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| | SUPLEMENTO GALICIA

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CHUS
LAGO
EL PODER DE UN SUEÑO
Texto: Marta Malde / Foto cedidas por
Chus Lago |
27 de mayo de 1999. Unas lágrimas
caen desde 8.848 metros de altura. Chus Lago conquista un sueño: poner sus pies sobre la
cumbre del Everest. Quedan atrás horas de sufrimiento, frío, temor, soledad... El
Chomolungma, la Diosa Madre, se rinde y permite que Chus sea la primera mujer española en
llegar a su cumbre sin oxígeno.
Cuando
era pequeña, Chus Lago miraba sus piernas y se decía a sí misma que toda aquella carne
tenía que valer para algo más. A los 11 años se formó en su colegio un grupo de
montaña, y allí estaba ella, en primera línea, deseando que llegase el fin de semana
para poder mover las piernas. Su equipo nunca fue una maravilla. La mochila se rompía y
en sus botas entraba el agua por delante y salía por detrás. Por la noche el agua de su
cantimplora se congelaba, y mientras todo el mundo dormía ella aprendió a pasar frío.
Empezó pronto a tomar decisiones: quejarse o salir de monte; estudiar una carrera o
dedicarse a la montaña; tener horas libres o tardes de entrenamiento. En cada decisión
forjó su carácter y afianzó sus sueños.
Estoy sentada en la terraza de una cafetería esperándola. Hace fresco y la calle está
silenciosa. Aparece Chus, pero pasa de largo con el móvil pegado a la oreja. "Un
momento, que vuelvo". Tarda unos minutos, que parece querer recuperar en cuanto
llega. Es difícil decir qué lenguaje domina Chus con más facilidad. Las palabras se
pelean por salir de su boca. La manos tienen vida propia. Los ojos dominan a la
perfección el arte de la expresividad.
-Bueno, punto final a un sueño...
-He cumplido un sueño y al mismo tiempo lo he perdido. Cuando llegué arriba
me emocioné mucho, pero mi primera sensación fue de pérdida. Quizá porque había
invertido mucho tiempo y mucha energía en esa expedición. Lo tuve mucho tiempo dentro y
ahora me siento satisfecha, pero vacía. Tengo otros proyectos, pero echo de menos el
Everest. 
-Has intentado el Everest en varias ocasiones, pero esta vez el
reto era sola y sin oxígeno.
-Tenía el convencimiento de que podía hacerlo así. Para mí no era un reto
ir con más gente o dentro de un grupo. Mi reto era asumir las responsabilidades yo misma.
Y sin oxígeno. Me había preparado durante muchísimo tiempo y cada vez que iba a una
montaña me analizaba y veía que en altura respondía muy bien. ¿Cómo iba a dejar todo
en manos de otra persona si podía hacerlo yo?
-¿Por cuánto has tenido que pasar para verte en el campo base
del Everest?
-He pasado por encima de muchas personas, en el sentido de que este proyecto
era muy egoísta. Esto era algo que sólo me servía a mí, pero sabía que era
fundamental en mi vida. Pasé por encima de mi marido, porque aunque lo hablábamos,
sabía que él no se quedaba cómodo. Pasé también por encima de mi trabajo, de mis
amigos, de mis padres; todos me decían que no fuera. Ellos no podían imaginarse lo mal
que yo lo pasaba. Estaba cansada de trabajar, de entrenar, estresada de los
patrocinadores. Por otro lado el miedo que sabes que en algún momento te va a aparecer,
el frío, la tensión... Pasé también por encima de mis miedos.
"Cada uno
tiene lo que quiere. Si estás asfixiado, tienes que analizar por qué"
-Y una vez allí, ¿sabe uno a
qué se enfrenta?
-Sabía a qué me iba a enfrentar en cada momento. Fue una lucha que yo no
pensé que fuera capaz de soportar, pero aprendí una cosa: que sola me crezco. Puede que
en un momento el miedo te domine, pero nunca sabes hasta dónde puedes dar.
-Para
mirar hacia el Everest sin oxígeno, ¿cuál debe ser el nivel de exigencia con uno mismo?
-Soy una persona que me exijo mucho, y ahora he subido bastante el listón
conmigo misma. Disfruté mucho con el reto de prepararlo todo y no equivocarme en nada.
Cuando llegué al primer campamento, a 7.100 metros con el sherpa y mi equipo personal,
montamos la tienda y me quedé sola a dormir. La primera noche en altura puede ser un poco
peligrosa, por eso la pasé bebiendo litros y litros de agua, escribiendo y mirándome al
espejo para ver si la cara se me hinchaba. Tenía miedo de tener un edema y que se me
fuera la situación de las manos. Yo me decía: "Mariachús, qué bien estás aquí
sola, si hasta te lo estas pasando bien". Si podía hacerlo todo un poco más
difícil, lo hacía.
-Cinco clases de aerobic diarias, entrenamiento específico,
fines de semana en montaña. ¿Físico y mente tienen que estar al 50%?
-Si mentalmente estás fuerte, pero físicamente no lo estás, te marcas un
farol que te puede costar la vida. Si físicamente estás muy fuerte pero mentalmente no
lo estás, no te vale casi de nada, porque al mínimo sufrimiento, al mínimo
padecimiento, tu mente se derrumba y ya no manda sobre tu cuerpo. Creo que tienen que
estar las dos al 100%.
El entrenamiento mental es el de un deportista que está acostumbrado a darlo todo en los
entrenamientos. Lo que te manda tu entrenador, cueste lo que cueste, tienes que acabarlo.
Y para eso a veces tienes que salirte de tu cuerpo, salirte y que sufra solo, porque llega
un momento en que resulta insoportable. Te obligas a pensar en otra cosa. Te dices que
cuanto más sufras aquí, menos te va a costar allí. Yo escuchaba una música estimulante
y soñaba todo el tiempo. Era una manera de decir: que mi cuerpo acabe el entrenamiento
solo, porque yo ya no aguanto más.
-Durante la subida a cumbre, ¿qué llevabas en la cabeza?
-Era decirle a tu cuerpo: sigue tú solo que yo me voy a otra historia porque
esto es insoportablemente frío. Positivaba todo, me decía: "Mariachús, ya
llegaremos. Te vas cansando pero vas llegando, estás más cerca de la tienda. El resto
del día no tienes nada que hacer, has venido aquí para eso. Tienes frío, pero no hace
tanto frío, porque si lo hiciera estarías congelada, y no lo estás, sólo estás
temblando". Tenía cien mil motivos y cantidad de excusas para bajarme, pero estaba
tan convencida que lo llevé bien.
"Fue una
lucha que yo no pensé que fuera capaz de soportar, pero aprendí una cosa: que sola me
crezco"
-Y en el descenso, quien te
podría ayudar te lo puso más difícil...
-No me faltaba el aire, ni desvariaba, pero mi sherpa quería bajar más
rápido y me decía una y otra vez que me pusiera el oxígeno. Yo no entendía por qué.
El tiempo estaba bien. Cada cinco pasos tenía que pararme, pero era normal, había estado
a 8.000 metros. Éramos los últimos y empezó el miedo. No tenía referencias de cuál
era el cansancio normal, y si él me hubiera animado, hubiera sido diferente. Llegó un
momento en que se sentó y me dijo: "I am finish". Lo cogí por la chaqueta y le
dije: "Mira, tú no finish, tú tienes dos botellas de oxígeno, te bajas ahora todo
lo rápido que quieras y si quieres, me esperas más abajo".
-¿Cómo
fue la decisión de usar oxígeno esas tres horas?
-Yo pensaba: "¿Tan dramática es la situación que no la computo? Mira,
Mariachús, lo que sea, pero andando, así que tira para abajo. Qué egoísmo el mío al
arriesgar aquí todo. Y Antonio, y mi madre... Mariachús, sigue -me respondía-, te
morirás allí, delante de sus narices, pero no aquí, como una gilipollas". Total,
que seguí bajando sin oxígeno. Me encontré con un italiano a 8.500 metros y me echó
otra bronca: que si me estaba jugando la vida, la vida de mi sherpa y la vida de todos.
Este italiano me decía que ya había subido a la cumbre sin oxígeno, que el reto ya
estaba conseguido. Así que cuando pasamos la zona de 8.500 metros me puse el oxígeno, y
la verdad es que se baja muy rápido.
-¿Cuál fue la reacción del cuerpo cuando se acabó el
oxígeno?
-El cuerpo se me rebotó. La verdad es que ahí la cabeza se portó bien.
Respiraba muy fuerte y muy rápido y pensaba que qué pena que hubiese usado oxígeno,
porque la cabeza la tenía perfectamente. "No te pasa nada -me respondía a mí
misma-. Respiras muy rápido porque se te acabó el oxígeno y tu cerebro te pregunta qué
pasa. Mariachús, tienes los pies fríos, no los tienes congelados, así que cámbiate los
calcetines". "Con la pereza que me da...", protestaba contra mí misma, y
me respondía: "Cámbiatelos, que te vas a congelar". Me quité las botas, me
puse los calcetines secos y habían pasado tres horas. Tampoco me podía tumbar porque la
tienda estaba mal montada y además me podía ahogar. No hacía más que repetirme:
"Tú no te vas a morir aquí, de gilipollas. La respiración la tienes muy acelerada,
el corazón late fuerte, pero no desbocado, tampoco se te está quedando lento. En último
caso, podría llamar a esos chicos que tienen la tienda cerca... De eso nada, no vas a
llamar a nadie. Te vas a estar aquí quietecita superando esto tú sola". Y así fue.
Cuando empezó a amanecer me dije: "Desayuna, bebe algo, cógete lo que puedas en la
mochila y baja con mucho cuidado. Nadie te va a venir a buscar, así que empieza a
bajar". Cada cinco pasos me paraba, parecía que iba subiendo y ya no sabía si reír
o llorar. Llevaba una mochila que debía pesar seis kilos, pero para mí pesaba veinte.
Cuando llegué al Campamento 2, respiraba todavía muy fuerte; en el campamento 1, la
respiración casi era normal, pero estaba cansada. A medida que pasó el día, e iba
descendiendo, la respiración se normalizó totalmente.
"Mariachús,
sigue avanzando -me ordenaba a mí misma-, no te vas a morir aquí, como una
gilipollas"
-Puesta la bandera en la cumbre
del Everest, ¿qué te queda?
-Ahora estoy escribiendo un libro sobre la expedición, pero es cuestión de
buscarse siempre retos. Yo no quiero un trabajo en el que gane mucho dinero, un coche, una
casa grande. Prefiero calidad de vida, y la vida no es solamente suerte. Soy de la idea de
que, al margen de situaciones que no dependen de nosotros mismos, como una enfermedad o un
entorno familiar, cada uno tiene lo que quiere. Si estás asfixiado, tienes que analizar
por qué. A lo mejor es que tu forma de ser no encaja dentro del esquema de vida que te
has creado.
Mientras camino hacia mi coche, pienso que Chus Lago no ha subido sola al Everest. Chus
se ha hecho amiga íntima de Mariachús, su compañera de cordada, su aliada perfecta, que
acompañó y sufrió cada paso en el camino hacia la conquista de un sueño: el Everest
sin oxígeno. Enhorabuena a las dos.
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