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 CAPITULO XXXIX - LOS CARTAPACIOS DE DON DIEGO

 

Señor, soy portador de una mala noticia: Velázquez ha muerto asesinado en Madrid, en el Palacio Real, en su estudio de pintor. Un criminal desconocido, que no ha sido descubierto, le asestó una puñalada en el corazón y nuestro amigo abandonó este mundo.

MAYO 2005

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXXIX - LOS CARTAPACIOS DE DON DIEGO
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Don Demetrio de Montenegro y Carpio se enteró de la muerte de Diego Velázquez cuando era Patriarca de Venecia y miraba desde su palacio de San Atilano el ir y venir de las góndolas por el gran canal. El lucense, que amaba las brumas de su ciudad natal, los grandes océanos, la hondura de los gallegos y los entresijos enrevesados de su conversación, detestaba aquella absurda ciudad de palafitos habitada por individuos superficiales y presuntuosos que se creían el centro del universo y solía observar Venecia y a los venecianos con una irónica sonrisa en los labios que sus acólitos creían que la provocaba la admiración o el asombro y que, en realidad, sólo se trataba de un secreto desprecio, de un irreprimible desdén. J. de Candelucus carraspeó, le tocó con delicadeza el hombro y cuando Montenegro se volvió y le miró a los ojos le dijo en un susurro: "Señor, soy portador de una mala noticia: Velázquez ha muerto asesinado en Madrid, en el Palacio Real, en su estudio de pintor. Un criminal desconocido, que no ha sido descubierto, le asestó una puñalada en el corazón y nuestro amigo abandonó este mundo y, al fin, ha dejado de sufrir y se ha reunido en el más allá con la mujer que amaba". Una punzada de dolor le hirió el costado y el religioso miró a su cocinero con pesadumbre y no pudo reprimir un sollozo desgarrador. "¡Oh, Señor, qué gran desgracia!", fue lo único que pudo exclamar una y otra vez mientras con desesperación se mesaba los cabellos.
A la mente del Patriarca de Venecia acudió el pasado de forma abrupta, las imágenes de la juventud llegaron en tropel, se atropellaban los recuerdos y se superponían unos a otros ansiosos de materializarse en su memoria. Vio, igual que si lo tuviese delante de sus narices, a don Diego pintando un paisaje castellano en la proa de su bergantín y pudo observar, después de tantos años, el rostro ensimismado de su viejo amigo mezclando colores en su paleta prodigiosa; recordó el bermellón agresivo, obsceno como la sangre de los ingleses, el anaranjado suave, los ocres, la gama de azules, la colección primorosa de verdes, la familia de los amarillos desvaídos, el grupo de los grises patéticos, la secta de los amarronados, el color del aura de los mediocres y, por último, apartado y condenado a la soledad, triste y ceñudo, el negro siniestro y fúnebre profetizando galernas y rugiendo con voz de temporal, aullando como un perro apaleado. Velázquez pintaba sin cesar y lo hacía siempre a su manera: observaba atento el horizonte y después retocaba un grupo de amapolas, las olas le inspiraban los trigales y las ventiscas un campo de melones."El mar, el mar, siempre el mar, qué tontería", canturreaba el andaluz y dibujaba, para mortificarse, un bosquecillo de abedules. Los corsarios, que no entendían su locura, lo trataban de usía como si fuese un obispo y cuando iniciaban un abordaje le dejaban protegido y maniatado en la cámara del capitán y, concluida la batalla, lo liberaban para que el artista contemplase el horror de la guerra y la belleza cromática del saqueo de las victorias. Don Diego correteaba alucinado por la cubierta del navío enemigo y miraba fascinado las manos cortadas, las cabezas rotas, la sangre coagulada, las monedas de plata bruñida, los lingotes de oro y las ricas telas que los hombres de Montenegro habían arrebatado a los piratas ingleses que, a su vez, habían desvalijado antes a los galeones españoles que alguna tormenta inoportuna había dejado a merced de los navegantes de fortuna. "El que roba a un ladrón inglés tiene el cielo asegurado", decía Montenegro para justificar la escabechina y lo decía él, que había navegado bajo la bandera británica, que había sido afrancesado primero y teutón después y, durante dos campañas, patriota portugués. Montenegro y Velázquez eran unos amigos que se profesaban un profundo afecto. Se conocieron en la isla de Tabarca cuando el pintor vagabundeaba harapiento después de la ejecución pública de doña Alonsita la Quijana. Una melancolía pertinaz se había adueñado de la voluntad del joven artista sevillano y víctima de la desidia y la abulia había dejado los pinceles y mendigaba por las calles de la isla alicantina, se alimentaba de restos de cabezas de pescado, de la sopa boba que, con buena intención y poca sustancia, le suministraba cada mañana un religioso misericordioso que había sido bucanero antes que fraile y dormía arrebujado y friolento en las arenas sucias de la playa entontecido por el vino peleón y la tristeza. ¿Cómo había llegado hasta el puerto mediterráneo el desdichado joven? Lo había traído la desesperación del mal de amores y un afán irreprimible de autodestrucción. Montenegro, aficionado a las bellas artes, oyó hablar de él en una taberna, lo localizó tirado en plena calle, miró a su amigo don Jota y le preguntó: "¿Lo salvamos de su triste destino para que no se malogre un genio de los pinceles?" Y como el cocinero afirmó con la cabeza, entre los dos cargaron con el beodo y lo instalaron en la sentina de "La bella Lola", el navío que capitaneaba don Demetrio por aquel entonces. Cuando Diego Velázquez volvió en sí el barco navegaba camino de las Américas y aunque el pintor juró y maldijo y resultó intratable durante unas cuantas semanas terminó por aceptar su destino y, de paso, recuperó la salud por los caldos limpios y los suculentos guisos que preparaba don Jota. Durante diez años el pintor navegó con sus amigos pintando paisajes castellanos y haciendo caricaturas de las gentes que había conocido en el pasado. Los paisajes los firmaba con el nombre de Gaspar de Silva y se los vendía a buen precio a un marchante de Marsella y las caricaturas primorosas alegraban las veladas nocturnas en la cámara del capitán. Don Diego era de pocas palabras y como mejor se expresaba era con los pinceles y los lápices. Cuando alguien le interrogaba él contestaba con un dibujo, con una obra maestra que inmediatamente hacía añicos y se metía en el bolsillo. Los tripulantes de "La bella Lola" conocieron las caras deformadas de doña Alonsita la Quijana, los ojos almendrados de Bibianita, la sonrisa irónica del señor Quevedo, el porte bondadoso de doña Maribola, el alegrete continente de don Vilian Siesper el inglés y las miradas inquietantes de don Felipe IV el rey de España. Nunca pronunció el nombre de la mujer que amaba pero todos vieron su rostro fugazmente detrás de un abanico, reflejado en un espejo, reverberando en las aguas oscuras de un pozo profundo al que se asomaba el artista en sus dibujos. Cada mañana el pintor, antes de colocar el caballete y el lienzo en la cubierta oscilante del bergantín, tiraba con disimulo los papeles y observaba cómo flotaban entre las olas y cómo se quedaban rezagados cuando la nave se alejaba y los corsarios, que le observaban y se compadecían con su sufrimiento, se decían unos a otros: "Ahí está el desdichado de don Diego tirando por la borda su vida y sus recuerdos".
A la mente de don Demetrio Montenegro acudieron imágenes, nombres, canciones, carcajadas, conversaciones. Un buen día el artista navegante le dijo que quería desembarcar, volver a Madrid y pintar gentes en lugar de paisajes, que había dejado de ser un demente lúcido y se había convertido en un caballero circunspecto y melancólico. Don Demetrio y don Jota lo vieron marchar. Nunca volvieron a encontrarse pero puntualmente se contaron su vida en largas misivas. Velázquez supo del matrimonio y la viudez de Montenegro y don Demetrio siguió la carrera ascendente del andaluz y pudo comprobar con satisfacción cómo aumentaba la fama del pintor de cámara de Felipe IV en los mentideros artísticos de Europa. El artista se convirtió en un hombre taciturno que acompañaba al rey en sus viajes, en un caballero distante y solitario, siempre hierático e irremediablemente triste. Su asesinato conmocionó la vida capitalina y el horror se adueñó de nobles y plebeyos pues don Diego pertenecía a ambos mundos y su matador podía pertenecer a cualquier clase social y ocultarse tanto en un palacio como en una cabaña inmunda. Todos eran, a priori, inocentes y culpables; su asesino podía ser el rey o su porquero. El Patriarca de Venecia tuvo noticia, por un escrito que le envió el Notario Mayor del Reino, de que figuraba en la relación de los herederos de don Diego. Seis meses más tarde llegaban al palacio veneciano tres grandes baúles que tanto Montenegro como su cocinero observaron con curiosidad, desembalaron con esmero y analizaron estupefactos: allí, sí, estaba la vida cotidiana del pintor, la crónica de su existencia descrita con el mayor detalle. Velázquez les enviaba también una carta escrita veinte años antes de su asesinato. Decía el artista que pensaba en ellos todos y cada día de su vida y que echaba de menos el mar; les confesaba que su existencia era gris, anodina, sin sorpresas. Pintaba retratos de damas, caballeros y bufones, acompañaba al rey, gozaba de su amistad y notaba que su prudencia empezaba a dar sus frutos porque su actitud silenciosa había sido recompensada con el prestigio del mueble, la impunidad del candelabro, la independencia del espejo que espía desde su escondite las pasiones de los demás. Velázquez miraba sin ser visto y, cada noche y en la soledad de sus habitaciones, dibujaba la caricatura de lo que había observado y lo explicaba con un texto breve redactado con ingenio, una alta dosis de crueldad y muy poca misericordia. Los cartapacios de don Diego eran un compendio gráfico de la Historia de España y todos aparecían en el tribunal del pintor de cámara y todos eran retratados con la joroba de sus vicios y las exageraciones de sus debilidades; ningún pecado se escapaba al análisis del andaluz, su ojo todo lo veía y su escalpelo no dejaba recoveco sin remover. Montenegro y Candelucus analizaron asombrados la colección de dibujos y el desfile de seres monstruosos. Hicieron acto de presencia Felipe IV y sus validos, los nobles, los aristócratas, los criados, el pueblo llano, los pretendientes, los conspiradores. Don Diego seguía desde lejos el ir y venir de sus camaradas del pasado y la senda que cada uno tomó después de la muerte violenta de la Quijana. Vieron a un don Miguel de Cervantes vencido y harapiento, a un Lope triunfador, a un Quevedo vengativo y amargo. Velázquez dibujó el patetismo de los bufones y retrató su mundo paralelo, sus ademanes exagerados, la tristeza de su final, el dramatismo de sus figuras inverosímiles. Entre todos los bufones había uno al que el pintor dedicaba una atención especial; se trataba de un enano que estaba siempre al lado de Felipe IV y que se hacía llamar don Manolito, una criatura perversa que era como el compendio de todas las maldades, como la síntesis de todos lo espectros. ∆

   

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Última revisión: abril 17, 2008. 
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