenas largas de desdichados y era uno de los
ejecutores más habilidosos de Lugo y su provincia. La culpa la tuvo el mar océano que
estaba algo rizado, la galera cabeceaba y era casi imposible mantener la estabilidad en
aquel buque medio podrido y lleno de ratas y de piojos, que la flota que Su Majestad
había mandado a luchar contra el inglés, había costado un pico y aunque era numerosa se
notaba a la legua que los barcos y las tripulaciones llevaban la derrota en los huesos;
allí estábamos lo peor de cada casa y los pertrechos y enseres no podían ser más
inapropiados, las armas más viejas y las vituallas y provisiones menos apetecibles: el
vino estaba picado, el agua olía a letrina, la galleta estaba húmeda y el tocino rancio.
Que desastre de armada invencible.
Don Atilano esta vez tomó sus precauciones. Se escupió las manos,
levantó el hacha y descargó un golpe fuerte y certero que separó limpiamente la cabeza
del tronco. La tripulación no dijo nada y todos mirábamos embobados pero, eso sí, en
silencio, como la sangre medio roja y medio negra del ejecutado se vaciaba poco a poco
sobre la cubierta.
-¡Ayudad, bergantes! exclamó de pronto el capitán Melquiades, que había asistido a la
ejecución como uno más de sus hombres y no había dicho en ningún momento esta boca es
mia.
-¡Al mar, al mar! -gritó don Atilano y señaló el cuerpo mutilado que se vaciaba como
un odre de vino.
Y dos marineros tomaron los restos mortales de don Isidro Cienfuegos y los tiraron por la
borda sin ningún miramiento para que fueran pasto de los peces.
¿Y la cabeza?, se preguntará sin duda su señoría. ¡Ah, la cabeza
es otra historia! La cabeza, querido amigo, había caído dentro de la cesta de mimbre y
no había sangrado, que como sabe usted muy bien es una circunstancia que complica las
ejecuciones y pone el pelo de punta a los verdugos. Si la cabeza no sangra puede ocurrir
lo peor, lo horripilante, la tragedia, el horror.
Si la cabeza no sangra el papeleo se produce, el escribano levanta acta, el veedor del Rey
interviene, la justicia toma cartas en el asunto y el ejecutor no cobra sus emolumentos
porque se entiende que no ha sabido cercenar con eficacia y una ejecución mal hecha...
Don Atilano, pálido, descompuesto, se acercó a la cesta y con
precauciones pero sin hacerle ascos, tomó la cabeza de don Isidro por los pelos largos y
grasientos, la levantó y la observó con detenimiento. Y al ver la tez verdosa del
difunto, los labios finos y apretados y un rictus de dolor y de sorpresa en el rostro
cárdeno y reseco sonrió satisfecho. Aquella era la cabeza de un muerto, se dijo a sí
mismo el verdugo y suspiró aliviado. La iba a arrojar por la borda para que se uniese al
cuerpo y juntos se fueran al infierno, cuando ocurrió lo que todos temían. ¿Se imagina
lo que sucedió, señor obispo? Reflexione un instante y si quiere tómese su tiempo.
¡Sí, sí, sí; eso es, exactamente, lo que ocurrió! Vuesa merced no ha fallado el golpe
y se ve que entiende de difuntos rebeldes. La cabeza abrió los ojos, sonrió y gritó
bien alto: "¡Estoy vivo!", y después, para redondear la frase, pronunció una
horrible blasfemia que mi sólida formación cristiana me impide pronunciar...
La sorpresa fue mayúscula. La galera se convirtió en un desbarajuste,
en un caos; la marinería gritaba de terror y todos iban y venían de un sitio a otro sin
orden ni concierto y yo mismo, que como es bien sabido tengo los nervios templados y un
valor seco probado en cien batallas, a punto estuve de perder el norte; el capitán
Melquiades decía horrores por aquella boca suya, don Atilano no sabía que hacer con la
testa parlante, pero consciente de su deber la apretaba con fuerza y aunque se movía como
todos por aquel barco podrido y maloliente lo hacía con cuidado exquisito, como si
estuviese bailando un minué. El único que mantuvo la cabeza fría fue el ejecutado que
cambió la sonrisa por las carcajadas y gritaba: "¡Estoy vivo!" ¡Majestad,
estoy vivo y hablaré, diré quién mandó matar a don Dositeo Berrocal, por qué se
quedó tuerto don Jacinto Garcipérez, y los nombres de los responsables de la desgracia
de la familia del difunto marqués de Valparaíso!".
No, no, aquello no fue un milagro. Había ocurrido antes y volverá a
ocurrir en el futuro. Si la cabeza no sangra, mala cosa. La vida, ¿sabe usted?, se
refugia y se hace fuerte en la cabeza, se agazapa en la testa con uñas y dientes, se
amorcilla en tablas como las reses bravas. La muerte es muy suya pero la vida es una
ladilla que se sujeta a la piel y no se suelta ni con agua caliente. Cuando la cabeza no
sangra la cosa no tiene remedio. Ocurre una vez de cada mil o cada diez mil ejecuciones.
Los verdugos lo saben y cuando piensan en ello no pueden conciliar el sueño y un sudor
frío les baña todo el cuerpo. Al que le salga una cabeza parlante ya puede cambiar de
oficio. Don Atilano de Atienza era, a partir de aquel momento, un paria, un don nadie. Su
pasado esplendoroso, todo su historial de ejecutor del Rey se había malogrado y no
servía para nada. Y el pobre, que lo sabía, miraba contrito a su enemigo que no dejaba
de reír y de gritar a los cuatro vientos que estaba vivo y bien vivo y se lo decía,
además, a don Felipe II el Rey de España.
Las cabezas parlantes no son todas iguales; que va. La mayor parte
tienen una vida breve, una existencia corta y como de mariposa: abren los ojitos y dicen
una frase: ¡Adiós mundo cruel!" "¿Dónde estás Margarita?".
"¡Felón, que eres un felón y un mierda!". La cabeza pronuncia una frase, por
cumplir y para asustar a los presentes, y se va al otro mundo haciendo reverencias; se
retira con humildad por la puerta de servicio.
Eso es lo más frecuente, aunque hay algunas que duran días y varias que han durado meses
y pocas, muy pocas, que han prolongado su vida durante años y años. Los Reyes
Católicos, sin ir más lejos, tenían la cabeza de un príncipe moro, de un primo de
Boabdil, que cantaba canciones de amor y sabía idiomas y contar chascarrillos. Doña
Isabel la tenía metida en un cofre de plata y la llevaba siempre de viaje, y cuando se
desnudaba, o se cambiaba de camisa, le ponía un pañuelo por encima para evitar las
miradas del truhán que era rijoso y obsceno. "¡Alí, Alí, no seas malo!", le
reñía la Reina con cariño y la cabeza del príncipe le pedía por favor que le
permitiese recordar como era el hombro de una mujer desnuda. Y el pobre pedía un hombro
porque no se atrevía a solicitar la visión de una nalga o de un muslo. ¡Menuda era
doña Isabel para las cosas del pudor!
Podría contar a vuesa merced mil y una historias de cabezas cortadas
que pasaron a la historia. La cabeza que le dictaba las historias al Dante, la que
proyectó la catedral de Compostela, la que acompañó a don Cristóbal y le daba malos
consejos : "Nunca conseguirás llegar a las Indias asqueroso genovés", le
decía al navegante la cabecita apepinada y maligna de don Silvestre, el violador de
canónigos. Colón aguantaba, con resignación cristiana, porque don Silvestre era malo
pero culto, y sabía, además, jugar al ajedrez y el descubridor se aburría mortalmente
con aquella panda de analfabetos que llevaba el pobre en la Santa María y cuando Rodrigo
de Triana gritó "¡Tierra, coño, tierra!", don Cristóbal obligó a su
compañero a celebrarlo y le hizo beber una botella de aguardiente que le metió a la
fuerza por el gaznate; le rompió varios dientes porque don Silvestre era abstemio y a
partir del evento ultramarino la cabeza no volvió a ser la misma: se inclinó hacia un
lado, se le nubló la vista, le cambió la expresión y se le esfumó la mala leche y el
asesino de clérigos mudó de condición y fue, hasta el final de sus días, un tontorrón
que salmodiaba latines de la noche a la mañana; un santiño, como le llamaban los frailes
del Monasterio de La Rábida.
¿Qué quién era don Isidro Cienfuegos y si había sido en el pasado
persona principal? Buena pregunta; ha puesto vuesa merced el dedo en la llaga. Principal,
no, principalísima. Es más, si me permite usted la confidencia, le diré que a punto
estuvo de casar con princesa italiana tronada y ligera de cascos y ser un príncipe
veneciano, aunque eso sí, consorte. Don Isidro Cienfuegos, el ejecutado, que a la sazón
era una cabeza parlante cuyo tronco y extremidades devoraban con fruición los peces del
océano, había sido recadero del Rey Felipe, el que le hacía las gestiones torcidas, los
mandatos inconfesables, los pagos urgentes e inaplazables.
Los buenos reyes, y don Felipe es de los mejores, siempre deberán
tener a mano un bufón que les haga reír, un hombre prudente que gobierne en su nombre y
un asesino que peque y mate por ellos. Ese es el trípode del poder, el asiento en que las
posaderas reales pueden apoyarse, descansar, y aún dormirse en los laureles y a pierna
suelta.
Al hombre prudente hay que conservarlo toda la vida, pagarle con
largueza, tratarlo como si fuera de la familia y cubrirlo de honores y distinciones. La
esplendidez y generosidad de los monarcas queda reflejada en las crónicas y en los libros
de los contables y la Historia les juzgará según se hayan portado con sus mejores
servidores y con sus peores enemigos. El Rey, sobre todo, tiene que ser prudente y saber
elegir a sus colaboradores; el Rey es un detectador de criados, un buscador de ayudantes,
un veedor de generales. Tiene que ser un buen comprador de hombres y de frutas y saber
distinguir a primera vista la manzana podrida de la sana y al hombre de cerebro
privilegiado del tonto de capirote.
Al bufón, que también es cargo de mucho mérito y enorme
responsabilidad, hay que jubilarlo a tiempo, justamente cuando sus gracias empiecen a ser
patéticas y sus chistes tengan un regusto amargo y melancólico; los bufones, con los
años, se hacen filósofos y ambicionan hacernos pensar en lugar de alegrarnos la vida y
si de jóvenes se ríen de su baja estatura y del tamaño de su cabeza, al hacerse viejos
la chepa les pesa, las risotadas ajenas les sacan de quicio, las chanzas les ofenden y se
transforman en seres malignos y taciturnos; la vejez trata fatal a los bufones; peor,
incluso, que a las putas y a los barberos y hay que procurar desprenderse de ellos cuando
están en sazón para poder recordarles con nostalgia: "¿Te acuerdas de Estabanillo?
¡Qué gracioso era! Y como lloraba el condenado cuando le pusimos en la calle medio en
cueros. Mi imagino que ya habrá muerto de frío y de miseria; acaso de hambre, o por el
hierro"...
Y el más importante de la trinca es el asesino. Con el asesino, con su
asesino privado, el Rey deberá tener guante de gamuza y mano de hierro. No hay criado
más íntimo que el que se condena por la Corona. El asesino es hermano del Rey, el
hermano siamés, el lado perverso del monarca, el más entrañable de sus servidores; el
resto de los criados le dedican al Rey su vida, pero el asesino le ofrece su vida eterna.
Al asesino cuando se vuelva altanero y farruco y quiera algo más que dinero, aspire a
convertirse en príncipe y sueñe con dignidades y solicite nombramientos, pase factura de
sus servicios y sonría con complicidad ladina es que le ha llegado su San Martín y vive
fiado; en ese momento el Rey sabe que tendrá que cambiar de servidor y buscarse otro que
tenga la codicia intacta y menos imaginación. Al asesino le pierde la idea de la virtud y
cuando diga con la mirada lo mucho que sabe y su boca entreabierta masculle amenazas sin
pronunciar palabra, habrá que eliminarlo con su propia medicina sin darle tiempo a
defenderse. Deberá morir por el hierro por haber ambicionado dignidades de obispo.
Y deberá darse noticia de su muerte y conocerse ésta hasta en sus
menores detalles; su final se contará en pliegos de cordel y carteles de ciego y el
pregonero dirá en cada esquina la hora y el lugar de su ejecución, pero no se sabrá
jamás dónde reposan sus restos mortales. El asesino del Rey no tendrá tumba ni nadie
que pida por su alma. ¿Por qué tanta crueldad? Y, sobre todo, ¿por qué tan crueldad
inútil?, se preguntará usted. Nunca nadie ha contestado a esas preguntas, pero,
paréceme, que la violencia garantiza la claridad del mensaje, la bondad de la
advertencia, la eficacia de la amenaza. No se castiga al asesino, se advierte al que ha de
venir, a su sustituto, para que sea prudente y discreto, se conforme con el oro y
escarmiento en cabeza ajena.
Y don Isidro ¡qué cosa ¿eh?! quería ser almirante y derrotar al
inglés en el líquido elemento para conseguir honores y entorchados y alcanzar, al fin,
ser respetable además de temido.
Los crímenes se le habían subido a la cabeza y ahora que era rico
quería ser honrado y famoso. Mi señor Don Felipe II escuchó atentamente sus demandas,
le alentó con una sonrisa beatífica y le invitó a que se explicase sin límite de
tiempo y mientras el asesino hablaba y explicaba el porqué quería cambiar de condición,
el monarca afirmaba con la cabeza y aunque nada decía sus gestos expresaban complacencia.
Le acompañó hasta la puerta, le despidió como un padrino despide a un ahijado y cuando
el asesino se hubo alejado veinte pasos tomó la decisión de terminar con él y quitarle
de un solo golpe las ínfulas y la cabeza, que no es bueno para el Imperio que las gentes
muden de condición y se desmanden los asesinos. (Continúa en el Próximo Número)