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JUNIO 2008

LOS PRIVILEGIOS
DE LA IGLESIA ESPAÑOLA
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Urge ya desde hace
tiempo la revisión de un concordato anacrónico de dudosísima
constitucionalidad, pero ¿quién se atreve a ponerle el cascabel al
gato? Nadie hasta ahora.
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Por fin
parece que el Gobierno se ha decidido a centrarle un poquito las ideas a
la Iglesia. Y nos parece una decisión magnífica, la verdad, porque la
relación de la Iglesia católica con el Estado español lleva décadas
fosilizada. Eso es una evidencia que cualquier observador de la sociedad
mínimamente espabilado puede certificar. Como también es una realidad
que no ha habido gobierno hasta el día de hoy que se haya atrevido a
toserle a la Santa Madre ni a lidiar con la tempestad que eso iba a
provocar. Está anunciado: ay del que se atreva a poner las cosas en su
sitio, o dicho en su propio lenguaje y para que nos entendamos, dar al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Dinero, vaya. Hace
siglos ya que la Iglesia confunde deliberadamente al César con Dios, por
lo que nombrarle el tema económico es un pecado rayano en lo mortal. Así
las cosas, la relación de nuestro supuestamente "estado laico" con la
Iglesia Católica se rige, por si queda alguien en este país que no lo
sepa, por un concordato firmado con la Santa Sede en el año 56, durante
la dictadura franquista, y renovado en el año 76 y 79. Son conocidos
como Acuerdos sobre Asuntos Jurídicos, Económicos, Educativos y
Culturales, y en la práctica suponen un compromiso con la Iglesia
Católica que la coloca en un lugar de claro privilegio frente a otras
confesiones, especialmente en cuestiones económicas. El problema de esto
es que mal que les pese a algunos en este país existe una Constitución
que en su artículo 16.3 especifica que ninguna confesión tendrá carácter
estatal. Con eso en la mano, parece que urge ya desde hace tiempo la
revisión de un concordato anacrónico de dudosísima constitucionalidad,
pero ¿quién se atreve a ponerle el cascabel al gato? Nadie hasta ahora.
Durante la legislatura anterior, y a pesar de las peticiones, el
Gobierno no quiso remover más unas aguas que ya estaban suficientemente
turbias. Claramente: no hubo agallas para sumar un tema más a la que ya
era la "legislatura de la crispación".
Ahora, con suma timidez, hay que decirlo, la vicepresidenta ha anunciado
que se llevará a cabo la reforma de la Ley de Libertad Religiosa. Será,
según se adelanta, una modificación suave. El anuncio hablaba de
"avanzar en la condición de laicidad que la Constitución otorga a
nuestro Estado". Lo cierto es que hablar de "un avance" en un punto
explícitamente reconocido en la Constitución, y teniendo en cuenta que
la Constitución ya está en la treintena, parece fuera de lugar. A estas
alturas la jerarquía católica ya tendría que estar colocada en su sitio,
es decir, ni más ni menos que al lado del resto de las confesiones
religiosas y con un sistema de autofinanciación ajustado a sus
posibilidades. No estaría mal teniendo en cuenta que el caso español es
único: no existe otro país en el mundo tan generoso con la Iglesia
Católica con cargo a los presupuestos del Estado. Evidentemente, las
otras confesiones se quejan, y no es de extrañar, la Iglesia Católica
recibe cuatro mil millones de euros anuales en diferentes conceptos,
mientras que el resto recibe sólo cinco y para repartir. O todos o
ninguno.
El caso es que eso de codearse con los demás no está en la filosofía de
la Iglesia, ni en su intención, ni en el ego de la jerarquía, que exige
el mantenimiento de la situación de privilegio heredada del
nacionalcatolicismo. En España, la Conferencia Episcopal ha dejado clara
su intención de presentar batalla contra todas las cuestiones que se
contrapongan a sus planteamientos. El regreso de Rouco Varela hace
presagiar una actitud beligerante en línea con la que mostraron durante
la pasada legislatura, cuando tuvimos ocasión de ver a los
representantes de la Iglesia manifestándose en las calles, pancarta en
mano, contra mil y un asuntos, desde la Ley de Calidad hasta el
matrimonio homosexual. Qué no veremos entonces cuando se haga el amago
de tocarles el bolsillo.
Animo, señores del Gobierno, y al toro. Que ya es hora de poner a cada
uno en el lugar que le corresponde. /CF |