¿Cuál es nuestra verdad?
Luis Barrientos (Chile)(*)
Mi memoria me sitúa en varios
escenarios de la vida íntima familiar, de mis amistades y también de la
nación y un país que en un instante lo vi como paralizado, aturdido y
lleno de temor por los acontecimientos estrepitosos que ocurrían en el
corazón de las familias chilenas, sí, allí, en la casa de todos los
chilenos, la Moneda. Como un cristal que se triza en múltiples grietas
producto de un fuerte impacto sin aviso y sin motivo más que el odio de
unos pocos, el oportunismo y egoísmo de los de siempre, los saqueadores
de una casa ordenada, pero agitada por aquellos que no podían figurar
por su integridad, sino más bien por su hipocresía o el fraude.
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En Chile muchos no
podrán despertar de la terrible pesadilla de no encontrar a
los suyos, vagando en busca de respuestas que se fueron con
las cenizas de un traidor y cobarde paladín de la mentira
y
el odio.
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Durante los años en dictadura sentía y
masticaba la injusticia aplicada por el régimen, que en mis tiempos de
niño y adolescente me permitieron adoptar una posición distinta a los
que se sentían triunfadores por haber derrotado, según ellos, el caos.
Pero siempre supe que ellos sabían que lo que habían logrado fue imponer
la prevaricación sobre la justicia, la trasgresión sobre la obediencia a
la ley, lo malo sobre lo bueno, la fuerza sobre la razón y el
sentimiento. Sí, siempre se empecinaron en el engaño para mantenerse en
el poder ilegítimo, pero además contaron con miles de balas que
traspasaron y quebrantaron a tantos corazones de hombres, niños y
mujeres valientes que no titubearon para expresar su oposición a esa
sombra que es la injusticia y la hipocresía de cobardes como el
dictador, que más que general llegó a ser como un soldado de plomo que a
cierta temperatura se derritió y desapareció, por fin.
A los diez
años conocí la cárcel porque ahí visité a uno de mis hermanos mayores,
detenido justo la noche del golpe, en Valdivia. Rato antes escuchaba a
mi madre que decía muy preocupada y nerviosa, ¡mataron al Presidente!,
lo mataron en la Moneda, murió el Presidente Allende. ¡Chicos, no salgan
a la calle! Mi hermano hoy sufre de sus riñones producto de culatazos y
torturas. Mi padre sufre de carencias materiales por una vergonzosa
jubilación que le otorgó el estado recién salvado. Esos años de escasez
y pobreza los recuerdo bien, como los que vivieron tantos chilenos. Años
de silencio, de miedo, de muchos disparos de patrullas y soldados
vigilantes, representantes y al mando de un hipócrita que hoy es
cenizas.
La realidad ha pasado como un sueño, pero no para todos, muchos no
podrán despertar de la terrible pesadilla de no saber ni encontrar a los
suyos, vagando en busca de respuestas, respuestas que se fueron con las
cenizas de un traidor y cobarde paladín de la mentira y el odio. Qué
pena, pero ese vacío es la resultante de su terrible existencia. ∆