Violencia machista
Alberto Moncada (*)
La
maté porque era mía". Con tan antiguo y conocido aserto, algunos
observadores de la continua sangría de esposas y compañeras dan por
bueno que el hombre, de suyo, entiende que el emparejamiento le concede
derecho de propiedad sobre la hembra. Son restos, dicen algunos, de
cuando de hecho las mujeres se compraban y vendían, entre familias,
entre tribus, como vacas, no hace muchos siglos y aún ahora se hace en
algunas culturas. "Es una malformación del instinto que se irá curando
con el tiempo, con la educación, con el cambio de costumbres", recetan
algunos expertos.
Pero yo no estoy tan seguro de que esa explicación sea muy convincente,
ni siquiera para los machos cuya testosterona se impone al raciocinio.
En la larga evolución de la educación familiar, las mujeres han ido
enseñando a sus hijas cómo hacer frente a sus responsabilidades
domésticas, empezando por el hecho fundamental de la maternidad. Esa
educación las ha ido haciendo más autosuficientes, más responsables. Y
por supuesto, más capaces de dar cariño. Por el contrario, sobre todo a
partir de la creación de la clase media burguesa, el hombre ha sido
entrenado para trabajar fuera de casa, para hacer valer sus habilidades
físicas y mentales en el mercado de trabajo, donde se te pide una cierta
dureza del carácter. La modificación del mercado, la entrada masiva de
la mujer en toda clase de empleos y no sólo en los manuales, está
significando que el hombre debe ocuparse también de la atención casera,
de los hijos, y a verse obligado a cursar la difícil asignatura de la
madurez emocional. No se dice bastante que las madres no han educado
suficientemente a sus hijos varones en la autosuficiencia afectiva, en
las responsabilidades primarias, incluso en la gestión de la soledad.
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Mucha violencia machista es por la carencia afectiva
sobrevenida |
Muchos
hombres terminan buscando en la esposa a esa madre que no sólo le cuida
materialmente sino que también le llena afectivamente. En este sentido
el hombre es más débil y cuando se le va la mujer, salvo que tenga otra
de reemplazo, se enfada. No tolera el abandono afectivo, el que su
pareja deje de quererle, a veces casi como a un niño caprichoso al que
se le consiente todo con tal de que cumpla en el trabajo externo. Por
eso, pienso que mucha violencia machista no es tanto por la sensación de
propiedad perdida cuanto por la carencia afectiva sobrevenida. ¿Cómo se
atreve a dejar de quererme?, se preguntaría ese varón psicológicamente
dependiente antes de descargar su brazo.
Por eso cuando los expertos dicen que la cosa cambiará por la educación
hay que incluir también esa educación en la madurez emocional de tantos
varones que ni siquiera saben vivir solos sin aburrirse, sin enfadarse.
En el mundo hay mujeres que prefieren vivir solas a mal acompañadas y,
por el contrario, hay hombres que cargan con lo que sea con tal de no
quedarse solos.
Por eso, las mujeres que deciden divorciarse deben prepararse antes, con
las cautelas necesarias, a la reacción de un hombre violento que lo es,
no sólo porque creía que eras suya, sino porque le has retirado tu
cariño protector.
Y esas cautelas podrían incluir el hablar con la familia del marido para
que no le dejen solo, para que le busquen una suplente si él no sabe
hacerlo, porque a veces cierto machismo incluye que tu mujer tiene
obligación de quererte aunque tú seas un pendón. §