e él dice su director en Nos Miran,
Norberto López, que "una vez que cree en algo apuesta hasta el límite". Y hasta
el límite le llevan sus personajes, hasta el punto incluso de perder el sueño,
de modo que acudo a esta entrevista con la sospecha de toparme o bien con un
polvorín o bien con una persona extremadamente equilibrada. Y me encuentro con
las dos cosas, sentada ante un hombretón que parece relajado, pero que juega con
la cucharilla del café como si le fuera la vida en ello. Como buen leonés, es
tímido y extremadamente franco. Un hombre con alma de niño, dice él, y no puedo
por menos que estar de acuerdo; sobre todo viendo como, mientras habla
seriamente conmigo, hipnotiza con sus muecas a una niña pequeña que, por razones
que no vienen al caso, ronda nuestra conversación.
Carmelo Gómez parece muy contradictorio y es, al mismo tiempo, extremadamente
coherente consigo mismo. Ahí está la gracia.-Siempre que se habla de ti
se dice "el actor leonés", es una cosa que llevas muy a gala.
-Sí, y cada vez más porque noto que al final todos somos de ningún sitio,
pero la gente... iba a decir de pueblo, y yo sé que esto a los leoneses no les
va a gustar, pero afortunadamente León guarda todavía el sabor de ayer, y eso le
hace peculiar. Y además hace que los leoneses quieran tanto a su gente que se
pueden llegar a sentir incluso identificada con ella, cosa que en las grandes
ciudades ya no puede ocurrir, porque todo está despersonalizado. Y con el pueblo
me pasa lo mismo, cada vez entienden mejor lo que pasa conmigo.
-¿Qué queda en ti de aquel chaval de pueblo?
-Me temo que el recuerdo, que es lo único que puede quedar de todo aquello.
Espero no volver a vivir lo que viví, sin embargo sí recuerdo mi infancia, mía y
única, lo que en el teatro se llama el imaginario, que es tu pasado, lo que te
conforma y lo que eres. Y cuanto más luchas contra eso, por querer ser un hombre
moderno, entroncado con las nuevas modas, más perdido estás, más sin patria
vives. A mí lo que me queda es una patria, unos seres queridos, que me quieren
también de forma especial, y es donde yo me siento más fusionado. Eso es
esencial para mí. Antes no, antes vivía para mi trabajo, pero ahora tengo otras
prioridades, afortunadamente. Entre ellas está mi hija y está mi tierra.
-Cuando vienes aquí con alguien, ¿qué le enseñas?
-Estamos todo el día hablando de León, y digo estamos porque siempre vienes
con alguien que te puede explicar piedra por piedra. Pero no es eso lo que hay
que enseñar, no exclusivamente, que parece que siempre estamos con el jodío
patrimonio. Y está muy bien, pero lo más importante es llevarles de tascas y
decir: aquí la gente es así. Que lo mismo pueden no saludarte como preguntarte
de repente: ¿Dónde está el eje de la Tierra, hombre? Ésta es la gracia de esta
tierra, que además es muy entrañable y muy hospitalaria. Yo creo que ésa es la
esencia de los leoneses, ya no queda gente así.
-Tu última película es "Nos miran". ¿Qué te llamó la atención de este
proyecto?
-Cada proyecto es un cúmulo de azares. En principio yo tenía miedo a una
película de género, con un director nuevo y con una productora que tiene
tendencia a hacer películas muy comerciales. Y yo soy más de contenidos, siempre
me ha interesado tener algo que decir y que las películas nos hagan pensar. Lo
que me hizo entrar en esta película no fue esta película, sino un anterior
proyecto de este mismo director, llamado Cábala, que me gustó mucho. Y
cuando aquello cayó, porque era una cosa cara, me ofreció este nuevo proyecto. A
cambio, si esta película funciona haremos Cábala en serie de televisión.
Y me metí con la misma idea de futuro que tenía el director, lo que pasa es que
terminó siendo una buena película.
-Tienes fama de implicarte muchísimo en tus personajes. ¿Qué te ha supuesto
éste tan extremo, a medio camino entre la locura y la cordura?
-Yo ya soy más o menos, más o menos, ducho en personajes
desequilibrados, desde Tierra para acá no hago más que personajes que
rozan la locura o que crean fantasmas con el sueño de la razón. Y bueno, sé que
hay que hacer un trabajo psicológico que dura meses y que al final se consigue,
entras en el ambiente del personaje. Pero éste tenía un componente físico que a
mí me parecía difícil de conseguir, que era el cansancio. El cansancio real,
que no se puede mentir al espectador con un maquillaje. Y para conseguir eso
había que dormir menos y estar cansado de verdad en el rodaje. Y eso dio, yo
creo, unos muy buenos resultados. Lo que pasa es que es poco aconsejable.
-Es cierto que tienes tendencia a personajes extremos. ¿Por qué?
-Quizá porque mi cara es muy ambigua, yo tengo muchos contrastes entre lo
aparentemente duro, con una gran personalidad, muy seguro de mí mismo; y sin
embargo sigo teniendo un alma de niño, que es lo que me salva. Y todos esos
contrastes generalmente están más cerca de la locura que de la cordura. Cuando
uno es excesivamente cuerdo es que tiene una buena máscara para vivir, da la
apariencia que se espera de él y obtiene buenos resultados. A mí ésos me parecen
más locos que nadie, pero objetivamente es lo que hay en la calle y como es la
mass media no se puede criticar. Sin embargo, hay esos otros personajes
absolutamente transparentes, que tienen rostro de hombre pero alma de niño, con
dolor, son los que podríamos llamar locos. Y eso lo tengo yo.
-Tengo entendido que llevas muy mal esa dualidad entre el personaje público y
el privado. ¿Te alimentas también de esa contradicción?
-No, porque eso antes me hacía mucho daño, pero ahora afortunadamente la
prensa absurda, también llamada rosa, nos ha dejado en paz. Y no sabes lo bien
que se vive. Pero hubo una época en que me perseguían y que yo estaba jodido.
Porque además trataban de involucrar a mis seres más queridos y eso sí que no lo
toleraba de ninguna manera. Y la justicia, como siempre, está mirando para
Cuenca, no es sensible a nada de lo que pasa. Porque la justicia es un gran
dinosaurio incapaz de evolucionar, es completamente inamovible. En aquel momento
se suscitaba un grave problema, y es que nos persiguiesen por la cara y nosotros
no tuviésemos ningún tipo de salvaguarda jurídica. Te quedas sin intimidad a
cambio de nada, de que haya unos periodistas a la puerta de tu casa y de que tu
vida no valga un pimiento. Y eso me parece una terrible injusticia.
-De tu caso se deduce que la línea de la prensa rosa no existe si no la
alimenta el interesado/a.
-Yo sigo en lo que te decía antes, la línea del contenido: que al final lo
que quede de ti no sea una historia de acción con mucho ruido y pocas nueces,
sino que haya más nueces que ruido. Yo creo que es la clave de que algo perdure.
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