Transformarse y crecer
Ángel Pasos
Ayer
salimos a dar una vuelta muy tranquila, quería pensar con calma. Nos
dirigimos hacia el campo y busqué un pequeño camino solitario que
discurre junto a unos barrancos. Hacía un calor asfixiante. Todo tenía
un color extraño; la atmósfera estaba cargada de polvo y parecía que en
cualquier momento se iba a desatar una de esas típicas tormentas de
verano. La sensación de bochorno era abrumadora y las gotas de sudor
resbalaban desde mi frente, a lo largo del rostro, hasta la punta de mi
nariz, y desde allí caían al suelo a un ritmo exagerado.
Intentaba concentrarme, entrar en mi interior, olvidarme del mundo,
perderme en el ritmo de mi respiración y resistir.
La gente no comprende todo ese aspecto fascinante que se esconde tras la
resistencia. Recuerdo ahora una frase que decía: "¿quién dijo vencer?
Resistir es todo".
Muy poca gente entiende esto, como tampoco
entienden por qué algunas personas necesitan subir más alto, bucear más
profundo, llegar más lejos; corriendo, andando, en una silla de ruedas o
sobre una bicicleta.
Ahora que ya vamos entrando en años, creo que tengo la respuesta. Hay
algo de búsqueda instintiva, algo de espiritualidad en el esfuerzo.
Detrás de cualquier forma de resistencia se esconde un aspecto esencial
de nuestro ser, el ansia de trascendencia, algo que nos eleva y nos hace
más sabios, más libres y mejores.
El que lucha se siente vivo, y el que se siente vivo conserva la
esperanza.
El que practica un deporte de resistencia trabaja para hacer de sí mismo
algo mejor, más noble y más profundo. En ese proceso, sin darse apenas
cuenta, aprende a servir a los demás, porque pone a prueba su espíritu,
su fuerza y su carácter.
Hay
algo de búsqueda instintiva, algo de espiritualidad en el
esfuerzo
Así, uno empieza corriendo, montando en bicicleta, o luchando, sobre una
silla de ruedas, contra un destino fatal. Se esfuerza por una causa
justa -luchar por salvar una parte de su existencia- y se olvida de su
seguridad. Deja a un lado su vida cómoda y se esfuerza cada maldito día
por luchar.
De pronto, de un modo misterioso, ese hombre solitario, cambia su vida
en favor de la vida de los demás, se implica con todo su corazón y paga
un alto precio. Un precio en forma de renuncia. Renuncia a las cosas
amables de la vida. Renuncia a su comodidad. Dedica su vida a resistir
con los abandonados -a veces el abandonado es uno mismo-, enseña con su
ejemplo a no rendirse ante la adversidad, y así, sin darse apenas
cuenta, acaba convirtiéndose en un ser para la resistencia. Alguien que
en su búsqueda extraña y solitaria, entrega lo mejor de su alma a los
demás. Un hombre, una mujer, un sueño, alguien que es necesario,
imprescindible, para que el resto de la humanidad pueda creer. §