
También tengo sitio para el
sacrificio, la lucha y el esfuerzo, entrañables amigos, compañeros
inseparables de mi vida sin los que no habría conseguido nada y que
me
han proporcionado la fuerza
que ahora tengo. |
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MARZO 2006

LA MALETA
POR ELENA G. GOMEZ
N o hay mejor herencia
que el ejemplo.
No hay mejor regalo que poder contagiar a otros la pasión por vivir, por
descubrir nuevas metas, por adquirir más experiencia.
No hay mejor vida que aquella en la que siembras pensamientos, pensamientos
que luego sirven a otros para llegar más lejos, para volar más alto.
Toda mi fortuna cabe en una maleta, y cada día me visto con las ropas que en
ella tengo guardadas.
Las prendas están cosidas con el mágico hilo de la vida, un hilo que une
personas, lugares y recuerdos, formando todos ellos un traje que me define
ante los demás.
No puedo decir que mis ropas son mejores o peores que otras, son simplemente
las mías y por tanto las que yo y sólo yo he decidido unir.
En mi mágica maleta hay mucho espacio, un espacio infinito en el que se
funden miles de cosas sencillas, esas que forman parte de la vida, esas que
muchas veces no valoramos.
En mi maleta viven por siempre...
Las caricias de mi madre y mi reconocimiento a su lucha y sacrificio por
sacar a toda una familia adelante.
Aquellas palabras de ánimo de amigos en los momentos difíciles.
La dureza de las críticas de aquellos que no aceptaban que yo, como otros,
quisiéramos vivir de una forma distinta, porque gracias a ellos mi decisión
fue más firme, más sólida, más inquebrantable.
En mi maleta hay un espacio muy grande lleno de gratitud. Gratitud hacia
aquellas personas que con paciencia supieron y saben soportar mi ignorancia
y me acompañan en mi crecimiento.
Gratitud hacia la vida por haberme dado todo lo necesario para poder vivir
sin conocer lo que es el hambre, ni el frío, ni prácticamente el dolor.
Por haberme dado la posibilidad de vivir en contacto con la naturaleza,
poder escuchar el sonido de la lechuza, acariciar un ternero recién nacido,
o beber agua de un riachuelo.
Recorro con mis ojos la maleta y sonrío. Veo en ella un lugar especial, un
lugar para la rebeldía y el inconformismo, ese que me alimenta cada día, ese
que me hace necesitar aprender más y más, y comprender que la vida es, como
alguien un día me dijo, una escuela para sabios.
Y hablando de sabios llegamos al hueco del reconocimiento y la admiración,
esa que me despiertan las personas que son sencillas, las que no se callan
ante nada, las que son consecuentes con sus ideas, las que no se detienen
aunque estén cansadas, las que son capaces de hacer reír a los demás, las
que descubrieron que en la vida son más importantes las personas que las
cosas, las que no dejan de luchar cada día de la vida.
También tengo sitio para el sacrificio, la lucha y el esfuerzo, entrañables
amigos, compañeros inseparables de mi vida, sin los que no habría conseguido
nada y que me han proporcionado la fuerza que ahora tengo.
Pero no sería mi maleta si no existiera un espacio especial, un espacio
destinado a los sueños, esos que hacen que la vida tenga un sentido, una
meta. Esos que te hacen sentir infinito, sin tiempo, sin límite. Esos que te
permiten hacer realidad lo que antes creías imposible, que te enredan en
"casualidades", provocan mágicos encuentros y la consciencia de que existe
más, mucho más de lo que podemos ver y tocar.
Y no te creas que mi maleta está terminada, tengo aún mucho espacio que
llenar, es más, creo que no tiene límite de espacio. Ultimamente estoy
haciendo dos nuevos lugares, uno dedicado a la palabra, sí, como suena, un
lugar desde donde cuidaré las palabras para que éstas sean siempre un medio
para construir, para educar, para mostrar. Para que sean claras y sencillas.
Para que sean pocas y poderosas, porque he descubierto que derrochamos las
palabras, que hablamos por hablar, que hablamos sin pensar, y que en la
mayoría de las ocasiones nos arrepentimos de lo que acabamos de decir.
El otro es un lugar para el silencio y la observación, un lugar donde
aprender a escuchar, escuchar a los demás, escuchar la vida, escuchar el
silencio. ∆ |