
Era don Diego un testigo incómodo y el
cariño que le tuve de galopín con los años se trocó en indiferencia primero
y en odio después. "¡El genio de los pinceles!", mascullaba a veces,
corroído por la envidia. |
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JULIO 2005

CAPITULO XLI
- NOTICIAS DEL PASADO
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
D on Salustiano Carballo Carballeira me
sirvió otra copita de aguardiente, me ofreció una rosquilla de vino y
preguntó, con una indiscreción impropia de un caballero.
-Don Manolito, por favor, conteste a mi pregunta: ¿por qué mató usted a don
Diego Velázquez y cómo lo hizo?
Me quedé anonadado y a mi memoria acudió, después de tantos años, la cara de
estupor que puso mi antiguo protector cuando le asesté la puñalada
definitiva. ¿Por qué lo hice y, sobre todo, por qué sabía don Salustiano que
yo había cometido aquel asesinato que era mi secreto mejor guardado? Ahora
que lo pienso, sor Margarita, no sabría precisarle a usted todos los motivos
del crimen, pero a don Salustiano Carballo Carballeira, cuando me lo
preguntó, le mencioné los principales.
-Pues mire usted, le maté por prudencia y por orgullo y porque me fastidiaba
su presencia y su desprecio. Durante mucho tiempo, en Palacio, pasaba por mi
lado sin saludarme, como si no me viera, como si un servidor fuese, además
de enano, transparente. Era don Diego un testigo incómodo y el cariño que le
tuve de galopín con los años se trocó en indiferencia primero y en odio
después. "¡El genio de los pinceles!", mascullaba a veces, corroído por la
envidia, cuando lo veía recibir las felicitaciones de su distinguida
clientela y cómo el rey, mi padre, le pasaba el augusto brazo por el hombro
y le colmaba de dignidades. El matarlo fue un asunto sumamente sencillo y lo
hice, además, de una forma caritativa: entré en su estudio, lo encontré
cómodamente sentado en un sillón y medio adormilado, me puse a su lado y le
dije: "buenos días, maestro"; el pintor me miró sorprendido, hizo un gesto
de desagrado que yo correspondí con un abrazo y unas zalamerías de bufón y
que él no aceptó e, incluso rechazó con un insulto infamante. Yo hice caso
omiso, sonreí e inmediatamente, sin avisar, a traición, le asesté una
puñalada en el corazón que el moribundo me reprochó con un gruñido. Lo
acompañé en su breve agonía y lo vi morir con indiferencia y después, de
tapadillo, salí de sus dependencias sin hacer ningún ruido. Nadie sospechó
de mí y el crimen se lo cargaron en cuenta a un tal Gervasio Palacios, un
desdichado al que dieron garrote en Chinchón, pues, como es bien sabido, en
España siempre pagan justos por pecadores y ningún crimen horrendo queda
impune porque para eso es muy puntillosa y cumplidora la autoridad
competente. Pero, a propósito, ¿por qué sabe su señoría que yo asesiné al
ilustre pintor?
Don Salustiano ríe entre dientes y me entrega un libro ajado y mal
encuadernado compuesto por un cocinero llamado J. de Candelucus. El libro se
titula: " Yo vi morir a Montenegro, el papa maldito".
-Este libro habla de vos, pero en lugar de mencionaros como don Manolito
Expósito y Expósito, el autor, una vez más, os llama don Estebanillo de
Ponferrada porque, como los cronistas anteriores, persiste en el error y
entre todos quieren arrebataros vuestra identidad, quitaros el mérito de
crímenes, traiciones y felonías que constituyen vuestras señas de identidad.
Parece que la Historia y la Literatura se confabulan contra usted y siembran
las crónicas de pistas falsas. Qué injusticia. En fin, el tal Candelucus
dice pestes de usted y aunque en ningún momento os acusa del crimen de
Velázquez, uno, que entiende de asesinos y de libros, sospechó
inmediatamente que la mano de don Manolito estaba en aquel asunto tan
turbio. Me alegro de saberlo y os agradezco vuestra sinceridad y la
confidencia.
Don Salustiano Carballo Carballeira era un tratante de esclavos y también un
bibliógrafo de mérito. Portugués, erudito, pervertido, violento, exquisito y
excelente gourmet, me honraba con su amistad y me hospedaba en su palacio de
Santa María del Adelantado cada vez que el circo de don Pierino llegaba a la
localidad nicaragüense. El portugués viajaba mucho, estaba siempre de un
lado para otro y, a lo largo de varios años coincidí con él en múltiples
ocasiones; nos encontrábamos en los puertos del Caribe y en las populosas
ciudades del interior del inabarcable continente americano y cada vez que
coincidíamos manteníamos larguísimas conversaciones. Éramos mitad amigos y
mitad enemigos y ahora que lo pienso no sé si le estimo o lo detesto. El
bibliófilo era un personaje ambiguo obsesionado con subvertir la Historia
como me había ocurrido a mí en el pasado y, en cierto modo, también
pertenecía al exclusivo club de los libelistas. Don Salustiano creía en mí
pero estimaba que don Felipe IV era un impostor, un actor pésimo y que,
además, no era y nunca había sido el rey de España. Decía el tratante de
esclavos que mi padre era un hombre tosco que hablaba exclusivamente de la
crianza de cerdos y que su rostro ceñudo sólo se animaba cuando se le
preguntaban las diferencias entre el cerdo blanco y el cerdo negro y cuál de
los dos cochinos proporcionaba a sus dueños mejores jamones y más
sustanciosos lacones. El tratante de esclavos, que tenía especial inquina a
Felipe IV, aseguraba que mi augusto padre era un analfabeto grosero e
ignorante, que no le interesaba en absoluto el curso de la Historia y que
todo lo que recitaba lo hacía como un loro y sin sentimiento.
Don Salustiano me miraba siempre con una sonrisa irónica en los labios y
aunque me trataba con consideración no dejaba de insinuar que algunas de las
situaciones que don Felipe IV y yo representábamos en el circo de don
Pierino las conocía él por haberlas leído en los libros de la Historia de
España y en las vidas noveladas de algunos pícaros de cocina de los monarcas
castellanos.
-Creo, querido amigo, que lo que usted cuenta es verdadero, pero, eso sí,
adobado con pimentón grosero y salpimentado con las desdichas y sinsabores
que ocurrieron en cabeza ajena. ¿No estará vuestra merced copiándole la vida
a don Estebanillo de Ponferrada, el que fue asesino a sueldo de don Felipe
IV y del que hablan en sus documentados escritos los conocidos eruditos
Camacho, Bermúdez y Estrada Marín?
Protestaba yo airadamente y juraba y perjuraba de la veracidad de mis
crímenes. El tratante, que me oía como el que oye llover, se atusaba el
bigote, me daba la razón, me rogaba que perdonase su desconfianza y
recomponía en un periquete los momentos de tensión que habían enturbiado
nuestra cordial amistad.
Leí con fruición el libro de Candelucus y pude enterarme del final dramático
de don Demetrio de Montenegro, el lucense que sustituyó en la silla
gestatoria a Benedicto XV. Sentí, cuando su cocinero y amigo describía sus
últimos momentos, una mezcla de piedad y de mala conciencia y también una
intensa alegría porque mis dardos venenosos habían dado, justamente, en
mitad de la diana. Mi felonía había llevado a un inocente a morir en la cruz
y había convertido a los romanos en regicidas. Benedicto XVI, según decía su
biógrafo, había fallecido valientemente y con la fe en Cristo que no tuvo
mientras fue pontífice. Benedicto XVI fue un mal papa pero un gran mártir,
uno de los más resistentes y esforzados que se recuerdan. Mi perversidad lo
redimió de sus muchos pecados y le dejó situado a las puertas del santoral y
espero que si Dios existe, circunstancia que en estos momentos no pongo en
duda, lo tenga sentado a su diestra en uno de los mejores sitios del séptimo
cielo.
La biblioteca del señor Carballo Carballeira era la más importante de
América y su flota la más numerosa de las que se dedicaban a la trata. Don
Salustiano, era un canalla, sí, pero un canalla culto, y atesoraba más de
cien mil libros en sus anaqueles y tenía a sus órdenes a tres docenas de
escritores que componían los libros que el portugués estimaba conveniente y
que permitían al bibliógrafo vulnerar la Historia, influir en la Literatura
y manipular a su antojo la política de América Latina. Don Salustiano jugaba
conmigo y disfrutaba con mi desconcierto. Cuando lo conocí me llamó la
atención su lujoso ropaje, sus ademanes distinguidos y su rostro cruzado por
cicatrices que le daban la apariencia de un ser patibulario disfrazado de
caballero.
-Señor quisiera alquilar vuestros servicios y conocer vuestra vida con todo
detalle -me preguntó una tarde después de la representación y como don
Pierino no puso ninguna objeción fui su huésped durante tres semanas y le
relaté mi vida por un lujoso estipendio.
A don Salustiano le conté, ampliado y con más lujo de detalle, lo que esta
noche le estoy confesando a vuestra señoría y le aseguro que logré despertar
su interés y que tanto él como sus colaboradores, los que tomaban nota de lo
que yo decía, se reían sin reparos, me insultaban sin tapujos, pero, eso sí,
de forma cariñosa y familiar y en más de una ocasión me llamaron traidor,
mala persona, asesino y comemierda.
A los dos años de lo que acabo de relatarle volví a encontrarme con el
tratante de esclavos aficionado a la bibliografía. Don Salustiano me abrazó
como si fuera su hijo, me invitó a comer en un figón de Santo Domingo y con
una sonrisa en los labios me entregó mi vida encuadernada, puso en mis manos
el fantástico, celebrado y primoroso libro de memorias titulado: "Vida,
andanzas, excesos y desmesuras de don Estebanillo de Ponferrada, asesino a
sueldo, bufón de la corte y correveidile de don Felipe IV el rey de España".
Tengo que confesarle que me quedé, cuando me percaté de que me habían
hurtado mi identidad, absolutamente anonadado. Miré a mi amigo y mascullé
entre dientes: "¡Esto es una vil traición!". Don Salustiano ni se inmutó y
me observó divertido, hizo un gesto que se parecía a una reverencia y siguió
comiendo como si tal cosa. "Don Salustiano, usted me ha traicionado", le
dije entre dientes. El me miró directamente a los ojos y contestó: "Sí,
efectivamente, le he traicionado, pero ¿qué importa una minúscula felonía si
entre los dos somos capaces de crear un personaje histórico y dotarlo de
vida, fuerza, esplendor y villanía. ¡Qué gran y hermosa mentira hemos
contado al mundo! Don Estebanillo de Ponferrada existió, su nombre y algunas
de sus andanzas son conocidas por los eruditos y los historiadores pero
ahora, al añadirle, al insuflarle la vida de don Manolito Expósito hemos
terminado de perfilar al personaje. Usted vivirá con el nombre de otro pero
vivirá eternamente. El destino de los libelistas es el anonimato; esa es,
querido amigo, nuestra grandeza". Miré a mi interlocutor y me sentí
complacido y sonreí como lo hacen los personajes novelescos, como sonríen
los seres de ficción. ∆ |