
Para qué engañarnos, tras el localismo no habita lo
universal, sino lo ancestral, y en lo ancestral pervive el dogmatismo,
el inmovilismo: teológico, ideológico y filosófico. |
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NOVIEMBRE 2006

Asalto a IliOn
POR JOSE ROMERO SEGUIN
I maginemos nuestra
particular Ilión (símbolo de ciudad asediada, perdida y saqueada) como
ese espacio de encuentro y convivencia pacífica que, a lo largo de la
historia, se nos ha negado una y otra vez. Que una y otra vez ha sido
discutida, vilipendiada, odiada, humillada, expoliada, alienada y
confundida con tal saña que ha acabado por forjarse en nuestro espíritu
una idea de ella maldecida por todo un laberinto de insanas cautelas,
por todo un corolario de objeciones preconcebidas, por todo un sin
número de fobias hacia todo lo que en verdad representa.
Ha sido a lo largo de la historia infatigable piedra de exilio e
injusticia. Campo asolado de guerras, siempre fraticidas. Asaltada una y
otra vez por la envidia, la avaricia, el odio y el deseo de venganza.
Rehén de reyezuelos decadentes, dictadores de la peor calaña, y criminal
talante, y oportunistas, voraces e improductivos politiquillos.
Es más, todos en algún momento, falsarios hasta la náusea, hemos
vulnerado sus imaginarias defensas en nombre de los valores que la
distinguen. Hasta hacer de ella la sombra que vela nuestra incapacidad
para allanar los muros de todas las miserables fortalezas que nos
habitan. Y como tal, se nos antoja odiosa e intransitable. Pero, mal que
nos pese, no tenemos otra esperanza si esperanzados queremos habilitar
espacios donde convivir espléndidos en dignidad, justicia, libertad y
tolerancia. Si de verdad queremos ser en lo cotidiano solidarios, y en
el alba de la necesaria redistribución, equitativos, en una palabra,
fraternales en las palabras y en los actos.
Con la muerte del dictador se abrió una puerta que jamás debimos cerrar,
la de la esperanza. Esperanza en hacer de España un territorio en el que
cupiésemos todos, sobre la base de la democracia y los valores que la
conforman. Pero en lugar de ello, elegimos el secular portazo de la
rivalidad, de la controversia, del privilegio, de la tradición guerrera,
de la maldición de la continua y encarnizada lucha por reivindicarnos
lejos de ella. En la, tal vez, inocente creencia de que una Ilión, a la
medida de nuestro corazón, nos iba a confortar y sanar de los peligros
que entraña lo local, cuando nos disponemos a utilizarlo como
instrumento de futuro con el que medir la relación universal con los
demás hombres y pueblos del mundo.
Porque, para qué engañarnos, tras el localismo no habita lo universal,
sino lo ancestral, y en lo ancestral pervive el dogmatismo, el
inmovilismo: teológico, ideológico y filosófico. Y de su mano nada nuevo
va a salir de las nuestras. Se repetirá la historia en todas y cada una
de sus secuencias, eso sí, en las bocas, palabras y actos de otros
hombres y de otras mujeres, pero con los mismos trágicos resultados.
La catástrofe que vaticino no va a afectar tanto al poder adquisitivo
como al poder espiritual. Va a ser una oportunidad perdida que aventará
las semillas del más salvaje conservadurismo, de la fanatización
política y religiosa. Volveremos al dogma y a la inquisición.
Retomaremos de nuevo morales sin ética, y ética sin racionalidad alguna.
Habrán vencido de nuevo los viejos y caducos postulados sobre los que
hoy se yerguen gloriosas de miserias las murallas que denigran el mundo,
llenándolo de muerte, hambre, miedo y desolación.
Hoy, nos hallamos como un día los lacayos que inspiraron a Homero,
frente a la sagrada Ilión de la convivencia, dispuestos para la guerra,
para el asalto final, en una palabra, para el saqueo. Y como en tan
gloriosa obra, se podrían catalogar los reyezuelos, capitanes, barcos y
guerreros que cada uno aporta a tan triste contienda. También redactar
ditirámbicos versos sobre sus virtudes, y las de sus tierras, ciudades,
vasallos y culturas que cada uno de ellos representan. Sí, se podrían
glosar sin sonrojo sobre la razón que le da la raza, pero no así sobre
la sinrazón de su presencia frente a la humana Ilión, con el pírrico
afán de reducirla a cenizas.
Todos y cada uno de sus reyes, precedidos de su vasto séquito de
gobierno, exigen para sus tierras privilegios y servidumbres, sin que
ello escandalice a nadie. Se predica con descaro la desigualdad y la
injusticia, y paradójicamente se les reconoce en esa exigencia utilidad
y virtud. Todos y cada uno de ellos se proclaman capaces de vivir por su
cuenta, sin embargo, se halla frente a las murallas de la Ilión de la
convivencia dispuesto a reclamar lo suyo; y lo que es peor, a nombrarla
culpa y culpable de su propia fatalidad, de su propia debilidad, de su
propia incapacidad para gobernarse.
Todos tienen cubiertas sus necesidades institucionales; no se hallan sin
embargo así las acuciantes necesidades de sus pueblos. Todos ellos
tienen responsabilidades, pero ninguno de ellos se siente responsable.
Todos ellos vienen fascinados por la atávica tragedia que asola nuestro
ánimo, con la voluntad inequívoca de derrotarse una vez más, y con ellos
todos nosotros, frente a los fantasmales muros de un amantísimo espacio
que no merece seguir siendo maldecido una y otra vez por la intolerancia
y el enfrentamiento. ∆ |