La vejez, era esto
J. C. García Fajardo(*)
Cómo
afrontar los riesgos de una vida demasiado larga es algo que preocupa a
las compañías de seguros. La web de Unespa, la patronal que agrupa a las
empresas de este ramo en España, incorpora un simulador para calcular
cuánto tiempo de vida le queda a una persona, presunto asegurado. Uno
mismo puede hacer un sencillo test sobre sus hábitos alimentarios,
sexuales, salud, costumbres, para calcular cuántos años puede vivir
todavía. Uno de los sectores que más se aproximan a la realidad en sus
cálculos es el de los seguros de vida, más aún que los bancos, que
tampoco son mancos.
Más bien deberían llamarse "seguros de muerte" porque lo que se arriesga
es la vida y las compañías anotan como negativo el tiempo que vive el
asegurado por encima de lo calculado para su póliza. Cierto que en la
letra pequeña ya se cuidan de amarrar todo lo que pueden.
Como la esperanza de vida se ha alargado mucho en los países
desarrollados, han tenido que crear nuevos productos que sirvan como
complemento a las escuálidas pensiones que jamás progresan al ritmo del
coste de la vida. De ahí que el peligro sea vivir más que los ahorros
propios.
Los planes de pensiones ofertados por los bancos experimentan un justo
rechazo porque mantenían inmovilizado tu dinero y, al cabo de diez o
quince años te encontrabas con que tus ahorros no habían crecido como te
habían prometido, sino que en ese 25% de "renta variable" parecían
cargar todas las pérdidas de sus carteras, además de "gastos de
mantenimiento". Ha sido un abuso del que los medios de comunicación no
se han ocupado como hubieran debido.
Por eso han surgido en el mercado productos que ofrecen una renta
vitalicia con tal de que les transfieras, a tu fallecimiento, la
vivienda o los bienes inmuebles que afectan a esa póliza de seguros.
Tradicionalmente, los bancos te prestaban dinero para comprar un
inmueble; ahora, en las hipotecas inversas, consigues una renta mensual
vitalicia entregando como garantía el piso que ya tenías en propiedad.
Si falleces antes de lo previsto, el banco o la entidad aseguradora hace
un cálculo de lo entregado, de los gastos y del lucro cesante y, si
queda algo, irá a tus herederos si los tienes, y así lo has especificado
en el contrato.
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Tendríamos que saber morirnos a tiempo para que
les cuadren las cuentas a los bancos y a las compañías de seguros.
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En España, se calcula que unos tres millones
de personas mayores de 65 años, propietarios de su piso o de algún otro
inmueble o cartera de valores, muestran interés por contratar una póliza
que les garantice una renta vitalicia, aunque sepan que van a perder en
esos cálculos de valor y en las estimaciones de los riesgos. Pero lo
prefieren a mantener una propiedad hasta el final de sus días y pasar
necesidades en esos años tan importantes. Y son muchos los que confían
más en una institución que gestiona decenas de miles de patrimonios a
vender ellos su propiedad y gestionar lo que obtengan por ella.
Hemos llegado a la paradoja de que resulte perjudicial para algunos que
mantengamos hábitos saludables, como acudir a revisiones médicas
periódicas, actividades físicas al aire libre, seguir una dieta
adecuada, asumir las nuevas circunstancias físicas y psíquicas de esa
mal llamada "edad dorada" y que aprendamos a no escuchar los reclamos de
la publicidad que nos enfoca ahora como "nichos" de consumidores. Hasta
nos denominan senniors objetivos de sus campañas. Mientras no se ayuden
de algún modo violento para que coincidamos con sus previsiones
estadísticas todo va bien. Pero no hay que bajar la guardia. Va a
resultar que no sólo se trataba de añadir vida a los años, después de
añadir años a la vida… sino que vamos a tener que saber morirnos a
tiempo para que les cuadren las cuentas.
La vejez no puede ser sólo una "faena", como sostiene Philip Roth, con
el que estoy bastante de acuerdo, pero pienso que, bien llevada, es
preferible a morirse, o a aburrirse y sentirse marginado hasta hacernos
invisibles. Mira por dónde, los mercaderes nos van dando pistas. §