Gente al volante
Mikel Agirregabiria Agirre
Una extraña mutación acontece cuando la gente se
pone al volante. Desaparece el modélico ciudadano que todos conocemos,
Dr. Jekyll y, en su lugar, arranca el automóvil un desaprensivo Mr. Hyde.
Personas meticulosas que jamás incumplirían la más mínima norma de
convivencia en su comunidad de vecinos, suben a su todoterreno y lo
aparcan a la vuelta de la esquina en medio de un paso de cebra mientras
se van de compras.
La tolerancia, por no decir desidia y connivencia, de las autoridades y
policías municipales ha dado como resultado ciudades donde el tráfico
rodado sólo rige por la ley... de la selva. Basta describir algo
cotidiano para darnos cuenta de adónde hemos llegado. Trabajo en Bilbao
y vivo en Getxo, y cada tarde me encuentro con amplias avenidas con
cinco carriles, donde las dobles y triples filas de coches mal aparcados
apenas dejan una vía libre, o colegios en hora de salida donde los
padres enseñan a su prole a aparcar de cualquier forma.
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Desaparece el modélico ciudadano que todos conocemos, Dr.
Jekyll y, en su lugar, arranca el automóvil un desaprensivo
Mr. Hyde |
Si conducir significa desinhibirse del pudor, los
conductores profesionales llevan la desfachatez a grados supinos. Los
repartidores son delincuentes habituales, con premeditación y alevosía
en pleno mediodía. Al final, todos aceptamos sin la menor esperanza ni
de arrepentimiento, ni de castigo, que el garaje de turno aparque coches
en aceras mientras los repara, con una policía municipal que mira al
cielo, porque si mirase a cualquier otro lado vería infracciones por
doquier.
Todos sabemos que un único coche equipado con cámaras informatizadas
para poner multas podría amortizarse en un solo día, aunque las multas
fuesen de apenas un euro. Si se impusiesen sanciones, si no se eludiese
su pago, si las grúas se llevasen los vehículos de los caraduras,
viviríamos en otra realidad social donde la carrocería de un coche no
ofreciese impunidad total.
El tráfico es un pésimo paradigma contemporáneo, que transmite un
funesto mensaje a niños y a adultos: "Haz lo que te dé la gana, porque
sólo los tontos cumplen las normas, sobre todo cuando no hay riesgo de
multa". Con ello, todo el entramado social queda en entredicho: Las
normas parecen arbitrarias, sin sentido, el principio de autoridad se
resiente, se contradice entre lo establecido y lo exigido; en
definitiva, ser un buen ciudadano es propio de pusilánimes. Y así nos
va. ∆