
Yo es que no sé qué pensar. Me hablan de cocina
molecular o de gastronomía tecnoemocional, de la experiencia sensitiva
de comer según qué cosas y no entiendo nada. Y menos mal que tengo la
suerte de no ser una de esos que pasan hambre en el mundo, más de mil
millones, ahí es nada. |
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JUNIO 2008

HAMBRE
TENGO
POR ELENA F. VISPO
Vaya
por delante que yo no tengo ni idea de lo que es la nueva cocina
creativa. Nunca he pisado El Bulli o similares (ni creo que lo haga,
francamente, mi cuenta bancaria lo agradecerá), y si me hablan de
deconstructivismo pienso en el Guggenheim, pero no en un plato de huevos
fritos con chorizo reducido a la mínima esencia del sabor.
Así que, gourmets de la cocina y amantes de las estrellas Michelín,
absténganse de seguir leyendo. Los demás mortales, enganchados a la
tarta de queso casera y las lentejas que se hacen en su círculo de
confianza, pueden continuar, que no creo que les pase nada.
El caso es que a Santi Santamaría quien, para el que no lo sepa, dicen
que es uno de los grandes cocineros de este país, le han dado un premio
por escribir un libro llamado "La cocina al desnudo". 60.000 euracos de
nada. Y digo yo haciendo un inciso, que si querían ver una cocina al
desnudo podían pasarse por la mía, que ya he contado hace poco que acabo
de mudarme y no debe de haber habitación más pelada en toda la casa.
Bueno, tengo un microondas, pero eso debe de ser una aberración en
términos culinarios a según qué nivel. Pero vamos, para nudismo, el de
mi cocina, y si no podrían venir a abrir mi nevera "vintage" ahora
mismo.
A lo que voy, que me pierdo: Santamaría, al recibir el premio con su
correspondiente discurso, ha arremetido contra Ferrán Adrià y su "cocina
espectáculo". Y dice que incluso debería entrar al trapo el ministro de
Sanidad, porque se usan cosas muy raras para cocinar, como la
metilcelulosa, que no sé muy bien qué es pero, la verdad, suena fatal.
Total, que el resto de cocineros "fashion" del país se han puesto como
motos, y ya está la bronca montada. Y montar una bronca en una cocina,
con la de cuchillos que hay a mano, no parece una idea muy inteligente.
Yo no sé si este hombre pretendía generar polémica y, de paso,
autopromocionarse. O quizás tiene más razón que un santo. Lo que sí sé
es: uno, que a mí estas broncas de patio de colegio me parecen una
tomadura de pelo. Una oda a la tontería y el esnobismo. Y dos: que pagar
135 euros por cubierto, que es lo que se paga en uno de los restaurantes
de Santamaría, bebidas aparte, no es muy normal en los tiempos que
corren. Y menos para comer cosas como ternera con puré de patatas,
echándole un vistazo al menú gastronómico. Que ya puede estar bueno, ya.
A mí, para comida tradicional, la de mi casa. Yo es que no me muevo en
determinados círculos, y me parece obsceno pagar veinte mil pesetillas
de las de antes para comer. Y, si el restaurante es muy nouvelle cuisine,
salir con hambre. O saciarme a base de pan, que ya tiene delito. Dónde
ha quedado ese bar de pueblo donde hacen un churrasco de impresión, o
esas tascas de puerto donde puedes jartarte de marisco por dos duros. Y
marisco de verdad, recién pescado, ni esferificado, ni reducido, ni
gasificado, ni nada que se le parezca. Cocido o a la plancha, como
mucho.
Yo es que no sé qué pensar. Me hablan de cocina molecular o de
gastronomía tecnoemocional, de la experiencia sensitiva de comer según
qué cosas y no entiendo nada. Y menos mal que tengo la suerte de no ser
una de esos que pasan hambre en el mundo, más de mil millones, ahí es
nada. Es que me daría un pasmo con semejante despliegue de gilipolleces.
Así que, por mí, que se maten. Siempre nos quedará la tortilla de
patatas de mamá, o el bocadillo de jamón. Y, frente a una oposición tan
imbatible, que se quiten los platos de diseño.
Total, que me está entrando un hambre... § |