Panorámica de campanario
Mikel Agirregabiria
Todos somos campanas, unos de bronce, otros de barro.
A veces repicamos juntos, otras por separado. Nuestro tilín o tolón es
tan variado...
Todos sonamos, pero no hay dos campanas que suenen igual. El refrán
asegura que cada campana suena según el metal del que está hecha.
Incluso la misma campana no suena igual todos los días. Algunos se creen
campanarios de comarca; otros nos sabemos campanillas de hojalata. Todos
sonamos distintos, pero todos somos campanas.
Somos sonajeros, cascabeles y cencerros. Sonidos que se entrecruzan,
condescendientes con la diversidad de los tañidos. Si la campana de la
intolerancia doblase por uno, doblaría por todos. Somos campanas que se
suman, que se comprenden, que se aceptan, y que se necesitan. El poeta
inglés John Donne apuntó: "Nadie es una isla; cada persona es una parte
de la Tierra; la muerte de cualquiera me disminuye, porque estoy ligado
a la Humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las
campanas; doblan por ti."
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Un alma se mide por las dimensiones de sus deseos, como se juzga una
catedral por la altura de sus campanarios |
Las campanas nos saludan al nacer, y nos acompañan al cementerio. Las
campanas, al igual que los vinos añejos, se afinan al envejecer. Su
canto se torna más amplio y más sutil; pierden sus sonidos agrios y sus
tonos verdes. Cuanto más alto es el campanario, más puro es el sonido de
la campana. Un alma se mide por las dimensiones de sus deseos, como se
juzga una catedral por la altura de sus campanarios. Pongamos nuestra
campana, grande o pequeña, en alto.
Todos somos campanas, a veces calladas, o cansadas, quizás calmadas,
acaso paradas, tal vez cantadas, pero nunca calcadas. Todos oímos
campanas y no sabemos de dónde provienen. Una procede de muy dentro, del
recóndito interior de nuestra alma. Dejemos que resuene limpia, propia,
firme y clara. ∆