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OPINION
Cambiar de
óptica
María Jesús Izquierdo Carballo (*)
L as
terribles catástrofes de Pakistán y Centroamérica han vuelto a poner al
descubierto que la acción del hombre ha aumentado la vulnerabilidad de
los países ante los fenómenos naturales. Es cierto que ante terremotos,
huracanes, sequías o tsunamis, las limitaciones humanas no pueden hacer
nada para contrarrestar la capacidad devastadora de la naturaleza, pero
sin embargo, sí que puede el hombre limitar y minimizar los riesgos que
provocan estos desastres.
Es el hombre el que ha hecho que aumenten la pobreza y la desigualdad,
el que ha provocado la degradación del medio ambiente y el que ha
contribuido, entre otras muchas cuestiones, al cambio climático. Todos
ellos, factores que inciden de manera directamente proporcional en el
impacto que estos fenómenos tienen sobre los países a los que afectan, y
sobre todo, si pertenecen al tercer mundo.
Lo sucedido en Centroamérica no debería extrañar a nadie. En los últimos
meses en El Salvador, los departamentos de occidente han venido
sufriendo una secuencia de desastres naturales de "baja intensidad" a
nivel local y casi nula cobertura mediática, pero con graves
consecuencias para la población. En el mes de abril, un terremoto
seguido de varias réplicas; en mayo, el huracán Adrián; en el mes de
junio, la tormenta tropical Beatriz; y estos días, erupciones del Volcán
Llamatepeq (inactivo durante 101 años) y el huracán Stan que ya ha
dejado casi 700 muertos, 3.000 desaparecidos y más de 3 millones y medio
de damnificados.
El problema es que estos "pequeños desastres" pueden llegar a tener un
impacto tan grave y representar tantas pérdidas como los "desastres de
amplio alcance" vividos, por ejemplo, en el sudeste asiático tras el
tsunami o en Estados Unidos con el Katrina. Muy a menudo, estos
"pequeños desastres" son un aviso de que se están generando condiciones
de riesgo que en un futuro pueden acabar en un desastre de grandes
magnitudes como fuera el Mitch.
Esto es lo que ha estado pasando en los últimos meses en El Salvador. La
acumulación de estas amenazas naturales en Centroamérica, sumadas a la
degradación medioambiental de una región deforestada durante décadas, ha
provocado derrumbes, desbordamiento de ríos y riadas de piedra y lodo
que han arrasado a todos y a todo lo que ha encontrado a su paso.
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Es la acción del
hombre la que, aunque no exclusivamente, genera riesgos,
pero también es el hombre el único que puede minimizar esos
peligros. |
Sin embargo, muchos de estos fenómenos no
habrían afectado de manera tan trágica a la población si no fuera porque
miles de personas en El Salvador o en Guatemala, donde Stan se ha cebado
con especial crudeza, viven en áreas inundables por los ríos o en zonas
de riesgo por derrumbamientos, y si no fuera, y esto es lo más grave,
porque a nivel comunitario y municipal no se dispone, ocho años después
del Mitch, de planes de gestión de riesgos y de medios para su
aplicación a pesar del trágico pasado de la región. Poco o nada han
aprendido las autoridades locales del desastre del 98.
El pasado 12 de octubre, Naciones Unidas celebraba el Día Internacional
para la Reducción de los Desastres para recordarnos que podemos y
debemos reducir la cantidad y el impacto de los mismos si dejamos de
crear y exponer a la población a más riesgos. Con políticas definidas,
medidas concretas y presupuestos específicos que incrementen la
capacidad de los países para reducir y prevenir riesgos y, para que en
caso de desastre, estén mejor preparados para responder con mayor
eficacia.
Ha llegado el momento de cambiar de óptica, de dejar de centrarse
únicamente en la respuesta ante catástrofes que pensamos inevitables
para poner el énfasis de una vez por todas en la reducción de los
riesgos que las provocan. Es la acción del hombre la que, aunque no
exclusivamente, genera riesgos, pero también es el hombre el único que
puede minimizar esos peligros. Volverán a producirse terremotos,
huracanes, sequías y tsunamis. La diferencia estará, a partir de ahora,
en cómo afrontaremos esos fenómenos. Para que no siempre mueran los
mismos, para que no siempre los más pobres sufran con mayor virulencia
los efectos de estos desastres no tan "naturales". ∆
(*) Responsable
de Gestión de Riesgos de Desastres de la ONG Ayuda en Acción
AGENCIA DE INFORMACIÓN SOLIDARIA |