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 CAPITULO XXXVI - ¡HABEMUS PAPA!

Y Felipe IV me ordenó que, una vez más, espiase para él y me introdujo camuflado de respaldo de sillón en el Saloncito de las Reflexiones, donde iba a tener lugar la reunión de las altas dignidades de la Iglesia.

FEBRERO 2005

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXXVI - ¡HABEMUS PAPA!
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Lo había sido casi todo en la vida: entretenedor de infantes, caneco de la reina, limpiador de penes, bala de cañón, pero nunca había sido cojín carmesí. Y Felipe IV me ordenó que, una vez más, espiase para él y me introdujo camuflado de respaldo de sillón en el Saloncito de las Reflexiones, donde iba a tener lugar la reunión de las altas dignidades de la Iglesia.
Don Trinidad Escobedo, el tapicero real, dijo en principio que no era posible, pero ante la insistencia de mi padre me mandó llamar, me rogó que me despojase de mi jubón verde y, en paños menores, me midió con una cinta métrica y me pesó en una balanza de precisión; quedose después el buen artesano absorto y pensativo, hizo con una tiza unos diseños rápidos y con una pluma unos cálculos de urgencia y le preguntó a Felipe IV:
-¿Don Manolito deberá ver, oír, hablar y respirar?
-Todo salvo hablar -contestó el rey
Cuatro días después el adminículo estaba ideado y fabricado y don Trinidad Escobedo presumía de ser el creador de un invento que revolucionaría el arte del espionaje y proporcionaría trabajo a todos los enanos del universo. El chirimbolo, hay que reconocerlo, era ingenioso. Respiraba por un canuto que se adaptaba a mi nariz, veía por una lente que se ceñía a mi ojo izquierdo y escuchaba a través de una trompetilla que se ajustaba como un guante a mi oreja derecha. La cápsula era cómoda y cuando situaron el sillón un poco apartado de la mesa y entre dos luces, me sentí como un feto en el seno materno; allí, sí, se estaba cómodo y calentito y cuando don Trinidad a mi lado se puso a gritar como un alucinado: "¡uno, dos, tres, probando, probando!", le contesté que estaba bien y que oía y veía perfectamente. Todos salieron del lujoso saloncito y me encarecieron que no hiciese ningún ruido porque la reunión de los padres de la Iglesia iba a comenzar dos horas después y yo tenía que permanecer quieto y mudo para no ser descubierto. Y si todo había sido proyectado con sumo cuidado, nadie había previsto que el espía se quedase dormido que fue, exactamente, lo que ocurrió. Cuando desperté la reunión había comenzado hacía tiempo y los prelados habían superado la fase de los circunloquios exquisitos y estaban inmersos en la zona del habilidoso y sutil regateo:
-Nadie puede prever lo que puede durar su santidad, el buen Benedicto XV y, por lo tanto, si designamos ahora a su sucesor éste debería ser joven, inteligente, independiente, piadoso y equidistante en su pensamiento de los intereses de los grupos aquí representados. No debe ser uno de los nuestros pero tampoco uno de los suyos, tiene que ser grato al Espíritu Santo e ingrato para ambos grupos, pero no absolutamente rechazable, debe ser regular para ambos y malo para ninguno. Si les parece ayudemos a la divina providencia, oremos y dejemos el futuro en sus manos. -dijo Benedetti y miró directamente a don Severino Piñeiro.
-Me parece muy atinado el comentario de su eminencia y por ese camino encontraremos la solución que satisfaga tanto a Roma como a Compostela -concedió el obispo de Santiago.
Desde mi observatorio pude darme cuenta de que las ocho dignidades reflexionaban cada una por su cuenta y oí con claridad sus bisbiseos. Los Severinos, algo ceñudos e ensimismados barajaban nombres mentalmente y los vaticanistas con la mirada perdida hacían lo propio y sólo el zumbido de alguna mosca volandera rompía el silencio del grupo.
-¿Qué les parece Carloti, el obispo de Padua? -dijo don Serafín el florentino.
-¿Y el palentino Carvajal? -aventuró Severino el señor de Mondoñedo.
Los nombres se ponían sobre la mesa y uno a uno eran rechazados con un gesto, una sonrisa, una ceja que se levanta, un rictus que se exagera. Un centenar de propuestas aparecieron y se esfumaron en una hora larga de reflexión. Cuando llegaron al portugués Loureiro de Braganza los ocho alzaron la cabeza y discutieron el historial del luso con interés y la paloma estuvo en un tris de posarse sobre la testa del obispo de Oporto, anidar en ella y designarlo como sucesor del papa Benedicto. Al final la paloma le abandonó por cuestiones de edad, pues don Lorenzo Loureiro había cumplido los setenta y ocho años y se le consideró algo talludito para el cargo.
Fue don Fulgencio Benedetti el que puso el nombre clave sobre el tapete:
-¿Y don Demetrio Montenegro y Carpio? -insinuó el purpurado.
-¿Quién es ese caballero? -inquirió Severino el de Tuy.
Y fue el obispo Piñeiro el que tomó la palabra y dio las primeras informaciones sobre el candidato.
-Es un gallego de Lugo pero un gallego de la diáspora. Nació en Galicia, en la Puente, a orillas del Miño y tengo entendido de que antes de entrar en religión vivió el siglo con intensidad y sabe de las cosas de la vida. Fue perseguidor de corsarios y corsario él mismo, ganó y derrochó varias fortunas, pecó con desmesura, amó con exceso y se enamoró perdidamente de una quinceañera con la que se casó y tuvo dos gemelos sordomudos; la madre murió en el parto y Montenegro, contrito, se metió en un convento de Padua y allí está acogido con su familia. Dicen que es un buen hombre, inteligente y culto y que no lo hace nada mal como prior; se le ha propuesto para dignidades de más alto rango.
Los ocho de la mesa se mostraron complacidos y nadie rechazó al candidato y se debatió hasta la saciedad su idoneidad como futuro sumo pontífice. A todos les gustaba porque a ninguno le gustaba demasiado. Era gallego pero un gallego atípico que pensaba en italiano y por ser de tantos lugares había dejado de ser de algún sitio concreto. Les gustaba de don Demetrio sus defectos y contradicciones, su elevada estatura, su espíritu decidido y franco, su violencia, su bonhomía, las dudas de su fe y su experiencia del mundo y sus pasiones.
-Puede hacer mucho bien a nuestra amada Iglesia -dijo uno.
-Y zanjar para siempre las diferencias entre Roma y Compostela -comentó otro.
-Será un pontífice de acción y después del reinado del casto Benedicto es menester que las ventanas se abran y penetre el aire nuevo -apostilló el tercero.
Las ocho dignidades se levantaron de la mesa satisfechas y se abrazaron y reconciliaron; después de años de diferencias volvían a ser amigas y Roma y Compostela sentían, hablaban y respiraban al unísono y sin estridencias.
-¿Habemus papa, señores? -preguntó Severino Piñeiro.
-¡Habemus papa! -contestaron a coro los ocho purpurados
La habitación se quedó en silencio y cardenales y obispos desaparecieron de mi campo de visión. Tuve conciencia de que la casualidad me había permitido conocer un secreto que sólo sabía la cúpula de la Iglesia y, por instinto, decidí no compartirlo con nadie.
Unos minutos después aparecieron Felipe IV y don Trinidad Escobedo. El tapicero real con una enorme tijera deshizo el respaldo del sillón y entre los dos me liberaron de la lente, el canuto y la trompetilla.
-¿Cómo resultó todo? -preguntó el rey.
-Muy mal -le contesté-. El invento de este señor ha resultado un desastre. Casi me muero: el ojo me lagrimea, tengo las nalgas tullidas, apenas he podido respirar y mis débiles y cortas piernecitas están tan entumecidas que creo que nunca podré recuperarme del todo.
Felipe IV miró con severidad a don Trinidad, lo echó con cajas destempladas y al día siguiente lo mandó a galeras.
-Pero ¿no oíste ningún nombre, algo que te llamase la atención? -inquirió el monarca.
-Un murmullo, señor; sólo escuché un murmullo.
Felipe IV me creyó y el asunto quedó zanjado y archivado y sólo de vez en cuando mi padre se quedaba absorto y me preguntaba, más curioso que preocupado: "¿Dé qué hablarían aquella mañana en palacio los ocho prelados? A partir de aquel momento cesaron las hostilidades entre Roma y Compostela y la paz reina desde entonces".
Durante meses acaricié mi secreto como un avaro acaricia sus monedas de oro. Tenía una información valiosa pero inútil y no sabía cómo rentabilizarla y sacarle partido. Conocía quién iba a ser el próximo papa, sí, pero, ¿para qué me servía haber sido un astuto espía? El plan fue surgiendo poco a poco y lentamente se fue configurando mi estrategia. Mezclé la venganza con el rencor y le brindé mi proyecto a Jesusita la Gallega. Al repasar mis sentimientos me percaté de que todos eran culpables y que ella era la única víctima y lentamente surgió el libelo como arma y la mentira como castigo atroz y contra todos. Mi adversario era la Historia y mi objetivo vulnerarla y torcerla. Escribí mi obra hurtándole horas al sueño y la puse en circulación poco a poco y con cuidado exquisito. El libelo, sor Margarita, es como un barquito de papel que confiamos a la corriente de un riachuelo y nunca sabremos si llegará al mar abierto y cruzará el océano. El libelista, si es bueno, deberá ser un hombre paciente y dedicar su vida a su proyecto. El hacer el mal también tiene su mística y la venganza es un sacerdocio, una carrera interminable. Algunas veces pensaba en don Demetrio Montenegro y me condolía por él y su destino. Seguí a distancia su brillante carrera eclesiástica y cuando se convirtió en el Patriarca de Venecia tuve la seguridad de que no había malgastado mi vida y que el barquito de papel había llegado al mar abierto y empezaba a cruzar el océano sin temor a las ventoleras. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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