El secreto de la buena
vida
Víctor Corcoba
Herrero
El
universo que da vida a los secretos siempre me ha fascinado. De entre
todos, me quedo con el secreto de la felicidad, avivado por el escritor
ruso Tolstói, consistente no en hacer siempre lo que se quiere, sino en
querer siempre lo que se hace. Algo semejante debió pensar Sanidad y
Consumo que decidió poner en marcha un divertimento estético, entre lo
ético y lo moral si se quiere, un concurso escolar para prevenir el
consumo de drogas entre niñas y niños de 10 a 12 años. El título no
puede ser más sugestivo: "El secreto de la buena vida"; un juego
multimedia en el que participan más de 1.000 colegios, 86.500 escolares
y 7.500 maestras y maestros que, en su segunda edición, incorpora como
novedad recomendaciones para los padres sobre la forma de abordar el
fenómeno de las drogas con sus hijos.
Sin duda, el secreto de la buena vida lleva inherente la buena salud, o
lo que es lo mismo, ausencia de enfermedad y presencia de realizaciones
de la persona. Podríamos manifestar que todo se resuelve en una palabra:
armonía. Cuando en la persona vive lo armónico, resuelve para sí y para
los que viven con él, el secreto de la buena vida. Quizás lo más
fundamental sea vencer el encerramiento individualista y vivir para los
demás. Seguro que ahí radica el secreto de la sabiduría, del
conocimiento, en la humildad de hacer humanidad. No olvidemos que el ser
humano es un todo en una parte del universo, con sus venas físicas,
psíquicas, emocionales. La honestidad y el juego limpio, está comprobado
que nos mejora y que mejora la vida.
|
|
Quizás lo más fundamental sea vencer el encerramiento
individualista y vivir para los demás.
|
Volviendo al programa de
Sanidad y Consumo, refrendo la necesidad de implicar a los padres en
todo. Cuestión bastante difícil de llevar a buen término si nos guiamos
de informes que colean sobre la infancia y la adolescencia en España,
que revela la alarmante falta de comunicación entre progenitores y
descendientes. Los menores delatan ausencia de confianza en su ambiente
familiar y carencia de figuras de apoyo. Y demuestran que uno de los
problemas más frecuentes a los que se enfrentan deriva de la mala
relación entre sus padres. Cuando la discordia se traga la concordia, la
saludable vida también se va al traste, si además frente a una nueva
vida suscitada se actúa con irresponsabilidad, complicado lo tenemos
para llegar al estético equilibrio. El número de jóvenes que crecen sin
familia se ha multiplicado y sus efectos nocivos, por tal abandono,
causa dolores interminables. Por desgracia, el mundo de las adicciones,
al que acuden como catarsis adolescentes en batallón, se traga todas las
sonrisas de la buena vida.
En todo caso, es de justicia que este Ministerio, y cualquier otro poder
del Estado, intervengan para que la armonía sea un valor en alza, sobre
todo en esa creciente multitud de niños huérfanos de padres vivos. No
menos entusiasmo hace falta inyectar a esas riadas de pasivos padres
para con sus hijos, que sólo piensan en producir y disfrutar. A mi
juicio, el secreto de la buena vida nos lo hemos cargado, a pesar de
tanto vocerío de aparente bienestar. La mujer sigue siendo un objeto
para el hombre como lo demuestra la violencia de género que soportamos
actualmente. Con demasiada frecuencia, también los hijos son un
obstáculo para los padres. Nos hace falta, desde luego, saborear el
secreto de la auténtica buena vida, que pasa por acudir al secreto de la
genialidad (conservar el espíritu del niño hasta la vejez), por no
sentirse perdido, sino acompañado; por no hallarse con el veneno del
egoísmo, sino con la solidaridad. §