El ser antes que la masa
Víctor Corcoba Herrero (*)
Me niego a perder el tiempo haciendo
rituales de masa, a bailar al son del majadero enjambre social, que no
considera al ser humano como persona a la que hay que dejarle libertad
para tener la vida interior que quiera, y poder degustar así la vida por
sí mismo como un singular viviente. Haría falta que los espadas del
poder bajasen de sus alturas para acercarse a los párpados de cada
individuo. La vida no es cuestión de género, tampoco de multitud, sino
de garantías y humanidad. Descubrir el privilegio de vivir, no como un
dulce rebaño enjaulado de cosas, más bien como un corazón libre, genera
cuando menos una profunda cascada de emociones que, en realidad, son los
años vividos y los que siempre se recuerdan.
Estoy seguro que muchos de nuestros problemas, la inmensa mayoría de
ellos, por no decir todos, tienen su raíz en el olvido del ser humano,
en la indiferencia hacia la persona, que apenas cuenta nada en la
colectividad. Sin embargo: un grano, ya se sabe, sí que hace granero.
Esa interesada omisión al ser, unas veces por rivalidad entre sexos y
otras por celos entre altares, lo único que forja es una confusión
antagonista. Hay hazañas que tenemos que combatir a nivel personal, cada
ser con su propio ser: el bien sobre el mal, o lo que es lo mismo, el
amor sobre el odio. Al ser hay que dejarlo ser él mismo, que tenga
dominio sobre sí, con la libertad como primer paso y con vía libre al
acceso a la justicia.
No pocas libertades hemos ido perdiendo, o mejor nos han ido robando
descaradamente. El sometimiento a un poder económico, basado en un
sistema productivo cien por cien inhumano, es la mayor de las
esclavitudes de este siglo. Tampoco todos los seres humanos tienen la
ventana de la justicia abierta. Se me ocurre pensar en los inmigrantes
en situación irregular, que hasta que los regulariza una sociedad
burocratizada al máximo, no pueden acceder a los tribunales para hacer
valer sus derechos, porque la masa los considera ilegales en un mundo
que es de todos y de nadie. O el mismo acceso a la justicia por parte de
los menores que son víctimas y testigos de macabras conductas,
condicionados a la edad y a la falta de capacidad legal. Todo esto lo
que origina es una sociedad vengativa, en vez de ser una sociedad
rehabilitadora. Ahí están, los delitos llevados a cabo por chavales que
deberían verse y analizarse como lo que son, niños, antes que
delincuentes.
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La masa social se ha vuelto
despreciativa y excluyente. Le cuesta admitir la globalizada
diversidad
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Pienso que a la masa social, y por ende sus poderes soberanos, le
correspondería tomar como prioridad que a las víctimas, tanto si se
encontrasen en una situación irregular como si fuesen menores, se les
asegurase la mano protectora de la justicia. Una ayuda que a nadie ha de
negársele y mucho menos a los más desprotegidos. De lo contrario, habrá
seres humanos que seguirán torturados por partida doble, por una parte
serán presa fácil de gentes sin escrúpulos y por otra, vivirán
atormentados por unos procedimientos judiciales y barreras
administrativas que no entienden ni les entienden. La libertad y la
justicia no pueden ser palabras vacías de contenido para ningún ser
humano. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de
unos sobre otros: el tanto tienes tanto vales sigue aún vigente. Todavía
la masa no ha derogado el articulado clasista.
Es cierto que necesitamos ser nosotros, cada uno consigo mismo, con el
esfuerzo de la superación y el compromiso de la acción, aunque en muchas
ocasiones tengamos que asumir la bestia negra del sufrimiento. A mi
juicio, la prioridad por el ser antes que por la masa es vital. Bajo la
atmósfera presente, donde la ética dormita en un laberinto y la
desorientación moral oculta el peligro tanto de la pasividad que acarrea
no pocos complejos, como de la ofuscación por falsear la espiritual
naturaleza del ser humano, se precisa cuanto antes un reactivo de
humanidad capaz de prevenir a la persona de riesgos provenientes de la
ignorancia y de la degradación del propio ambiente humano.
Creo que la masa social se ha vuelto despreciativa y excluyente, le
cuesta admitir la globalizada diversidad, y se mofa de la vulnerabilidad
de las mujeres, los niños e inmigrantes que, en muchos casos, además de
ser discriminados por sus creencias, lo son por su etnia y sexo. Que el
relator de las Naciones Unidas sobre racismo, Doudou Diene, haya
condenado recientemente el aumento del racismo y la xenofobia en Europa
es un dato preocupante. En un informe ante el Consejo de Derechos
Humanos, en Ginebra, dijo que la "islamofobia" es en la actualidad la
forma más grave de difamación religiosa, y contiene los ingredientes
para desencadenar un conflicto entre civilizaciones.
Esto pasa, sin duda, por devaluar a la persona como tal y no
considerarla por sí misma el centro de todo el orden social. Por tanto,
ha de ser apremiante, a mi modo de ver, el esfuerzo por abrir camino a
una humanidad humanizadora de todo ser humano. Para acometer una empresa
como ésta, es preciso dejarse guiar por una visión de la persona no
viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o enviciada por
intereses políticos y económicos, que inciten al odio y a la violencia.
De igual modo, cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos
criminales, evidencia que dicha concepción se ha transformado ya en
doctrina ideológica. Fijándonos, en consecuencia, en el actual contexto
cultural que vivimos, divinizado por el consumo de una masa social que
lo único que innova es incertidumbres y dudas, sólo al ser que le dejan
ser con sus valores innatos, puede dar una respuesta solidaria a la
propia sed de valores y hambre de vida humana que soportamos. Algo que
siente el alma de toda persona interesada en hacerse valer como valor
primero y en hacer valer su propio destino como valor paralelo. §
(*)
corcoba@telefonica.net