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MAYO 2008

EL ESCUDO ANTIMISILES Y
LA NUEVA GUERRA FRIA
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La consecuencia siempre
es la misma: mayor gasto militar, que al fin y al cabo es lo que
importa. Las grandes empresas se frotan las manos. |
Bush, en
sus últimos coletazos como presidente de los Estados Unidos y viviendo
horas bajas de popularidad en su propio país (en el resto del mundo
nunca ha habido "horas altas"), ha querido dar un golpe de efecto para
finalizar su mandato como el mayor impulsor de la Alianza Atlántica, y
reparar así en lo posible su maltrecha imagen de líder venido a menos.
En este contexto, tuvo lugar el pasado abril la cumbre de la OTAN en la
que se gestionó la entrada de tres nuevos socios: Croacia, Albania y
Macedonia. Aparte de esto, y de alguna maiobra más para presionar,
aislar y, en definitiva, cabrear a Rusia, Bush se presentó además con la
intención de recabar apoyos oficiales a su propuesta de instalar en
territorio europeo su escudo antimisiles, imprescindible para garantizar
la seguridad de los países de la alianza. El presidente americano,
experto en detectar amenazas globales, ha puesto sobre la mesa la
necesidad de abordar el proyecto conjuntamente, a la vista del peligro
que parece que constituye ahora mismo la proliferación de misiles en
todo el mundo. La cuestión es ¿hace falta una inversión y una
infraestructura de semejante calibre? Previamente, ha habido durante
años un debate sobre si existe realmente tal amenaza, porque no estaba
claro, pero a la vista de los acontecimientos parece que la discusión se
da definitivamente por zanjada: la alianza da el visto bueno a la
instalación en territorio europeo del famoso escudo, en base al acuerdo
alcanzado con Polonia y la República Checa para que lo alberguen.
¿Y qué supondrá eso? Algunos analistas han subrayado que no se trata
solamente de una maniobra de defensa, sino algo que puede también ser
interpretado como una amenaza por parte de algunos países. Como
consecuencia, se prevé que habrá una respuesta clara en los próximos
tiempos, que veremos traducida en la proliferación de nuevas armas, así
como la ampliación y modernización de arsenales en muchos países.
Algunos gobiernos, China por ejemplo, se plantean crear un sistema
defensivo similar. Todos quieren prepararse para los nuevos tiempos. La
hostilidad no sólo se traduce amenazando, sino mostrando cuánto esfuerzo
se va a poner en repeler posibles amenazas.
De modo que se inicia un nuevo juego con nuevas normas. Si antes se
trataba de acumular potencial ofensivo para impresionar al contrario,
ahora se trata de ampliar capacidad defensiva. Pero todo va a lo mismo:
mantener despierta la hostilidad. Ya se ha nombrado que el clima
empezará a parecerse al de la anterior Guerra Fría. Sea como sea, la
consecuencia siempre es la misma: mayor gasto militar, que al fin y al
cabo es lo que importa. Las grandes empresas se frotan las manos,
amparadas en el empujoncito político que la decisión de la OTAN ha dado
implícitamente al negocio internacional de venta de armas. Corren buenos
tiempos para el mercado.
En concreto, en el caso del escudo europeo, ya hay empresas afilando los
dientes. Gigantes como Boeing, Raytheon y Lockheed Martin, ya están
haciendo gestiones para distribuir los contratos y repartirse el
presupuesto inicial de 2565 millones de dólares. Polonia y la República
Checa ya han obtenido importantes contrapartidas económicas, que
ayudarán a acallar a una opinión pública mayoritariamente reacia a
instalar el escudo en su territorio.
Quizá con esta nueva maniobra se trate también de justificar la
existencia de la OTAN, sesenta años después, o al menos dotarla de
sentido, o al menos darle una suerte de orientación nueva que refresque
los objetivos. Los cumpleaños valen para estas cosas. Todo depende de
que haya o no enemigos contra los que defenderse. Si los hay, bien. Y si
no los hay, pues también. Se moldea uno a gusto del mercado y tan
contentos. ¿Quién gana en todo esto? Pues los mismos de siempre, a costa
del sufrimiento de la mayoría. ¿No les suena conocida ya esta historia?
/
C.F.
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