De
todos es conocida la expresión "morirse de risa". No hace falta tomarse
este dicho al pie de la letra para comprender que existe una muerte más
sutil que la física. "El terrible reposo que es también el de la muerte
social", como dice Bourdieu, y al que parecen abocarnos los programas de
nuestra televisión.
Lo vulgar se ha adueñado de nuestros televisores. Todo se ha
transformado en puro entretenimiento. El espectáculo se ha adueñado de
las pantallas y, lo que es aún peor, lo soez y vulgar tiñen los horarios
de máxima audiencia con atentados al buen gusto.
El famoso analista de los medios de comunicación, Neil Postman, defiende
en su libro "Divertirse hasta morir" que el problema de la televisión no
es que proporcione materias y temas de entretenimiento, sino que trata
todos los temas como entretenimiento. Se ha banalizado el contenido de
la televisión y eso ha deformado nuestra concepción de la realidad. Ver
a una pareja golpearse o a una persona masturbarse en directo ha pasado
a formar parte del espectáculo y, por lo tanto, de nuestro divertimento.
El espacio de lo público se amplia en perjuicio de la intimidad. "Lo
público se ha adaptado a la incoherencia y se ha divertido hasta la
indiferencia".
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Me pregunto si no es
acaso nuestra inteligencia y la capacidad de comunicarnos
aquello que realmente nos une y diferencia del resto de
seres. Si es así, no tiene sentido que la televisión atente
contra nuestra inteligencia.
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Bajo esa capa
de pasividad se transmiten los valores de la Nueva Economía: el éxito a
corto plazo, los valores desechables, las mentiras, el lenguaje
pervertido por los intereses, lo libertino y sexual sobre la libertad y
el erotismo. Adquirimos esta manera de ser entre risas, porque mientras
te diviertes no piensas, así que eres más vulnerable a la propaganda.
Huxley vence a Orwell.
Ha triunfado el kitsch, y lo evidente. El todo vale con tal de alcanzar
la máxima audiencia. La audiencia es el norte, la calidad es sacrificada
en el camino, arrollada por las leyes del corto plazo y la rentabilidad
que dominan la estrategia televisiva. Una carrera del absurdo, en la que
los corredores compiten para ver quien llega más lejos en las prácticas
obscenas y de mal gusto. La era de la disertación dio paso a la del
espectáculo, hoy asistimos a la era de la basura enlatada en la pantalla
del televisor.
Este fenómeno no tiene denominación de origen. Si bien nació en los
EE.UU., se ha extendido por el mundo a gran velocidad. En Inglaterra, el
concurso de moda consiste en un grupo de obesos que compiten para ver
quién adelgaza más rápido. Programas como Gran Hermano (extendido por
todo el atlas) han inundado nuestras casas con escenas de la peor
calaña. La televisión pública en España se ha unido a la descarnada
lucha por la audiencia y ha olvidado sus premisas éticas y de calidad.
En Sudamérica, programas como "Ana" (en Colombia) hacen las delicias de
los televidentes con las miserias de parejas rotas que se golpean hasta
hartarse. En China, Cui Yongyuan, productor y conductor de Al grano, el
programa más popular de la nación, admite que incurrió en prácticas
"vulgares" para agradar a la población.
Sin embargo, lo popular no puede identificarse con lo vulgar. Lo popular
hace referencia al mínimo común denominador entre las personas, al bien
común que comparte la comunidad. ¿Es ese comportamiento burdo de la
televisión lo que nos une a los seres humanos?
Algunos defenderán que representa al animal que todos llevamos dentro,
ése que defeca, fornica, vomita y se violenta. Yo me pregunto si no es
acaso nuestra inteligencia y la capacidad de comunicarnos aquello que
realmente nos une y diferencia del resto de seres. Si es así, no tiene
sentido que la televisión atente contra nuestra inteligencia.
El argumento de que la televisión ofrece al público lo que pide debería
desaparecer del diccionario de los productores. Es falso que la basura
televisiva venda de por sí. La prueba está en que, cada vez que se emite
un programa de calidad, este programa triunfa. El público sabe reconocer
el trabajo bien hecho.
Los medios han olvidado su responsabilidad originaria, su razón de ser
social. Se trata de una nueva demostración del poder por encima del
deber. Ya que puedo, lo hago. Nadie pone los límites. Lo escatológico se
impone al deber de ofrecer un producto de calidad. La libertad de
expresión no consiste en decir lo que uno quiera y como quiera. Existen
unas reglas éticas y una educación que marca el buen gusto y el respeto
al espectador como persona sensible.
Como público sólo podemos hacer una cosa, dejar de ser espectadores para
recuperar nuestra dimensión de actores y de protagonistas en nuestra
capacidad de decisión. Divertirse sin dejar de vivir. ∆