
Idoia era una soldado, y en ese ser había vestido el
largo burka del uniforme, para ser igual a sus compañeros de armas y
fatigas. |
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ABRIL 2007

La niña afgana de Friol (Lugo)
POR JOSE ROMERO SEGUIN
Han
asesinado, en Afganistán, a una mujer en el rostro y el alma de una niña. A
una mujer coraje en la sana insolencia de una niña. A una mujer de casta en
la aún descastada grey de la infancia. Han asesinado a una mujer que se nos
antoja niña en lo temprano de su ayer, tan de hoy, tan de todos que no
podemos sino llorarla amargamente, como se llora la esperanza malograda;
como se llora la infeliz noticia de un corazón solidario descarriado de la
firmeza de su paso; como se llora lo que no tiene precio, ni aún aquí, entre
los tenderos de occidente, entre los mercaderes de todo lo creado y de lo
que está por crear.
No vestía, como las mujeres afganas, burka sino uniforme, se debía, por
tanto, a otra obediencia, no menos irracional y no menos huérfana de la
ternura y el respeto que se nos debe, que nos debemos. Pero no estamos en el
mundo para deber, y en ese deber agradecer, sino para cobrar, y en esa
locura no cesamos de pasarnos la cuenta, de ajustarnos las cuentas, de
contarnos sin tenernos en cuenta.
En lo terrible las distancias se achican tanto entre nosotros que a menudo
nos parecemos de tal modo que nos damos tanta pena que somos incapaces de
sentirnos apenados por la nuestra.
Idoia no se diferenciaba en nada de cualquier mujer afgana, aunque la
comparación pueda resultar más que excesiva, insultante. Era sin embargo,
como cualquiera de ellas, mujer; era como cualquiera de ellas, y aún en su
sueño, esclava de las pesadillas de otros; era como cualquiera de ellas,
rehén de una voluntad autoritaria que buscaba anularla, sofocarla en su
singular esencia; era como cualquiera de ellas, madre de todos los hijos e
hija de todas las madres; era como cualquiera de ellas, la piedra de la
rebeldía que hombres sin corazón buscan tallar sin alma para su imaginario
de cuerpos vacíos.
Había ido a Afganistán a ser, no necesaria, solidaria, a ser no palabra sino
acto, a ser por encima de las órdenes y de las estrategias mundiales un
golpe de aliento en el ánimo de los necesitados; un ejemplo de esperanza en
la más absoluta de las desesperanzas. A ser, en definitiva, una mujer al
lado de esas miles de mujeres que sufren la horrible mutilación a que las
somete la irracionalidad de quienes no disponen, para nombrarlas en su afán
autoritario, de otro argumento que el de la fuerza. Fuerza de Dios, fuerza
de las armas, fuerza de la fuerza bruta, qué más da, la fuerza no sino la
expresión de una razón netamente animal.
Idoia era una soldado, y en ese ser había vestido el largo burka del
uniforme, para ser igual a sus compañeros de armas y fatigas. No era pues
una mujer cuota, ni estaba en el selecto y acotado vértice de la pirámide
donde, dicen, se fragua la igualdad, sino en la base en la que ésta se hace
de verdad patente. Porque lo que nos iguala no puede residir allí donde toda
acción, toda reacción, toda disposición, no viene sino a diferenciarnos a
distanciarnos. Allí donde, es cierto, se toman las decisiones pero no se
decide, allí donde se dispone y propone lo que se ha de ejecutar en las
manos de las tantas mujeres y hombres como Idoia y sus compañeros.
Eché en falta, en su condición de mujer ejemplar y ejemplo de equiparación
laboral entre hombres y mujeres, la presencia en su funeral de alguna de las
ministras de este gobierno, y también de las representantes de los más
significados colectivos feministas. Estaban eso sí, ellos, los hombres,
testimoniando en su apabullante representación, aun sin quererlo, que ella
era la excepción, un numero rojo en la regla de los desajustes que impone el
capricho idiota de un puñado de mujeres jugando a ser hombres.
Quizá no merecía Idoia ese reconocimiento por pertenecer a un colectivo que
no es popular, ni progresista, sino una vergüenza necesaria en el seno de
una sociedad hipócrita donde las haya. Cubría ella un puesto en un empleo
denigrado, en un gremio, como otros muchos, necesario pero relegado e
ignorado, del que importantes sectores sociales abominan en la confianza de
su presencia.
Creo por ello, lo creo sinceramente, que Idoia ha sido tratada como una
afgana, por aquellos y aquellas que gustan animar hogueras de confrontación
en las altas cumbres del olimpo, donde se forjan los dioses de cientos de
miles de hombres y mujeres que trabajan como lo hacía ella en el rompiente
de las miserias, allí donde la vida es fiel reflejo de la verdadera
injusticia que nos asola a todos por igual, la de la desigualdad.
Todos somos necesarios, todos somos necesidad saciada en lo necesario del
otro. Todos representamos a los demás y los demás nos representan. La
excepcionalidad no es, por tanto, sino una excusa mansa a la hora de colar y
aceptar la diferencia en el seno de la sociedad. De nada vale pues la
igualdad entre sexos si ésta pervive entre los asexuados grupos que se
reparten el poder.
Que se sepa pues, que Idoia, la niña afgana de Friol ha sido enterrada al
margen de su verdadera condición. ∆ |