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 CAPITULO XXXV - LOS LIBELISTAS

¿Es posible que no conozca su vida y el peso que tuvieron los obispos de Tuy, Mondoñedo, Lugo y Santiago en esta complicada historia? Han pasado muchas décadas y, además, hay datos que no figuran en los libros de Historia. Los Severinos eran cuatro, los cuatro obispos, los cuatro ateos, los cuatro fanáticos, los cuatro gallegos.

ENERO 2005

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXXV - LOS LIBELISTAS
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Nadie sabe cómo y por qué surge la vocación de libelista. Es una vocación singular, extraña, paradójica y contradictoria. ¿Es un escritor el libelista y es el libelo una obra de arte? ¡Por supuesto que sí! Mis maestros, mis padres adoptivos, eran excelentes autores de epigramas insultantes y llegaron a ser reputados asaltadores de la honra de los demás, magníficos injuriadores secretos. Mi señor don Francisco de Quevedo se transformó después de la muerte de su amante y se hizo amargo y vengativo y trocó la timidez por el desplante y la amabilidad por la altanería. Tengo que reconocer que mis padres fueron grandes insultadores pero, eso sí, sólo a tiempo parcial, de refilón, de vez en cuando, y todos acabaron en el insólito arte de la injuria por cuestiones de azar y mala suerte. Para ser un miserable excepcional hay que carecer de vanidad y no querer pasar a la Historia, ni siquiera a la historia de la Literatura. Es preciso sumergirse en ese mar de discreción que acoge a los autores desconocidos y protegerse bajo el parasol del anonimato perpetuo. A esa conclusión se llega si se parte de la premisa de que lo importante es la obra y lo de menos es el autor, sus circunstancias, sus señas de identidad, sus emociones y su periplo vital. El libelo, que es una de las bellas artes en el mundo oculto de los malditos, tiene como último objetivo, además de apuñalar la honra de los demás, cambiar el curso de alguna historia personal y el que cambie el rumbo de una vida influye en el devenir de toda la Humanidad. En cualquier manual de Literatura encontrará vuestra señoría una prueba irrefutable de lo que digo si consulta, al principio del libro y en la letra A de Alicante, el apartado de los poetas invisibles, los filósofos transparentes, los prosistas discretos y los ensayistas sutiles que se camuflan bajo el apartado general de los Anónimos. Allí, en los Anónimos, además de las obras maestras, habita el misterio y al laberinto que todo libro lleva dentro se le añade el enigma del nombre, rostro y hoja de filiación del autor. En ese lugar secreto se esconde el embrión de la duda, el motor que iniciará el lento caminar de los bibliófilos, la clave de la investigación que suscitará en el futuro el seguimiento de los lugares que habitó el autor desconocido, las mujeres que pasaron por su vida y los sitios en donde pudo haber estado. El libelo, salvo el nombre, nos describe todo del autor: su inteligencia, el esquema moral en que se mueve, sus pasiones más íntimas. El anonimato es una alternativa personal, algo que se elige conscientemente y para el que mata con la calumnia esa opción se convierte en coraza protectora. El libelo a veces miente y a veces dice una verdad desconocida y oculta, esa que nadie conoce y que a todos resulta escandalosa, y la pone en circulación para que se entere la feligresía; pero, eso sí, la publica trufada con datos falsos, porque la mitad de la verdad es la mayor y la más peligrosa de las mentiras. Y en ocasiones el libelo es un ejercicio de manos, el entrenamiento de un esgrimista, la humorada inteligente de un caballero sin corazón. Quise robarle a mi padre la autoría del Quijote, pero sólo fue por el placer de jugar con los cervantistas, con los plúmbeos exegetas de don Miguel; quise introducir en su discurso una duda razonable y desconcertante que les quitase el sueño y aportase a la aventura la brisa fructífera del desasosiego. Dígame, sor Margarita, ¿cree posible que este ser agonizante que tiene ante usted haya cambiado el curso de la Historia con unas cuartillas de papel y algo de inteligencia? Escogí ese camino porque cuando me miraba al espejo no me gustaba lo que veía y deseé vivamente ser otro y cambiar el curso de los acontecimientos que ocurrían ante mis narices. Mi origen es un enigma y mi identidad tiene la apariencia de un nombre supuesto, de un seudónimo, de un alias. Manuel Expósito y Expósito no significa nada, porque un servidor que viene de ningún sitio se dirige esta larga noche a ninguna parte; llamarse Manolo en un país donde media España vuelve la cabeza cuando se grita Manuel es sumergirse en la nada absoluta si como elemento diferenciador y como distintivo singular se le añade a continuación los apéndices de Expósito y Expósito. ¿Quién soy yo? Según mi relato un bufón, posible hijo natural de Felipe IV o de Miguel de Cervantes y de acuerdo con las aseveraciones del capitán Sánchez un peruano que denunció a su padre y propició que un asesino sin entrañas le diese un tiro en la nuca. ¿La verdad de la historia? ¿Quién miente aquí? Si yo fuese usted es posible que creyese a Sánchez. El capitán es la cordura y yo la fantasía, él es la ira y yo la indefensión, el iracundo militar tiene una vida larga por delante y yo las horas contadas. Sin su medicina el dolor sería insoportable y mis alaridos atronarían este inmenso y laberíntico edificio vacío. Mañana este lugar se llenará de trabajadores y convertirán este hospital en prisión y usted, sor Margarita, irá a cuidar a otros enfermos y a escuchar monólogos de moribundos a otro lugar lejano. Y yo ya estaré muerto porque el capitán habrá cumplido su promesa. La vida es así y no tiene remedio. Pero, continuemos si a vuestra señoría le parece. Al oficio de propalador de rumores además del odio me llevó el amor. Sí, no sonría. El amor, el profundo amor, la pasión desesperada que sentí por la única mujer que he querido en esta vida: Jesusita la Gallega. Todo lo hice para castigar a sus verdugos y para honrar su memoria. No fui cómplice ni del rey de España ni del papa de Roma y traicioné a Felipe y a la curia vaticana. Y, sobre todo, frustré los proyectos mefistofélicos de los Severinos. ¿No le he hablado nunca de los Severinos? ¿Es posible que no conozca su vida y el peso que tuvieron los obispos de Tuy, Mondoñedo, Lugo y Santiago en esta complicada historia? Han pasado muchas décadas y, además, hay datos que no figuran en los libros de Historia. Los Severinos eran cuatro, los cuatro obispos, los cuatro ateos, los cuatro fanáticos, los cuatro gallegos. Ellos y sólo ellos se sacaron del magín el gran cisma que hizo temblar a la curia vaticana porque Compostela tenía más fuerza que Roma y quería para sí la influencia que había generado el camino. Fue una partida de ajedrez entre maestros de la estrategia, entre gigantes del poder. Se intercambiaron mensajes y mensajeros y se revolvió Roma con Santiago. Roma no cede y Santiago resiste bravamente. Severino, el obispo de Lugo, lo propone en una reunión íntima: "El papa tiene que ser uno de nosotros y residir en Galicia, que es el foco más luminoso de la cristiandad". Severino, el de Tuy, reflexiona, mira al techo y asiente con la cabeza. El tercer Severino, el prelado de Mondoñedo, tiembla de pavor y se santigua siete veces como un cura loco y el cuarto obispo, el Severino de Santiago, sueña con coronarse papa algún día y se relame de gusto. Don Severino Piñeiro, ¿sabe usted?, tenía algo de gato y andaba, miraba y se relamía talmente como un felino. Los prelados llaman al de Olivares y le cuentan el proyecto. El conde duque se alarma y pregunta: "¿Lo sabe el rey?". "A medias, sólo a medias", le contestan los conspiradores. Roma se echa a temblar y formula la pregunta sin tapujos: "¿Cuánto quieren?" Y la contestación es contundente: "¡El poder!". ¿Se imagina, sor Margarita, el ir y venir de embajadores, correos, espías, observadores, asesores? Algunos cambian de bando y otros espían por la mañana para Roma y para Santiago por la tarde y se hacen, en un par de años, con un capitalito considerable, con una fortuna muy apañadita. El enfrentamiento de las dos capitales de la cristiandad es feroz y Dios, que está en medio, no sabe dónde fijar su residencia. La influencia de Compostela crece y la de Roma disminuye, es un pulso entre dos gigantes. En el trono de Pedro se sienta un hombre sin carácter y sumamente bondadoso: Benedicto XV. El desdichado es un desastre: bueno, honrado, decente, leal. Y creyente. El papa, asómbrese, cree en Dios sinceramente, con la fe del carbonero, y se pierde en su deambular místico por el laberinto de pasillos de San Pedro y ni entra ni sale en la lucha por el poder y si la curia labora y conspira, Benedicto ora, pero ora de la mañana a la noche, incansable, dejando sus menguadas fuerzas en su porfía personal con el Altísimo. Un hombre así es muy difícil de manipular y Fulgencio Benedetti, el cardenal más poderoso del Vaticano, trata de corromperlo y compra para él a Jesusita la Gallega, la mujer más bella del mundo. El papa no llega a conocerla y la rechaza con un gesto y Jesusita se esfuma, desaparece. Fructuoso Carrasco Bustamante, que empezó como espía de Roma y se pasó al grupo compostelano, idea la trama, la pone en marcha, seduce al rey, observa qué personas tienen influencia en el entorno del monarca y se topa en su deambular por palacio con doña Alonsita la Quijana y se echa a temblar porque valora con buen tino su influencia. ¿Por qué y quién ordenó su ejecución? Ahora, cuando medito tendido en esta cama, creo que a la Quijana la mataron por su discurso moral, por su bondad revolucionaria, acaso por aquella esquirla de santidad que tenía su desvergüenza, por su lucha para que todos alcanzásemos en el reino una cuota mínima de dignidad, aquella dignidad irrenunciable a la que teníamos derecho también las putas y los bufones. Hay discursos anacrónicos que se adelantan en el tiempo y el de ella fue pronunciado en el sitio indebido y en el momento más inoportuno. Se murió por las palabras superfluas, aquellas que sedujeron a don Miguel y que mi padre trasladó al caballero de la triste figura y que ahormaron el esqueleto del Quijote. Todos tuvimos arte y parte en la tragedia pero nadie fue responsable del todo y ni siquiera Felipe IV, el conde duque de Olivares o los inquisidores que la condenaron conocieron todo lo que influyeron en el suceso el Vaticano y los Severinos, sobre todo don Severino Piñiero y su eterna cantinela de que el Apóstol Santiago es el que manda en el cielo y que si los caminos se llenan de peregrinos por algo será. Roma, alarmada, matiza la pregunta y pregunta a los gallegos a la gallega. "¿Y qué entienden ustedes por el poder?" Los Severinos reflexionan, se reúnen, meditan, conspiran y formulan su deseo: "Queremos que el control de la cristiandad radique en Compostela o que el próximo papa sea gallego. Les damos a elegir". Olivares informa al rey y a Felipe le parece bien la idea. Un papa español en Roma sólo puede traerle beneficios y un papa italiano en Compostela significa tener cercado y a su merced al enemigo. Los conspiradores se encuentran en Madrid y, a última hora, deciden que la reunión será a puerta cerrada y secreta y que nunca, jamás, trascendería al mundo lo que allí se pactase. A Compostela la representan los cuatro obispos gallegos, los Severinos y a Roma, Benedetti y tres habilidosos cardenales florentinos. Felipe IV se queda fuera y la curiosidad y la angustia se apoderan de mi padre. Lo veo pasear nervioso por su despacho, está desasosegado y crispado y, de pronto, se percata de mi presencia y una sonrisa ilumina su rostro; me pide con el dedo que me acerque, me sienta en sus rodillas y me pregunta, como entonces y después de tantos años: "Manolito, hijo mío, ¿quieres ser el espía del rey?" ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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