Lágrimas de un ser humano
que ama el deporte
Angel Andrés Jiménez Bonillo
(*)
A
veces la vida es triste.
Es triste asistir a un campo de fútbol y ver cómo mana la sangre de las
cabezas de varias personas que han sido golpeadas brutalmente. ¿Alguien
se imagina algo así en golf o en tenis?
Es triste que un árbitro de fútbol no permita insultos desde la grada en
los partidos que dirige y que, a cambio de su entrega en busca de un
deporte (y un mundo) mejor, reciba incomprensión por parte de muchos
espectadores -la mayoría padres que, se supone, desean una buena
educación para sus hijos- y, a veces, de los propios entrenadores de
cantera.
Es triste que ni los medios de comunicación, ni las federaciones
deportivas, ni las autoridades políticas se lancen, de verdad y por
derecho, a la conquista de un deporte limpio -como los citados golf y
tenis, por ejemplo-, sin insultos ni amenazas; un deporte que ayude a
formar buenas personas, lo cual es el único fin posible (y grande) de
toda actividad humana digna.
Es triste que nos conformemos con un deporte tan pobre, tan lejano a su
ideal. Es triste que no se identifique completamente deporte con respeto
y educación; que cierto jugador multimillonario e ídolo de tantos niños
siga queriendo marcar goles con la mano; que los padres suelten las
manos de sus hijos para poder alzarlas al viento y así acompañar sus
ofensas vomitadas con odio hacia otros seres humanos. Y es triste que
todo esto se asuma sin que se nos parta el alma, esta alma nuestra que
ya no es alma.
Es triste denominarse sociedad humana y civilizada y no parecer ninguna
de las tres cosas. Es triste estar llamados a lo máximo y conformarnos
con menos de lo mínimo.
A veces la vida es tan triste que empiezo a sentirme triste, triste por
nosotros. §
(*) Árbitro de fútbol