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OPINION
El Código da Vinci y el
Opus Dei
Alberto Moncada (*)
¿Por
qué Dan Brown, un escritor anglosajón, elegiría al Opus Dei como el
villano de su novelada conspiración?. Es cierto que desde hace años el
Opus figura en obras de ficción y no ficción como un grupo elitista,
tenebroso pero, hasta hace poco tiempo, se trataba de algo básicamente
español. Y de golpe, por obra de la imaginación de Brown, figura en el
centro de una trama que pone en cuestión los cimientos de la fe
cristiana.
Una explicación es que el Opus ha heredado de los jesuitas, no sólo su
papel de educador de niños pudientes sino también aquella mala fama de
manipuladores que contribuyó a su expulsión de España e incluso a su
prohibición papal. El Opus, en el camino que ha ido recorriendo, se ha
ido progresiva y universalmente desacreditando hasta que hoy sea posible
imaginarlo como el villano del Código da Vinci.
Escrivá
tenía como código de conducta, que transmitió a sus hijos, dos
principios básicos: "El fin justifica los medios" y "Lo importante son
las intenciones". Así pertrechado y seguro de sí mismo, inició una
carrera de expansión en los ambientes católicos conservadores y, por su
carencia de escrúpulos y escaso respeto por la legalidad, chocaba
habitualmente con los obispos territoriales. Por ello ambicionaba la
autonomía eclesiástica, el que los obispos no le controlaran, algo que
se consiguió después de su muerte, de manos del papa polaco cuyo afán
por desmontar los principios del Concilio Vaticano II le llevó a apartar
de su lado a órdenes más abiertas al cambio, jesuitas, dominicos,
franciscanos y a echar mano de grupos como el Opus, los Legionarios de
Cristo, los Neocatecúmenos, Comunión y Liberación, más adictos, menos
intelectuales y, sobre todo más amigos de volver a la confesionalidad
estatal, a la unión Iglesia Estado, en paralelo con los neoconservadores
americanos.
El
papa polaco no sólo le dio al Opus la autonomía deseada sino que
canonizó a Escrivá en uno de los episodios más notorios, y más
criticados, de prepotencia eclesiástica.
Pero ese Opus ya llevaba un germen de descrédito en tres aspectos
fundamentales.
La
doctrina que predican es la santificación del trabajo ordinario en medio
del mundo pero, hoy, a casi ochenta años de su nacimiento, no se conocen
apenas socios que la hayan encarnado ejemplarmente y menos numerarios,
la mayoría de los cuales se dedica hoy a trabajos internos, como curas,
funcionarios y maestros de su extensa red educativa. Las gentes del
Opus, clérigos y laicos, casados y solteros, militan en un catolicismo
conservador, agresivo y escasamente aceptable para los católicos que no
son como ellos. No tienen pensadores que destaquen en filosofía, en
teología ni mucho menos protagonistas de una acción evangélica contra la
pobreza, la injusticia en el mundo. Suelen ser profesionales de la
abogacía, la medicina, la ingeniería, los negocios y un buen número de
militares. Hay un numerario español, diputado del partido popular,
Martínez Pujalte, cuyo perfil político hace las delicias de los
periodistas. Y en cuanto a la actividad del Opus como tal, consiste hoy
en sostener y gestionar centros educativos privados para clientelas
pudientes y administrar parroquias, diez o doce obispados y otras tantas
oficinas eclesiásticas que le han sido confiados por una Curia Vaticana
en la que tiene, por otra parte, bastantes enemigos.
Otra
fuente de descrédito es la obsesión opusdeista por estar cerca del poder
político y económico, y ahora eclesiástico, a cualquier precio. El cerco
a la casa de Borbón, las espectaculares aventuras de acoso al poder
bancario español, la cercanía de opusdeistas a escándalos como el caso
Calvi en Italia o Matesa en España y el conocido desprecio por la moral
en los negocios atestiguado por exmiembros de la organización le dan al
Opus ese tinte siniestro que repunta en la novela de Brown a la que el
Opus critica hoy por sus ataques al dogma cristiano cuando lo que de
verdad les preocupa es la historia que cuenta sobre una posible
prohibición del Opus similar a la de los jesuitas.
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Las gentes del Opus,
clérigos y laicos, casados y solteros, militan en un
catolicismo conservador, agresivo y escasamente aceptable
para los católicos que no son como ellos. |
El
tercer asunto conflictivo es la disciplina interna. Beneficiados por el
estatuto autónomo de Prelatura Personal, no cayeron en la cuenta o no
les importó que sus reglas impidan a los numerarios laicos ser miembros
de pleno derecho de la organización y ello está contribuyendo a una gran
desbandada de numerarios que se encuentran incómodos por ésta y otras
razones. Las depresiones, las enfermedades mentales y hasta los
suicidios están a la orden del día. De hecho, la gran obsesión de los
directivos del Opus es compensar con el reclutamiento infantil la
hemorragia de numerarios mayores. Y es que los directivos actuales del
Opus son seleccionados básicamente por su lealtad y carentes de
objetivos sustanciales, de un proyecto apostólico, no saben hacer otra
cosa que exacerbar la disciplina interna. Las reglas para la observancia
de los numerarios se han ido haciendo cada vez más estrictas y
detallistas y más que una organización religiosa el Opus es hoy una
secta que controla a sus miembros solteros hasta límites inverosímiles.
La doctrina oficial es que los numerarios son como los demás ciudadanos
que ejercen una profesión civil. En la práctica viven en comunidad,
entregan todo el dinero que ganan, dan cuenta al céntimo de sus gastos
corrientes y necesitan permiso para casi todo, por ejemplo para leer El
País, no van a espectáculos públicos, cine, fútbol, evitan el trato y la
solidaridad con la propia familia y su vida entera está reglamentada
hasta extremos ridículos. El origen de todo ello fue, sin duda, la
ignorancia y la prepotencia de Escrivá que pretendía que los numerarios
trabajaran en la vida civil pero con las costumbres y las reglas de las
comunidades religiosas, incluyendo la mortificación corporal, el cilicio
y las disciplinas que exhibe Silas, el asesino del Código da Vinci.
Una
consecuencia de la presión que la autoridad ejerce sobre los súbditos es
el resentimiento e incluso la beligerancia con la que algunos
exopusdeistas manifiestan contra la Prelatura. Pocas organizaciones
sufren tal índice de animosidad de sus antiguos miembros, algunos de los
cuales intentaron frenar sin éxito la deriva sectaria del Opus cuando
estaban dentro.
Precisamente
la publicidad en torno a la novela de Brown y a la película está
logrando que al Opus se le haga difícil mantener en el secreto esas
normas y ese clima interno cuyos detalles pueden conocerse en la página
web:
www.opuslibros.org , nacida para
hacer público lo que a los jefes del Opus le gustaría mantener oculto,
incluso y especialmente a sus propios miembros. En esa página puede
leerse el reciente escrito denuncia al Vaticano de más de cincuenta ex
socios de diez países.
La
situación actual de la organización, con un pontífice romano no tan
incondicional como el anterior y con esa creciente mala fama en
ambientes tanto civiles como eclesiásticos, podría conducir justamente a
hacer posible en la realidad lo que en la novela de Brown es sólo
ficción, su eventual prohibición o intervención por la Iglesia si sus
opositores en el Vaticano logran salirse con la suya. ∆
(*)
Presidente de Sociólogos Sin Fronteras |