
Abandonamos el cuerpo y la cabeza la
metimos en una sombrerera. Tuvimos mucha suerte porque el milagro se produjo
y la testa nos salió habladora pero discreta: contestaba con monosílabos,
guiñaba un ojo y, como mucho, cantaba una jota sin hacerse de rogar. |
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NOVIEMBRE 2005

CAPITULO XLV
- ¡AYUDEME SOR MARGARITA!
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
D on Eulogio, el padre
del capitán Sánchez, no era un hombre simpático, era un caballero muy pesado
y tenía, además, un mal beber. Era uno de esos individuos mal encarados y
simplones que le cuentan su vida a quien esté dispuesto a escucharle; el
clásico pelma prolijo, solemne, reverencioso y cantarín que cuando tenía dos
copas de más le daba la lata a la parroquia y se empeñaba en cantar jotas de
su lugar natal, de Zaragoza. Don Eulogio desafinaba y comerciaba con el
hambre de la gente, con las necesidades de los desdichados y con malas artes
había hecho un gran capital en poco tiempo. Don Eulogio era un malvado, una
persona poco recomendable, era, para que me entienda, sor Margarita, un ser
miserable y pretencioso, era uno de los nuestros. Se fijó en Jesusita la
Gallega y se enamoró perdidamente de ella; le regalaba jamones, la acosaba,
la perseguía, impedía que se relacionase con otros clientes y en un rapto de
pasión quiso retirarla, llevársela a su casa e impedir que el pueblo de
Madrid disfrutase de sus encantos. Qué horror. "Esta vez no lo soportaré",
le dije a Jesusita y ella, que me quería, me miró a los ojos y me contestó:
"Yo no soy Jesusita, soy Trini. Tu amante murió hace muchos años y te
empeñas en confundirme con ella; ella te cuidó cuando eras niño y yo te
escucho ahora que eres viejo. Eso es lo único que tenemos en común".
Naturalmente no le creí y me hice el sordo, simulé que no había oído su
parlamento. Jesusita quería dejar la casa de doña Alonsita la Quijana y ser
una mujer respetable, apartarse de su destino, irse de nuestro lado y dejar
abandonados otra vez a don Felipe IV y a don Miguel de Cervantes. Don
Francisco de Quevedo la miró con una tristeza honda y Bibianita le rogó que
no lo hiciese, Vilian Siesper se llevó las manos a la cabeza y doña Palencia
le advirtió que si se marchaba todo el grupo desaparecería, volvería a la
nada, se esfumaría y todos tendríamos que regresar al más allá a la buena de
dios, cada uno por su lado.
Denuncié a don Eulogio como acaparador de alimentos y explotador de
desdichados, moví influencias y le levanté, incluso, un falso testimonio que
causó efecto y durante una temporada el enamorado de Jesusita desapareció
del lupanar y todos nos quedamos tranquilos. A los dos meses reapareció con
el rostro tumefacto y una pierna quebrada y comenzó a mirarme con inquina y
a amenazarme con el puño cerrado. "Esto hay que terminarlo definitivamente",
me dije e invertí todos mis ahorros en asesinar al odioso caballero.
Contraté a cinco profesionales, a los más caros de la capital, y con engaños
lo llevamos al lugar del crimen, a un descampado deshabitado en los
suburbios de Madrid. El crimen fue un éxito pero don Eulogio no estuvo a la
altura de las circunstancias. Pataleaba, se humillaba, lloriqueaba, rogaba
que le dejásemos vivir. "Compórtese como un caballero, muera como un
hombre", le dije, pero él, erre que erre, siguió con sus gimoteos. Yo mismo
le hundí una navaja en el vientre y los seis cómplices observamos en
silencio como se desangraba. "¡Caramba, jefe, usted no necesita ayuda!",
comentó entre risotadas uno de mis empleados. Exigí que se le cortase la
cabeza y los cinco matarifes cumplieron con su obligación. Abandonamos el
cuerpo y la cabeza la metimos en una sombrerera. Tuvimos mucha suerte porque
el milagro se produjo y la testa nos salió habladora pero discreta:
contestaba con monosílabos, guiñaba un ojo y, como mucho, cantaba una jota
sin hacerse de rogar. Don Eulogio no volvió al prostíbulo, nadie le echó de
menos y yo, para recuperar algo de lo invertido en su muerte, le vendí su
cabeza a un titiritero que a su vez se la regaló a un director de circo. Qué
gran error. La cabeza fue rodando de un lugar a otro y un buen día llegó a
Zaragoza formando parte de una compañía de variedades donde un ilusionista,
el profesor Manfred, la hacía trabajar delante del respetable. La cabeza de
don Eulogio adivinaba qué objeto tenía en la mano el profesor, cómo se
llamaba la señora rubia de la mesa del fondo, de qué color era la levita del
caballero. Cuando Manfred le preguntó a don Eulogio qué graduación tenía el
apuesto militar que señalaba con el dedo, la cabeza le miró atentamente y
dijo solemnemente y con un vozarrón ronco, de ultratumba: "El caballero se
llama Joaquín Sánchez Formoso, es capitán de infantería y yo soy su padre".
Como podrá usted imaginarse, sor Margarita, el escándalo fue mayúsculo. La
cabeza de don Eulogio, antes de callarse para siempre, dijo el nombre de su
asesino y dónde podían encontrarme. Al final el difunto se explayó, se
despidió del respetable público, le agradeció al profesor Manfred sus
atenciones, le pidió a su hijo que terminase conmigo de una forma cruel,
cerró los ojos y dio por finalizado su paso por la vida. El resto de la
historia ya la conoce usted y me imagino que hoy es la comidilla de toda la
ciudad. Una compañía de infantería, la compañía del capitán Sánchez, se
trasladó de Zaragoza a Madrid, tomó violentamente el burdel de doña
Consolación y lo convirtió en añicos y a mí, cuando me localizó en la cocina
calentando el agua de mis palanganas, me sentó en una silla, me enseñó el
retrato de su señor padre que era, sin duda alguna, el difunto don Eulogio y
me describió con todo lujo de detalles cómo serían mis últimas veinticuatro
horas de vida. El capitán Sánchez tenía razón de estar molesto pero
disfrutaba representando su papel. Vivía con placer la venganza y se sentía
exultante al poder matar con razón y al tener una razón para matar. Para
torturar hay que tener buena mano y para ser un asesino hay que tener
vocación. Cuando el capitán me hablaba y me describía los padecimientos que
me iba a procurar sentí miedo y admiración y reconocí en mi verdugo a un
hermano de oficio, a un colega muy cualificado, a un artista del mal. Me
alegré de que mi oponente fuese un monstruo y cuando me rompió los brazos y
las piernas con un martillo comprobé que era un monstruo minucioso que sabía
cuidar los detalles. Levantó el martillo para hundirme la cabeza, pero lo
pensó mejor y se contuvo. "No morirás hoy; morirás mañana. Quiero que
sufras, cabrón, que lo pases mal, que pienses en lo que te haré dentro de
veinticuatro horas. ¿Quieres saberlo? ¿Tienes curiosidad en conocer tu
destino inmediato?" Le contesté que no me gustaban las sorpresas, que a mi
edad todas las ilusiones están marchitas porque ya estaba cansado de vivir;
le dije que las personas que quería estaban en el más allá y deseaba
reunirme con ellas y, mirándole a los ojos, le agradecí su violencia y su
crueldad y el que me matase por el hierro. "No merezco morir en una cama -le
dije con cierta chulería cuando era sólo un despojo-; eso, señor mío, debe
ser un privilegio de las personas decentes".
Me trajo aquí, a este hospital vacío y me encomendó a su cuidado. Al
despedirse me dijo: "Mañana te voy a empalar; voy a meterte un palo por el
culo y te voy a llevar por todo Madrid como un estandarte". Qué horror; cada
vez que lo pienso me dan respingos. Creo, sor Margarita, que el capitán
Sánchez buscaba en usted un cómplice, deseaba que fuese usted mi carcelera
en lugar de mi cuidadora, estoy seguro de que se hubiese opuesto a que
mitigase los dolores con esa bendita droga que ha tenido la gentileza de
aplicarme cuando el dolor se hacía irresistible. Gracias, amiga mía, por
haber escuchado mi larga confesión con paciencia infinita; le estoy muy
reconocido por sus atenciones y por su caridad, por haberme colocado la
cabeza encima de la almohada con ternura, por haberme dado de beber con
misericordia infinita. La bondad, tal vez la santidad, se esconde y se
refleja en esos pequeños gestos. Mis amigos, que ahora le miran con
simpatía, mueven la cabeza, asienten y están de acuerdo con todo lo que le
digo, suscriben todos ellos mi historia y comparten mi gratitud. Mis
compañeros de infortunio, mis cómplices, mis víctimas, esperan a que yo
muera para que les acompañe al más allá; no quieren irse sin mí porque todos
formamos parte de la misma crónica, navegamos en la misma cápsula, habitamos
el mismo discurso. Dentro de unos minutos nos iremos todos juntos a ocupar
un lugar apartado del infierno; no queremos juntarnos con otros pecadores,
exigimos nuestra parcela independiente porque deseamos pasar juntos toda la
eternidad; nosotros, todos nosotros, somos algo más que una familia. Perdone
mi petulancia pero mis amigos y yo componemos un libro cerrado, hermético,
somos una historia dentro de una historia. Aquí finaliza mi larga perorata,
aquí y ahora se termina mi vida. Quiero pedirle un favor. Ayúdeme, sor
Margarita. No me deje en manos del capitán Sánchez. El sol está muy alto y
ese hombre está a punto de llegar. Creo que ya oigo sus palabrotas y el eco
de sus pasos, creo que está subiendo las escaleras y que dentro de unos
segundos dará una patada a la puerta y entrará en esta sala vociferando:
"¿Dónde estás, canalla? ¡Prepárate para morir!". Ayúdeme, se lo ruego.
Apenas me queda un hálito de vida y sólo preciso un pequeño empujón y un
poco de ternura. Matar es muy fácil y a veces es una obra de caridad que
sólo las buenas personas tienen la entereza de hacer. Usted seguro que
intuía que al final de la noche le haría esta petición. Mi discurso, ay, fue
un discurso interesado. Sólo tiene que inclinarse, ponerme la almohada sobre
la boca y apretar un poco; apenas me moveré porque nuestro amigo el capitán
ha hecho un buen trabajo previo. ¿No oye sus gritos? Ya está ahí, ya sube.
Rápido, amiga mía, no me desampare. Acérquese, acérquese, no lo dude, no
tenemos tiempo. Ayúdeme, sor Margarita, ayúdeme a morir. ∆ |