
Aunque sabía que las alimañas
desenterrarían su cadáver para devorarlo y que el águila reclamaría su
parte, me dejé llevar por la estética y en la cruz de palo que clavé en su
tumba puse una leyenda escrita en un papel de estraza que nadie leería nunca
y que decía: "Aquí descansa don Felipe IV, el rey de España" |
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SEPTIEMBRE 2005

CAPITULO XLIII
- LA MUERTE DE FELIPE IV
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
C uando la cabeza de mi
padre se llenó de recuerdos falsos y olvidó para siempre su condición, supe
que su fin estaba cerca y que me iba a quedar huérfano y solo en la vida.
¿Qué será de mí?, me dije al percatarme de que mi compañero de aventuras y
sinsabores estaba a punto de abandonarme.
-Señor -le dije- no os muráis, resistid como lo habéis hecho hasta ahora y
juntos emprenderemos nuevas aventuras, dejaremos este continente, diremos
adiós a las Américas y volveremos a España a recuperar el trono perdido.
¿Imagináis, amado padre, el estupor de la gente cuando nos vea aparecer en
la corte de Madrid después de tantos años de ausencia?
El anciano me miraba como se mira a los locos y me reprendía con una voz
mortecina y cavernosa:
-Qué dices, desdichado. No ves que en los nidos de antaño no hay pájaros
hogaño -y los dos, sin darnos cuenta de ello, plagiábamos el final del
Quijote y hacíamos de la vida y de la muerte una representación teatral.
Aquel viejo se moría y lo hacía con dignidad, sin dar espectáculo,
confortado con sus recuerdos falsos, pensando en una madre que le había
querido y en unos hermanos a los que tuvo que abandonar para no caer en
manos de la justicia, de los empleados de un rey que querían ahorcarlo en el
borde del camino. Felipe IV, al final, no tuvo aires de grandeza y se mudó a
la vida de un gañán homicida que mató por ira, que asesinó por rabia y sus
recuerdos falsos tuvieron la incomodidad del cerdoso cilicio; se fue a la
mentira como el que se va al cister y huyó de la realidad y se refugió en
una fantasía miserable e incómoda, como el que se envuelve en un hábito de
estameña.
-Manolito, amigo mío, recupera la razón y regresa a tu hogar, vete a tu casa
si la tienes y muere entre los tuyos, en tu cama. Por grande que haya sido
el crimen que has cometido, con las penalidades sufridas lo has pagado con
largueza. No debes nada a nadie. Regresa, hijo mío. Yo te bendigo.
Vivíamos los dos en una carreta que tiraba un caballo famélico al que
llamábamos Rocinante. Cuando don Felipe IV enfermó don Pierino me dispensó
de todos los trabajos y me encomendó su cuidado.
-Que muera en paz -me dijo-; es un buen hombre.
Y ahora que yo estoy pasando por ese trance y que tengo la certeza de que
esta es la última noche de mi vida, sé que su larga agonía fue menos penosa
gracias a los trapos de agua fría que le puse en la frente y a las tazas de
caldo limpio que le hacía beber a la caída de la tarde pero, sobre todo, lo
que más agradeció el enfermo, el mejor bálsamo, lo que le hizo feliz, fue la
conversación, la compañía.
-Manolito, ¿de qué color tengo la cara? -me preguntaba el moribundo.
-Entre lívida y amarillenta -le respondía después de un detenido examen.
-Todavía no hay peligro. Me moriré cuando llegue el ahogo, la amanecida y el
color verde.
Don Felipe IV me contó su vida inventada con todo detalle y fue feliz con
sus literaturas. Yo le hice la caridad de no recordarle sus crímenes ni
mencionarle los míos y en ningún momento caí en la tentación de revelarle
quién era.
Se murió en mis brazos un momento después de amanecer, cuando cantaba el
gallo y el campamento del circo de Don Pierino estaba en silencio. Oculté su
muerte, no se lo dije a nadie y dejé que la larga caravana de carromatos se
pusiera en marcha y se perdiese en el horizonte. La inmensa estepa uruguaya
nos achataba, nos pegaba al terreno y un sol inclemente flagelaba
inmisericorde al vivo y al difunto; miles de ojos nos observaban con
curiosidad y un águila real volaba en círculo sobre nuestra carreta y su
sombra hacía relinchar de pavor al caballo.
Lo enterré como pude. Hice un hoyo con un tremendo esfuerzo, lo envolví en
la manta mugrienta y le di sepultura al borde mismo del camino. Le juro, sor
Margarita, que por primera vez en mi vida recé una oración, pero una oración
blasfema e insultante, una plegaria reivindicativa y horrenda: "Dime, ¿por
qué este hombre tuvo que vivir tres siglos y yo tuve que nacer enano y ser
bufón y asesino? ¿Quién eres tú para alargar la vida a tu antojo y mandar la
muerte y el dolor cuando te place? ¿Estás ahí? ¡Contesta!" Aunque sabía que
las alimañas desenterrarían su cadáver para devorarlo y que el águila
reclamaría su parte, me dejé llevar por la estética y en la cruz de palo que
clavé en su tumba puse una leyenda escrita en un papel de estraza que nadie
leería nunca y que decía: "Aquí descansa don Felipe IV, el rey de España".
Don Pierino me miró con sus ojos redondos, se acarició el lobanillo de su
oreja izquierda y quiso, una vez más, quitarme de la cabeza el proyecto que
acababa de exponerle:
-Pero, hombre de Dios, cómo se va a marchar, abandonarlo todo y regresar a
España. ¿Qué se le ha perdido a usted en la dichosa madre patria? -dijo con
su acento cantarín para terminar rotundo: ¡Déjese de pamemas: su patria está
aquí, con todos nosotros. Su patria es el circo!
Y yo, por enésima vez, le respondí:
-Regreso a Madrid, vuelvo a España para comunicar a mis compatriotas que el
rey ha muerto. Tienen derecho a saberlo.
Quise ser generoso con don Pierino, rebusqué entre mis pertenencias y le
entregué mi único tesoro: el manuscrito de don Miguel, el original del
Quijote.
-Tomad, amigo mío. Aquí están mis memorias, las anotaciones íntimas de
Cervantes y el original de la crónica del caballero de la triste figura.
Don Pierino abrió el libro y pasó las hojas una a una. Estaban emborronadas,
ilegibles; el agua, la lluvia, el calor, el frío y la miseria las habían
convertido en un conjunto de manchas sin sentido, en borrones que nada
significaban y habían mezclado las tintas de Cervantes con las de don
Manolito Expósito, los pensamientos sublimes de un genio con las
perversiones de un mentecato. No me quejé, ni ofendí al cielo mascullando un
juramento. Acaricié las hojas de papel donde el hombre al que traicioné
había volcado sus sueños y donde yo había añadido mis memorias, los
insolentes mensajes y los dardos envenenados. Sólo quedaba el soporte de sus
pensamientos y el surco donde el libelista había sembrado sus calumnias. Don
Pierino me observaba serio, circunspecto, entristecido:
-¿Cuándo se marcha usted? -me preguntó
-En cualquier momento. Y me temo que lo haré sin despedirme. Creo que no
tendré valor. Esta conversación es, pues, un adiós... -pude musitar
procurando disimular la emoción que sentía.
Don Pierino me cogió las manos, me abrazó y después me entregó una pequeña
bolsa de cuero:
-En está bolsa hay cinco monedas de oro. Las guardaba para una ocasión
importante que creo acaba de producirse. Tenga usted mucho cuidado, no tenga
prisa en llegar, viaje en grupo, no se confíe y busque la costa y bordéela
hasta encontrar un navío que le conduzca a su país. Este dinero le permitirá
pagar el pasaje y llegar a España.
Me fui sin despedirme montado en Rocinante y a partir de aquel momento mi
objetivo fue alcanzar el océano, llegar a ver el mar y, una vez situado
junto a él, otear el horizonte y decirme a mí mismo: "Al otro lado de esta
inmensidad está mi patria, está España". ¿Que cómo me fue en el viaje de
regreso y las aventuras que corrí y las desdichas que no tuve más remedio
que padecer? Oh, sor Margarita, necesitaría varias noches para poder
explicárselas con algún detalle. El retorno fue accidentado y lleno de
sinsabores, a veces divertido, siempre emocionante y nunca monótono. En una
docena de ocasiones estuve a punto de perder la vida, fui apaleado, robado y
ayudado por extraños porque el mundo está poblado por gentes malvadas y
personas misericordiosas y todas viven juntas y revueltas y, a veces, el
mismo ser humano, el mismo hombre, es bondadoso y amable por la mañana y
cruel y malvado a la caída de la tarde. Pasé temporadas tranquilas en aldeas
diminutas y épocas agitadas en ciudades populosas, ejercí mil oficios y
entre trabajo y trabajo pedí limosna y salmodié oraciones por los caminos;
fui monaguillo, zapatero remendón, adivino, capador de cerdos, escritor de
misivas de amor, ladrón de poca monta. Tuve tiempo para todo en aquel viaje
interminable y, en una ocasión, me enamoré de una joven que no me quiso, de
una mujer que se rió de mí en mis narices y me trató, como era natural y no
podía ser de otra manera, de forma soez, cruel y sin piedad alguna. Conservé
las monedas de oro metidas en salva sea la parte y gracias a esta precaución
evité que me las robasen una docena de veces, y cuando la melancolía y la
miseria me cercaban y el ánimo decaía miraba el tesoro y el brillo del oro y
la avaricia me impulsaban a seguir a adelante. Y un día, un buen día,
encontré el mar, tropecé con él y me sumergí en sus aguas frías y
turbulentas, me dejé caer en sus entrañas. La brisa me acarició la cara y
las olas me libraron de la roña del camino. Estaba exhausto, viejo, tenía el
rostro tumefacto y las piernas y los pies llenos de llagas. Había llegado al
mar y me sentía contento por ello. Creo que grité como un poseso y que le
dije al fantasma de don Felipe IV, que a veces imaginaba a mi lado y que en
ocasiones me hacía compañía: "¡Majestad, padre mío, mire, mire al horizonte;
allí, al otro lado del mar, está nuestra tierra, está España!". Y los dos
nos echamos a llorar, nos dejamos caer uno en brazos del otro y nos hincamos
de rodillas en la arena de aquella playa perdida y sin nombre. ∆ |