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CAPITULO XLII - VIDA Y MILAGROS DE DON ESTEBANILLO DE PONFERRADA

 

El favor del público, sor Margarita, es como una droga y los que lo prueban y lo saborean durante un tiempo no pueden prescindir de él; no hay nada como el teatro.

AGOSTO 2005

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XLII - VIDA Y MILAGROS DE DON ESTEBANILLO DE PONFERRADA
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

El nacimiento literario de Estebanillo de Ponferrada inició mi decadencia y terminó con la vida de mi padre. Fue algo tan horrible y espeluznante que don Felipe IV no pudo soportarlo. ¿Se imagina usted, sor Margarita, que alguien le quitase su vida, descalabros, experiencias y le hurtase la memoria y le dijese que sus recuerdos son un plagio, que usted no es usted, que usted es otra sor Margarita que vivió hace siglos? Mi padre y yo nos convertimos en libros parlantes, pero en libros de un autor desconocido. Llegué a odiar a Estebanillo de Ponferrada y cuando leía el relato de sus crímenes me estremecí de terror, me percaté de que no tenía salvación y de que nadie ni en este mundo ni en el otro se atrevería a perdonarme, que aunque mi cuerpo estaba en este valle de lágrimas mi alma ardía ya hacía siglos en el fuego del infierno. Nuestro hundimiento fue muy lento, la catástrofe no sobrevino de un día para otro. El éxito del libro se produjo primero entre las élites culturales, entre las clases acomodadas, pero don Salustiano Carballo Carballeira hizo una distribución tan eficaz de la vida del pícaro de Ponferrada que pronto los pobres desnudos de América conocieron sus desdichas y se desternillaron de risa con ellas. El libro fue un alivio para los pecheros y siervos de la gleba, para los esclavos que trabajaban de sol a sol en las plantaciones y para los desamparados que se agolpaban en los suburbios de las grandes ciudades. El que sabía leer se lo bisbiseaba al analfabeto y éste se lo contaba de memoria a otro compañero de infortunio y así de boca en boca no quedó lugar ni rincón del Continente sin que llegasen noticias del Estebanillo de ficción que me había robado la existencia, que me había hurtado aquellos crímenes que tanto me había gustado y costado cometer.
Y entonces, un mal día, sobrevino el fracaso artístico. Los aplausos se convirtieron en abucheos y el público que nos había adorado se tornó hostil, insultante; la gente dejó de ser bondadosa y se hizo malvada. Primero fue un ¡fuera!, un ¡fuera! que sonó como un pistoletazo y después llegaron los insultos y las humillaciones. Nosotros, las estrellas del circo de don Pierino, los que habíamos hecho reír y llorar a toda América, éramos maltratados por el público, por aquel respetable que nos rechazaba violentamente y nos trataba sin misericordia. El favor del público, sor Margarita, es como una droga y los que lo prueban y lo saborean durante un tiempo no pueden prescindir de él; no hay nada como el teatro, como las candilejas y el silencio que se consigue cuando un actor pronuncia un discurso y tiene a una multitud pendiente de sus labios. Yo fui rey de España en las Américas y le juro, amiga mía, que fui un buen rey y al perder la sonrisa de los niños y el asombro de los viejos perdí de un solo golpe la cabeza y la corona. "Manolito, amigo mío, ¿por qué no nos quiere la gente?", preguntaba mi padre desolado y yo no supe qué contestarle. La respuesta la obtuvimos a los pocos meses. En los otros circos que cruzaban el Continente de norte a sur habían proliferado otros don Manolito y otros Felipe IV que contaban la vida y milagros de Estebanillo de Ponferrada. Y lo hacían mejor que nosotros, con más gracia, con otra preparación. Eran jóvenes que hacían juegos malabares, sabían tocar la trompeta y el violín y se movían ágilmente por la pista del circo. Padecimos aquel cúmulo de humillaciones durante años y, en ocasiones, pudimos distinguir entre el público a un enigmático Salustiano Carballo Carballeira que nos miraba con desprecio y nos arrojaba tomates y boñigas de caballo. "¡Fuera, fuera!", gritaba el tratante de esclavos. El último día que crucé unas palabras con él fue en Buenos Aires. El público había sido especialmente cruel con nuestra desdichada actuación y de una pedrada certera habían descalabrado a Felipe IV. Don Salustiano era el que iniciaba los improperios y coreaba las protestas de los bárbaros. Cuando terminó el espectáculo le esperé en la puerta de salida y le abordé con altanería:
-Don Salustiano, ¿no queréis saludarme? -le dije.
El miserable me miró con curiosidad y echó mano a su espada.
-¿Nos conocemos? -preguntó y después, al darse cuenta de con quién estaba hablando se echó a reír en mis narices.
-¡Ah, claro que os conozco! ¡Sois ese espantoso actor que acaba de hacer el ridículo! -exclamó bravucón y sin concederme ninguna importancia me apartó de su camino de un empujón, se arrebujó en su capa, se caló el chambergo y se alejó sin volver la cabeza.
Y ese fue, sor Margarita, el último día que vi al tratante de esclavos y el epílogo de nuestra amistad.
¿La actitud de don Pierino? Se portó bien, muy bien. Fue, como siempre, un hombre misericordioso. Nos convocó una tarde, nos mandó que nos sentásemos en unas banquetas, nos dio un puñado de castañas pilongas y nos habló sin tapujos pero con afecto.
-Creo, amigos míos, que ha llegado el momento de la retirada, ese instante inevitable que nos llega a todos los artistas de circo. Hay que dejar el puesto a otros y marcharse por el foro con una sonrisa en los labios. Así es nuestro oficio, unos van y otros vienen, porque el espectáculo debe continuar y no puede pararse un solo instante.
Al escuchar sus palabras nos quedamos estupefactos y entristecidos.
-¿Y qué será de nosotros? -preguntó don Felipe IV angustiado, muerto de miedo.
Don Pierino se levantó, le abrazó con afecto y le dijo:
-¡Oh, no os preocupéis, querido amigo! Este es vuestro hogar porque sois los únicos artistas que han conocido a mi tío abuelo don Pierino, al gran don Pierino, y en el lecho de muerte le prometí que nunca os echaría a la calle; mi pariente me hizo jurar solemnemente y colocando la mano sobre la Biblia que jamás, pasase lo que pasase, os dejaría abandonados delante de la puerta de un asilo como hacemos con los artistas jubilados, con los trapecistas que se tronchan una pierna, los enanos que crecen, las mujeres barbudas que se quedan calvas. El mundo del circo tiene que ser realista y pragmático para sobrevivir. El circo siempre es el mismo, hay en todo momento un trapecista, un hombre bala, la mujer más gorda del mundo, el traga sables, el faquir; y desde que vosotros hicisteis acto de presencia, una pareja que dice ser don Felipe IV y su bufón. Las tradiciones se establecen lentamente porque el público está compuesto por niños, ancianos y seres ingenuos y un poco atontolinados que creen en los farsantes. Ellos, el público, ponen la ingenuidad y nosotros el oropel de la fantasía. Aquí hay trampa y cartón pero no hay engaño, ni estafa, ni culpables. En el circo todos somos inocentes.
-Pero...¿acaso no es usted el don Pierino que nosotros conocimos? - me atreví a preguntar.
Nuestro benefactor me puso la mano en el hombro y negó con la cabeza.
-No, no; mi tío murió hace más de veinte años años. El relevo de todos los artistas que ustedes conocieron se fue produciendo poco a poco y, desde hace varias décadas, don Manolito y don Felipe IV son las atracciones más antiguas de América. Ustedes son los decanos de esta honrada profesión, los príncipes de los saltimbanquis.
La sustitución se produjo sin pena ni gloria. Otros don Manolito y don Felipe IV ocuparon nuestro lugar e hicieron punto por punto lo que nosotros habíamos vivido y representado durante tantos años y lo hacían, además, con los mismos parlamentos e idénticas palabras. En funciones de tarde y noche vi morir cientos de veces a doña Alonsita la Quijana y derramé entonces y con largueza las lágrimas que le debía. Dejamos de ser artistas para empezar a ser barrenderos, taquilleros, vendedores de golosinas. Felipe IV limpiaba mejor que nadie a los mulos, caballos, cebras y llamas del circo; el elefante barritaba con alegría cada vez que lo veía y el chimpancé le seguía y obedecía sus órdenes. Don Felipe IV era feliz con las bestias pero se hizo hosco e intratable con los seres humanos; apenas hablaba con nadie y sólo conmigo tenía confidencias y mantenía alguna conversación aislada: "¿Y quiénes dices que fuimos en el pasado?", me preguntaba a veces por la noche cuando, ateridos de frío, nos tapábamos con la misma manta en el carromato que nos acogía. "Fuimos, don Felipe, gentes principales, personas admiradas y temidas. Usted fue el rey de España y yo fui su bufón y matarife". Mi padre me escuchaba con atención y aunque casi siempre optaba por el silencio en ocasiones abría los ojos, soltaba una carcajada y decía a trompicones: "Sí, sí, es verdad, ahora recuerdo", y minutos después exclamaba con algo de melancolía: "¡Fue una locura vender a Jesusita!".
Un buen día don Felipe IV recuperó de sopetón la memoria y el habla. Pero, eso sí, recuperó una memoria falsa y su cerebro se pobló de seres y recuerdos de ficción que sólo existían en su imaginario descabalado, en sus fantasías de enfermo delirante. Dijo llamarse Zacarías Bermúdez y ser natural del lugar de Reinante, pequeña aldea de la provincia de Lugo; aseguraba que había sido tratante de ganado porcino, perito en jamones, exquisito degustador de caldos de nabizas y de lacón con grelos y devorador incansable de pan de mollete; afirmaba que le gustaba el pulpo con cachelos, la empanada de sardinas, los pajaritos fritos y oír el canto del cuco. Dijo ser hijo de un caballero medio tronado que se llamaba don Casimiro Bermúdez, de oficio destripador de terrones y sepulturero de ocasión y de doña Jesusa Carreño, mujer virtuosa y de su casa que le trató bien y le dio mucho cariño en su infancia. Don Felipe IV recordaba y recordaba y no paraba de recordar. Describió a sus hermanos Herminio, Generosa, Leopoldina, Adelaida y Estrellita, recitó de corrido la receta de la tarta de Mondoñedo, habló de su infancia feliz y de su juventud algo violenta y enumeró las peleas en que se enzarzaba a la menor ocasión con su primo Ramiro; dio noticias de su enlace con la joven tuerta, doña Azucena Riego Gelmirez y la furia que le entró, a pesar de que no la quería demasiado, cuando la vio yaciendo en el pajar con su vecino y amigo José Antonio Crespo Santurce y cómo los asesinó a los dos con su navaja cabritera. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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