|
JUNIO 2008

La
UNIDAD COMO LEY
El ser
humano aún no ha comprendido, después de dos mil años, que el Amor no es
una opción a elegir. Tampoco es algo que se pueda manipular, interpretar
al gusto de cada uno, usar según el interés personal y mucho menos
utilizar para engañar o someter a los demás.
El ser humano aún no ha comprendido que el Amor es una Ley Superior, y
que como tal es inviolable, y que quien no la cumple está marcando a
fuego su propio destino.
Es una ley desde que el Hijo del Padre, Jesucristo, dio su vida en
sacrificio para que dicha Energía Superior quedara depositada en este
planeta y su enseñanza quedara abierta para los hombres.
Él mostró y demostró que todos somos hermanos desde la comprensión de
que todos somos Hijos del Mismo Padre. Todos estamos unidos por una Red
energética que constituye la base de Unidad sobre la que se levanta el
proyecto del Padre para sus Hijos.
Sin la existencia de esa Red no sería posible la vida en el planeta,
porque esa Red aporta la cohesión, la perfecta relación entre todos los
seres vivos, el alimento básico que partiendo de la Mente del Creador
aporta a todas las Vidas la energía necesaria para su existencia y
desarrollo evolutivo.
Todos somos UNO, y eso es más que una frase, es una clave para
comprender la creación y el papel que el ser humano tiene asignado en
ella.
Por eso, para que el hombre comprendiera cuál era su papel en la
creación, el Hijo mostró el Amor y dejó el camino abierto para el
futuro.
Dicho camino no es difícil de recorrer, pero exige morir al egoísmo, a
la individualidad, a la separatividad, y exige desarrollar la
comprensión de por qué es imprescindible vivir el Amor y para qué hemos
de vivirlo, a dónde nos conduce esa vivencia.
Pero, independientemente de los beneficios que aporta al individuo y al
colectivo humano la vivencia práctica del Amor, hay que insistir en el
hecho de que el Amor no es una opción más.
Esta afirmación puede parecer extraña a muchos, pero el hombre debería
estar ya en condiciones de poder interpretar intelectualmente, o sea,
con su mente, la realidad de esta afirmación, sobre todo porque es algo
que científicamente ya está de sobra demostrado.
El diseño original del hombre, su estructura interna, está dispuesta de
forma tal que sea una con la Ley natural.
El cerebro del hombre es el "ordenador" que dirige todo lo que ocurre en
el complejo cuerpo humano. En el cerebro existen centros enlazados
energéticamente, centros que funcionan positivamente con unas energías y
que se bloquean o atrofian con otras.
El hombre fue diseñado para vivir en la Unidad, pero al mismo tiempo
posee el libre albedrío, o sea, que puede optar por la separatividad,
por el egoísmo.
El primer camino le conduce a niveles evolutivos superiores, porque
favorece el desarrollo de la mente.
El segundo, el del egoísmo, le conduce a su propia destrucción. En
realidad, el ser humano es una "chispa divina", un átomo del Creador,
que "vive" dentro de una compleja máquina que es el cuerpo físico.
Ambas partes, "chispa" y máquina, o vehículo físico, deben estar en
perfecto equilibrio. Lo contrario conduce a la enfermedad, en un sentido
más amplio, y a la muerte o destrucción del vehículo físico.
Al ser humano se le mostró, se le dio, el Amor, para que comprendiera y
viviera esa relación. Primero en sí mismo y luego, o a la vez, con los
demás, con toda la creación.
Y eso quedó constituido como una Ley inquebrantable, como una
"condición" del Padre para así poder conducir a sus hijos a una Vida
Superior.
Quebrantar esa Ley tiene un precio. Y a estas alturas, ya nadie puede
decir que no lo sabía. Pero el ser humano sigue ciego y sordo. En su
arrogancia se cree un dios. En su ignorancia está en el camino de
destruir su entorno y a sí mismo.
Y lo más triste es que ya está, intelectualmente, en condiciones de
comprender la Ley, y también con necesidad de vivirla, de vivir el Amor,
y romper así el círculo vicioso del dolor, de la destrucción. Sólo es
una cuestión de lógica. Si todos nos cuidamos y ayudamos, todos
viviremos mejor.
Y la Madre Tierra, en su generosidad, tiene suficiente para todos.
La decisión final está en el ser humano, en cada uno. § |