
Cervantes sonreía bondadoso y
escribía en la mesa de roble una de sus novelas ejemplares; Jesusita la
Gallega, seductora y bellísima, me daba ánimos con la mirada y conversación
cuando la clientela se lo permitía. Yo me quedaba embobado escuchando sus
historias vaticanas y le preguntaba con los ojos si algún día podría
acostarme con ella. |
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OCTUBRE 2005

CAPITULO XLIV
- LA GUERRA DE MADRID
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
M adrid me pareció una
ciudad extraña y violenta. Cuando llegué no logré reconocer ninguno de sus
edificios y sus calles y plazas me resultaron ajenas y desconocidas. Aquella
no era la villa populosa y desgarrada que yo había conocido y amado. Las
bombas estallaban a mi alrededor y la gente moría, saltaba por los aires,
perdía la cabeza. Madrid era un caos. En aquella guerra faltaba
organización, no se trataba de dos ejércitos que peleaban entre sí y que
batallaban de acuerdo a unas normas. No. En aquella guerra había odio pero
un odio sin orden ni concierto, un odio que se vendía por dinero, que se
alquilaba al mejor postor. Cuando llegué me encaramé a un caballo de bronce
que había en el centro de una plaza y grité como un poseso: ¡Felipe IV ha
muerto!, y sólo un desocupado que pasaba por allí me dijo: "Disculpe,
caballero, ¿qué grita usted desde ese lugar tan incómodo?" Y cuando le
informé que mi padre, don Felipe IV, el rey de España, había fallecido en un
polvoriento camino de Uruguay, el hombrecillo se encogió de hombros, me miró
con atención, susurró un le acompaño en el sentimiento y se alejó sin mirar
atrás. El espíritu de Felipe IV, el fantasma de mi difunto padre, no le dio
importancia al fracaso de mi solemne declaración y me aclaró que la ciudad
estaba desconcertada y había perdido el norte y que aquella violencia atroz
se trataba de una guerra urbana, de una guerra sin declaración de guerra, de
una lucha entre villanos innobles que batallaban sin reverencias, sin
educación, sin estilo, sin motivo aparente. Se hacían alianzas que duraban
una jornada, las lealtades tenían fecha de caducidad y la crueldad no tenía
límites.
-Mira, mira, la gente va a trabajar, disimula, se hace la desentendida. Si
le preguntas de qué lado está en esta guerra interminable se encogerá de
hombros y te preguntará con una sonrisa irónica: "Perdone, señor, pero ¿a
qué guerra se refiere?" Esta es una guerra que nunca figurará en los libros
de historia, una guerra que se hace a deshora, cuando duermen los inocentes;
una guerra imaginaria y silenciosa.
Deambulé por aquel Madrid enloquecido y sobreviví como pude. Tuve que
adaptarme para no morir de inanición. Hice de espía para unos y para otros y
juré ser leal a varias banderas. Iba a donde me llevaba el viento. Me
incorporé con entusiasmo al caos de aquel horror y retorné una vez más a la
traición y al crimen. Volví a ser el bufón que hace reír y el libelista que
traiciona, regresé al crimen, volví al asesinato, recuperé mi condición de
villano, mi credencial de mala gente. El espectro de mi difunto padre iba y
venía sin despedirse. A veces aparecía en una voluta de humo y se marchaba,
desaparecía, en una corriente de aire. "Llévame contigo", le decía y él,
cuando me contestaba, lo hacía siempre con la misma cantinela: "Se muere
cuando se puede, cuando te toca, cuando te dan la vez, cuando le da la gana
al destino". A veces pensaba que mi padre era real y otras imaginaba que
todo era una ensoñación, un desvarío de mi mente debilitada y enferma. Nunca
llegué a saber en qué momento crucé la raya y junté lo real con lo imaginado
y dejé de ser un mentecato lúcido para convertirme en un mentecato
sentimental. A partir de un instante, de un instante que sería incapaz de
precisar, los muertos se juntaron con los vivos, la verdad se ensució con la
mentira, las ensoñaciones invadieron el insomnio y la fantasía trufó mis
recuerdos más íntimos con situaciones imposibles. En aquella época me
refugié en un absurdo acogedor, en un purgatorio que no me dejaba conciliar
el sueño ¿Quién era yo?, me preguntaba cada día. Una noche de invierno mi
padre se apiadó de mí y me llevó a su refugio secreto. Nevaba copiosamente y
yo no tenía donde caerme muerto. Tiritaba y mendigaba un mendrugo de pan que
nadie tenía la caridad de concederme, que los viandantes me negaban sin
prestarme la menor atención. "Voy a morir", me dije a mí mismo y le juro,
sor Margarita, que la idea me pareció seductora y acogedora. Me acurruqué en
un rincón, miré al cielo y vi caer los copos de nieve; nevaba sólo para mí,
el invierno me golpeaba violentamente, con saña, para hacerme daño, para
rematarme sin misericordia. Dentro de media hora estaré muerto, pensé y abrí
los brazos para asirme a aquel más allá que tenía tan cerca, a aquel paraíso
al que no estaba dispuesto a renunciar. Recuerdo que grité alborozado, que
le di la bienvenida a la nada y que me sentí contento por partir, al fin, al
otro lado del dolor. Don Felipe IV apareció a mi lado, me cogió con una
ternura brusca y urgente, me levantó del suelo y me zarandeó para hacerme
reaccionar y después me acomodó en el hueco de su chambergo y me arropó con
su capa, creo que me besó en la frente y finalmente, con parsimonia, sin
prisas, echó a andar con ese paso largo que tienen los espectros. Yo, al
sentir el calor, cerré los ojos y en lugar de morirme me quedé dormido.
Cuando desperté todos estaban allí y desde entonces permanecen a mi lado.
Los veo con claridad reflejados en los espejos, se hacen transparentes, van
y vienen, entran y salen por las ventanas porque tienen la libertad de los
fantasmas y de los seres de ficción. En ocasiones me hablan y a veces se
quedan mudos y me miran desde lejos y esperan sin demostrar impaciencia a
que les acompañe; todos formamos parte de la misma historia y no quieren
retirarse por el foro sin mí. Ahora mismo están todos aquí, en esta
habitación, nos rodean, nos quieren y creo que nos protegen. Sí, sí, no se
burle de mí; créame, por favor. Todos estaban allí y sólo yo había cambiado.
Me miraba al espejo y veía en mi rostro las penalidades sufridas, las
diminutas cicatrices, las arrugas verticales que se cruzaban con los surcos
profundos de mi rostro. Me observaba como se escruta a los otros, como se
espía a los demás, y sólo veía a un anciano diminuto y patético, a un ser
ridículo. La casa era la misma y los personajes eran los de entonces.
Cervantes sonreía bondadoso y escribía en la mesa de roble una de sus
novelas ejemplares; Jesusita la Gallega, seductora y bellísima, me daba
ánimos con la mirada y conversación cuando la clientela se lo permitía. Yo
me quedaba embobado escuchando sus historias vaticanas y le preguntaba con
los ojos si algún día podría acostarme con ella y si me permitiría, una vez
más, quedarme dormido entre sus brazos. El prostíbulo aquel lo regentaba una
señora que decía llamarse doña Consolación pero que, en realidad, era el
vivo retrato doña Alonsita la Quijana. Yo, cuando las pupilas estaban
ocupadas y ella se sentaba en el escritorio y hacía largas sumas en su libro
de contabilidad, la miraba con atención y le hacía siempre la misma
pregunta:
-Doña Consolación, perdone que le moleste.
Ella levantaba la vista del dietario y me interrogaba con la mirada.
-¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta? -le preguntaba muy fino.
-Sí, don Manolito, puede usted hacerme la pregunta indiscreta de todos los
días.
Y entonces yo me sinceraba con ella y le rogaba que no me engañase más, que
me confesase que era doña Alonsita la Quijana que había vuelto del más allá
y que todas aquellas jóvenes tan hermosas eran sus pupilas de siempre, las
mujeres a las que yo había amado y traicionado. La matrona me escuchaba con
paciencia y conmiseración, movía la cabeza, decía que todo estaba olvidado y
me ordenaba que volviese a mis tareas, que llevase agua caliente a las
habitaciones, que me ocupase de mis palanganas.
El prostíbulo de doña Consolación era el más lujoso de Madrid, el más fino,
el más elegante. Los dos bandos respetaban aquel lugar que se había
convertido en un remanso de paz, en el descanso del guerrero.
Revolucionarios y realistas coincidían en los salones y se miraban con
inquina y, como mucho, mascullaban un insulto breve o una maldición entre
dientes. Allí se iba a comer, a beber y a fornicar pero, con disimulo, se
permitía comerciar y hacer política. Las normas de la casa eran estrictas y
todos las cumplíamos a rajatabla. Allí no se podía entrar con uniforme y los
sables, los mosquetes y los odios había que dejarlos en el guardarropa. Mi
padre, al librarme de la muerte, me había colocado en el centro del paraíso
y yo volví a la vida con fuerza renovada. La clientela circulaba con
naturalidad en paños menores y algunos iban completamente desnudos. Sólo yo,
el palanganero de la casa, iba vestido como un caballero con mi casaca
repleta de entorchados y medallas militares, siempre tocado de una chistera
resplandeciente y negra como el betún. Era el palanganero de la casa, el que
llevaba agua caliente a las habitaciones, suministraba jabón de olor y
toallas de felpa y el que ofrecía sus oficios de limpiador de penes, de
cuidador de partes pudendas. Después de tantos años volví a mi viejo oficio
convertido en un canalla redomado, en un pervertido zalamero e impúdico. Ya
no podía caer más bajo y como todos lo sabían ejercía mi oficio con cierta
dignidad y mucho provecho. Era un miserable al que a veces se le estimaba y
otras se le temía y al que el tiempo convirtió en una criatura
inclasificable y en un individuo peligroso. Al principio la parroquia se
reía de mí y de mi aspecto pero pronto formé parte del paisaje y todos me
llamaba don Manolito sin hurtarme una inclinación de cabeza y un respeto.
Empecé mi actividad pareciendo un tipejo chusco y termine mi carrera
convertido en un individuo siniestro y trágico. En aquella guerra de Madrid
me convertí en un eslabón, a veces importante, en la larga cadena de
corruptelas. Don Manolito hacía de todo y servía para casi todo. Aquel
enorme caserón era el lugar más seguro de Madrid y la guerra lo había
convertido en un paraíso del sexo y la gastronomía. Allí se iba a ser feliz,
a olvidar, y el que podía pagarlo encontraba de todo en las diversas
estancias del prostíbulo. Yo compraba y vendía y obtenía pingües beneficios
en cada transacción. Comerciaba con honras, virgos, armas, pasiones, drogas,
influencias; vendía información, secretos, conversaciones íntimas, parpadeos
cómplices, salvoconductos. Era, sí, un intermediario de la vida y la muerte.
¿Conocí en aquella casa a don Eulogio, al padre del capitán Sánchez y tuve
arte y parte en su decapitación? Hace unas horas juré con vehemencia que no
le conocía pero ahora, cuando sólo me quedan unos minutos de vida, en la
hora de mi muerte, tengo que confesarle que me desdigo de mis juramentos y
confieso mi crimen. Sí, soy culpable. Yo le denuncié y fui testigo de cómo
aquel grupo de alimañas le cortaban la cabeza entre risotadas. Lo conduje a
la muerte por un motivo importante: por celos. Su pecado había sido
desmesurado y tenía que pagar por ello. El repulsivo sujeto había puesto sus
ojos en la mujer que yo quería; había seducido a Jesusita la Gallega. ∆ |