Tortura y rendición de cuentas en la "guerra contra el
terrorismo"
Francisco Javier Fernández López(*)
La
imagen de las Torres Gemelas alcanzadas por aviones comerciales
secuestrados el 11 de septiembre de 2001 se ha convertido en un icono
del crimen contra la humanidad. Lo trágico es que la respuesta a las
atrocidades de aquel día haya traído su propia iconografía de tortura,
crueldad y degradación. La fotografía de un joven desnudo capturado en
Afganistán, con los ojos vendados, esposado y con grilletes, y atado con
cinta adhesiva industrial a una camilla. Imágenes de detenidos
encapuchados sujetos al piso de un avión militar para ser trasladados
desde Afganistán hasta el otro extremo del mundo. Fotografías de
detenidos enjaulados en la base naval estadounidense de Guantánamo en
Cuba, arrodillados delante de unos soldados, con grilletes, esposados,
con el rostro cubierto y los ojos vendados. Imágenes en televisión de
detenidos vestidos de color naranja, con grilletes en los pies,
caminando hacia la sala de interrogatorios, o llevados hasta ahí en
camillas con ruedas. Un detenido iraquí encapuchado sentado en la arena,
rodeado de alambre de espino, que aprieta contra su pecho a su hijo de
cuatro años. Y las fotos de Abu Ghraib: un detenido encapuchado,
haciendo equilibrios encima de una caja, con los brazos extendidos y
cables colgando de las manos con la amenaza de la tortura eléctrica; un
hombre desnudo encogido de terror contra los barrotes de una celda
mientras unos soldados lo amenazan con unos perros que gruñen; y
soldados sonrientes, aparentemente seguros de su impunidad, junto a
detenidos obligados a adoptar posturas sexualmente humillantes. Los
Estados Unidos de América y el mundo recordarán durante muchos años
estas y otras imágenes, iconos de la actuación de un gobierno que ha
optado por negar a los derechos humanos su importancia fundamental.
La lucha contra la tortura y los malos tratos a manos de agentes del
Estado exige un compromiso absoluto y una vigilancia constante. Exige un
respeto estricto a las salvaguardias. Requiere una política de
tolerancia cero. El gobierno de Estados Unidos ha fracasado
estrepitosamente en este aspecto. En el mejor de los casos, ha
establecido las condiciones para que se inflijan torturas y tratos
crueles, inhumanos o degradantes al reducir las salvaguardias y no
responder adecuadamente a las denuncias de abusos formuladas por
Amnistía Internacional y otras personas y entidades desde los inicios de
la "guerra contra el terrorismo". En el peor, ha autorizado el uso de
técnicas de interrogatorio que incumplen abiertamente la obligación del
país de rechazar la tortura y los malos tratos en cualquier
circunstancia y en todo momento.
El gobierno estadounidense ha manifestado que se ha "comprometido
enérgicamente" a trabajar con organizaciones no gubernamentales "para
mejorar el cumplimiento de las normas internacionales de derechos
humanos". Por su parte, el presidente George Bush ha declarado
recientemente que Estados Unidos "apoya la labor de las organizaciones
no gubernamentales para poner fin a la tortura y ayudar a las víctimas"
El gobierno estadounidense afirma estar comprometido con lo que llama
"las exigencias no negociables de la dignidad humana" y estar a la
cabeza de la lucha mundial contra la tortura. Sin embargo, la condena de
la tortura y otros malos tratos formulada por un gobierno debe querer
decir exactamente lo que dice. La condena del gobierno de Estados Unidos
es muy endeble, como muestra la serie de memorandos gubernamentales que
han salido a la luz desde que estalló el escándalo de Abu Ghraib. Estos
documentos sugieren que, lejos de garantizar que la "guerra contra el
terrorismo" se libraría sin recurrir a violaciones de derechos humanos,
la administración estudiaba las formas en las que sus agentes pudieran
eludir la prohibición internacional de la tortura y de los tratos
crueles, inhumanos o degradantes. Durante este tiempo, la voz del
gobierno ha brillado por su ausencia en el debate público abierto en
Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 sobre si la tortura puede ser
una respuesta aceptable al "terrorismo". Este silencio podría también
delatar una oposición menos que absoluta a la tortura y los malos
tratos.
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La
impunidad es un caldo de cultivo de la tortura y los malos
tratos. Amnistía Internacional reclama que todas las
denuncias de torturas en Irak, Afganistán o Guantánamo deben
investigarse exhaustivamente. |
En junio de 2004, en una de
varias declaraciones realizadas por altos cargos de la ONU en respuesta
a los "memorandos sobre la tortura" de Estados Unidos, el secretario
general Kofi Annan subrayó la prohibición absoluta de la tortura y de
otros tratos crueles, inhumanos o degradantes. Recalcó que la
prohibición es vinculante para todos los Estados, "en todos los
territorios bajo su jurisdicción o control", y tanto en tiempo de guerra
como de paz. Añadió: "La tortura tampoco es permisible cuando se la
llama de otra forma. No se pueden utilizar eufemismos para eludir
obligaciones legales".
Existe una tendencia, incluso entre las propias fuerzas armadas
estadounidenses, a utilizar eufemismos para denominar ciertos aspectos
de la guerra y la violencia. Los civiles que pierden la vida o resultan
mutilados se convierten en "daños colaterales"; la tortura y los tratos
crueles, inhumanos o degradantes son técnicas de "estrés y
padecimiento"; y los presos "desaparecidos" se transforman en "detenidos
fantasma". El recurso a los eufemismos cuando se trata de violaciones de
derechos humanos podría promover su tolerancia. De modo similar, hay una
llamativa reticencia entre los altos cargos del gobierno estadounidense
a llamar "tortura" a lo que ocurrió en Abu Ghraib, que prefieren
calificar de "abuso". Puede que los miembros de una administración que
ha estudiado cómo forzar los límites de las técnicas de interrogatorio
aceptables y cómo hacer para que sus agentes eludan la responsabilidad
penal por la tortura tengan una reticencia especial a llamar la tortura
por su nombre.
Sin embargo, esta reticencia es también síntoma de la tendencia de
Estados Unidos a rechazar para sí las normas cuyo cumplimiento espera
tan a menudo de otros. Las violaciones de derechos humanos, que el
gobierno de Estados Unidos es tan reacio a llamar tortura cuando son
cometidas por sus propios agentes, son calificadas de tal todos los años
por el Departamento de Estado cuando se producen en otros países. Y
mientras los informes del Departamento de Estado son contribuciones
positivas a la lucha mundial a favor de los derechos humanos, este doble
rasero socava en gran medida la credibilidad del discurso global de
Estados Unidos sobre estos mismos derechos.
La impunidad es un caldo de cultivo de la tortura y los malos tratos.
Amnistía Internacional reclama que todas las denuncias de torturas en
Irak, Afganistán o Guantánamo deben investigarse exhaustivamente,
incluidas todas las muertes bajo custodia. Los autores de estas
violaciones de derechos humanos deben ser enjuiciados, preferiblemente
por tribunales civiles ordinarios y no por tribunales militares, como
actualmente reconoce un consenso internacional emergente Al mismo
tiempo, Amnistía Internacional recuerda que deben establecerse y
cumplirse las salvaguardias necesarias para prevenir cualquier
reaparición de la tortura y que debe ponerse fin de inmediato a las
detenciones secretas, así como al uso de la detención en régimen de
incomunicación y de cualquier otra medida que viole los derechos
humanos. ∆
(*) Amnistía Internacional - Asturias.