
En todos los invernaderos, y el nuestro
no podía ser una excepción, alienta siempre la nostalgia de lo imposible y
el recuerdo de los climas lejanos. |
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JUNIO 2008

- EL
INVERNADERO -
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
Como
hacía tanto frío en la calle y dentro no teníamos calefacción, todos
soñábamos con tener un invernadero para cultivar plantas exóticas y árboles
tropicales. Nuestras obsesiones, además de sexuales, sociales,
gastronómicas, educacionales, culturales, musicales, pictóricas y políticas,
eran agrícolas y ganaderas, y el que más y el que menos fantaseaba con
instalar una selva tropical en el descansillo, una plantación de cocos en el
recibidor, un naranjal en la terraza, una selva de aguacates en el retrete y
como la dura realidad se imponía, le llamábamos el invernadero a un cuartito
orientado al mediodía que estaba bañado por el sol y en el que prosperaban
las begonias y tardaban en morir las hortensias.
¡Cómo me gustaba llamar invernadero al cuchitril aquel bañado por el sol! Mi
abuelo Dositeo, que había regresado de La Habana pobre y cantarín, elegante
y fantaseador de frutos y árboles, contador de historias y cronista de
revoluciones, inventó para mí nombres de lugares inexistentes, árboles que
Dios se dejó en el tintero y caudillos rebeldes que jamás hicieron la
revolución. Mi abuelo Dositeo inventó para mí una Habana literaria, parecida
a la de verdad, una ciudad imaginada y a la que tanto quiero y una
habitación amueblada con naranjales, piñas jugosas, bananeras, plantaciones
de azúcar. Mi abuelo tarareaba sin melancolía las habaneras de su juventud y
me dejaba su nostalgia sin saber que lo hacía; me dejó el ritmo del son, la
cadencia enloquecida del danzón y de la salsa como el que regala,
generosamente y sin darse importancia, una navaja de cachas de nácar.
Aunque no eran tiempos de mudanza empezó un éxodo hacia la habitación del
fondo, una emigración interior de todos los miembros de la familia hacia el
invernadero. Decían que venían por el sol de mediodía, pero yo creo que lo
hacían por las historias y las canciones, por la esperanza agridulce de la
habanera y la tristeza de La Habana y todos terminamos apretujados en el
cuchitril contando historias de caudillos invictos, de gentes analfabetas
que morían descalzas por la patria gritando ¡Viva Cuba!. Nosotros, que
habíamos sido los malos de la película, recordábamos sin rencor a aquellas
buenas personas que nos habían pasado a cuchillo y nos mandaron al otro
mundo a criar malvas, o nos devolvieron al viejo continente, a Europa, a la
habitación de atrás, al invernadero. Ellos eran nosotros y nosotros éramos
ellos, víctimas y victimarios confundíamos la violencia con la ternura y
trastrocábamos los recuerdos y ya que el odio que dejan las contiendas nos
impedía abrazarnos, nos encontrábamos en la música y nos hacíamos con el
tiempo parientes de pentagrama, primos de estribillo, hermanos de Habana y
habanera.
En todos los invernaderos, y el nuestro no podía ser una excepción, alienta
siempre la nostalgia de lo imposible y el recuerdo de los climas lejanos. En
los invernaderos queremos engañar al naranjo y a la orquídea y tomar el pelo
a la lechuga y convencer al tomate para que nazca fuera de temporada y en
tierra extraña, como si el tomate fuera tonto y no entendiera de primaveras
marchitas y de ventoleras otoñales. Y por eso los tomates de invernadero son
algo insípidos y parecen cubanos del exilio, gentes que cantan el son, y
desafinan sin pudor en el cuchitril de atrás cuando entra por el ventanuco
el sol del mediodía, la canícula de las Antillas.
No eran tiempos de mudanza ni de exilio, la diáspora familiar todavía no
había empezado pero todos nos reuníamos en el invernadero para ver morir al
sol y hablar de los naranjales de la familia, de las plantaciones de caña
que nunca habían existido. Yo creo que como el pasado aquel era un invento
de mi abuelo, lo que hacíamos alrededor del brasero era recordar el futuro y
curarnos de paso los sabañones. § |