
Don Fulgencio arqueó las cejas, miró a
sus colegas y formuló la pregunta que todos tenían en la punta de la lengua
y que nadie se atrevía, por pudor o por temor, a verbalizar en voz alta.
-¿Cómo podemos traicionar al papa sin quedar en evidencia ante el mundo que
nos observa y que espera de nosotros una actitud ejemplar en el terreno
moral? |
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ABRIL 2005

CAPITULO XXXVIII
- LA CIUDAD ETERNA
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
C uando los romanos cercaron la Ciudad
del Vaticano e intentaron tomar por asalto la Plaza de San Pedro, la curia,
capitaneada por un decrépito Fulgencio Benedetti que había cumplido ciento
cinco años, empezó a pensar que la violencia aquella podía desembocar en
algo más terrorífico que la muerte de un papa y decidió por unanimidad y a
espaldas de don Demetrio utilizar una vez más el recurso infalible de la
traición, e igual que el buen galeno amputa el brazo gangrenado para salvar
la vida del enfermo, los componentes del sacro colegio llegaron a la
conclusión de que la paloma se había equivocado al posarse sobre la testa
del gallego y que sería bueno para todos que el Espíritu Santo levantase el
vuelo y anidase en otra cabeza más grata a la feligresía romana.
-El pueblo pide sangre y habrá que dársela con largueza -dijo don Iván
Puertopríncipe, el elegante cardenal veneciano.
Don Fulgencio arqueó las cejas, miró a sus colegas y formuló la pregunta que
todos tenían en la punta de la lengua y que nadie se atrevía, por pudor o
por temor, a verbalizar en voz alta.
-¿Cómo podemos traicionar al papa sin quedar en evidencia ante el mundo que
nos observa y que espera de nosotros una actitud ejemplar en el terreno
moral? -dijo, musitó más bien, con una voz vacilante que no se correspondía
con su mirada de anciano iracundo que se hace cargo del timón ante la
tormenta que se avecina en el horizonte.
El exquisito y algo amanerado Puertopríncipe abrió una diminuta cajita de
rapé, tomó una porción minúscula de tabaco y lo inhaló con delectación, miró
después a sus compañeros de conclave y, consciente de la expectación
despertada, exclamó:
-¡Dejándole hacer su voluntad!
Y como ante los gestos de asombro y las miradas de desprecio de sus ilustres
compañeros se percató de que su comentario había parecido una
inconveniencia, continuó con el uso de la palabra sin que nadie osase
interrumpirle y, a los pocos instantes, los rostros ceñudos se tornaron
caras sonrientes, desapareció la hostilidad que se había adueñado del
ambiente y las lanzas amenazadoras se transformaron en inocentes y
acogedoras cañas.
-Eminencias, el pueblo romano no es un pueblo cualquiera; el pueblo romano
forma parte importante de la cristiandad y él es el que vertebra nuestras
creencias y da consistencia a nuestra fe. Sin esa gente, sin esa muchedumbre
que pide a gritos la cabeza de un pontífice porque cree, con una mezcla
morbosa de ingenuidad y malicia, que se trata de una papisa, de una
enigmática e imaginaria doña Leonor, la Iglesia no sería nada y no habría
podido sobrevivir a tantos siglos de conspiraciones, asesinatos y
componendas; ese conjunto patético de desharrapados es el coro, el que
soporta el peso del drama de la Iglesia; esos miserables sin ética, que son
la hez de la humanidad, representan el océano embravecido para unos y la
brújula que guía y evita el hundimiento de la nave para otros. Tienen la fe
del carbonero, la que a nosotros nos falta, y vienen armados hasta los
dientes con los sermones que vuestras eminencias predican. Ellos, como son
simples e ignorantes, no entienden de sutilezas ni de claroscuros y su forma
de expresión es la violencia, su lenguaje es la ira, su arma el asesinato,
su última razón el fuego purificador. Sin esta ciudad que llaman eterna el
cristianismo habría desaparecido hace cientos de años; en su destemplanza es
donde encontramos nuestra fortaleza y ahora esa muchedumbre está llamando a
las puertas del Vaticano porque quiere remediar nuestras faltas y cometer el
crimen que nosotros no nos atrevemos a afrontar porque nos asusta el color
de la sangre. Sé que ellos tienen el pulso firme y que sabrán librarnos a
todos de un papa equivocado. Dejemos que lo hagan y después, cuando acudan a
nosotros contritos y arrepentidos, démosles la absolución y que las aguas
vuelvan a su cauce y que la Historia siga su curso pues aquí, en Roma, en la
capital del mundo, en la ciudad eterna, no habrá pasado nada.
Las reacciones a la propuesta del veneciano fueron variadas y crípticas. Un
anciano purpurado carraspeó, otro, más joven, se tocó con ostentación la
oreja derecha, dos miraron para otro lado, el antiguo obispo de Verona
pensó: "¡Qué canallada más sublime!" y don Niceto, sordo como una tapia,
preguntó: "¿Qué dice ese señor con tanta prosopopeya?" Ninguno de los
miembros de la curia dio su aprobación pero nadie se opuso y la reunión fue
languideciendo porque cada purpurado, ensimismado y a solas con sus
reflexiones, interpretó que el que calla otorga y que un silencio bien
administrado puede significar más que un sermón interminable. Poco a poco la
sala se fue vaciando y a los pocos minutos Benedetti se dio cuenta de que se
había quedado traspuesto primero y solo después; se levantó con dificultad,
tomó su bastón de empuñadura de plata y se dirigió por el dédalo de pasillos
a sus habitaciones y mientras caminaba hizo planes para las próximas
veinticuatro horas, porque un hombre que ha cumplido cien años si de algo
carece es de futuro y él, que lo sabía, no quería que le sorprendiese la
muerte con cartas sin contestar y asuntos pendientes de resolver.
-En fin, creo que tomaré un baño caliente, cenaré una manzana reineta y
mañana, sin prisas, me iré al campo a descansar porque Roma no es una ciudad
grata en esta época del año.
Y como colofón y sin venir a cuento exclamó:
-¡Nunca me gustó la violencia y el crimen me repugna por antiestético!
A trescientos metros en línea recta de donde había tenido lugar la reunión
de los príncipes de la Iglesia, concretamente, en las estancias privadas de
Benedicto XVI, las luces permanecían encendidas y las mentes despiertas y
alerta. Don J. de Candelucus, en un diminuto despachito, velaba rodeado de
papeles y documentos y trataba de desentrañar el misterio que le había
tenido ocupado los últimos meses. El saber quién había sido el artífice de
la conspiración carecía ahora de importancia porque el papado naufragaba y
peligraban la vida de todos los que permanecían alrededor del pontífice,
pero él, y sobre todo su viejo amigo el señor de Montenegro, no quería irse
al más allá sin conocer la identidad de la persona que les había asestado
tan cruel puñalada con tantos lustros de adelanto. Los hijos gemelos de
Benedicto XVI, don Isidro y don Brito, dormían en el gabinete de su padre,
Candelucus se echaba, cuando el sueño le agotaba y se le cerraban los ojos,
en un jergón de su despacho y una veintena de lucenses leales que habían
acompañado a don Demetrio Montenegro en sus idas y venidas por el mundo y
navegado a sus órdenes y bajo sus banderas, defendían las puertas de entrada
armados con el afecto que sentían por su capitán y reforzados con espadas y
arcabuces. Aquel grupito de leales era el núcleo duro de lo que había sido
un papado sin historia y en el que había naufragado un enigmático corsario
que había amado mucho, matado con exceso y vivido con desmesura y al que el
azar y una paloma que había perdido el norte habían hecho papa de Roma
contra su voluntad. Don Demetrio, afeitado y sin melenas, tenía el rostro
surcado por profundas cicatrices y si el ojo postizo parecía mustio y sin
brillo el otro, el bueno, estaba más vivo que nunca y refulgía como un faro
en la oscuridad. Don Demetrio de Montenegro y Carpio, que sabía que iba a
morir sin remedio, tenía la grandeza de los almirantes y planteaba,
nostálgico de la inmensidad del océano, su última batalla como una batalla
naval e imaginaba que aquellas estancias eran un navío con las velas
desplegadas, los cañones preparados y la marinería en perfecto estado de
revista, a punto de iniciar la última singladura, la que le permitiría
ganar, al fin, un mar nuevo, abierto y sin escollos. El papa reunió a sus
menguadas fuerzas y les dio las gracias con voz tonante en la que, a su
pesar, palpitaba la emoción y se disimulaba una pizca de ternura.
-Amigos, en esta ciudad sin mar todo se ha perdido, incluso el honor. Hemos
estado juntos en cien batallas y ahora el destino quiere que demos la vida
por un asunto absurdo, por la falacia de un enemigo desconocido que oculto
en la niebla nos tendió una trampa de papel, nos hirió con un rumor y nos
apuñaló con una literatura. La vida y el mar son así. El que quiera
marcharse que lo haga ahora, a pleno sol, sin disimulo, con la cabeza alta,
orgulloso de haber sido un hombre leal, y el que se quede a mi lado que se
prepare para morir, que rece si sabe o quiere hacerlo antes de hundirse con
el barco y su capitán, porque nadie de los que permanezcan en estas
estancias sobrevivirá al próximo abordaje de ese enemigo que nos espera
agazapado en las sombras y que, tenedlo por seguro, no nos dará cuartel
porque en su corazón habita un odio extravagante que sólo extinguirá la
muerte del papa.
Todos le escuchaban con respeto y veneración, algunos no podían reprimir el
llanto y unos pocos miraban al cielo y elevaban un puño cerrado a las
alturas en un gesto amenazador que tenía mucho de blasfemia desesperada.
Candelucus se escabulló y se enclaustró en su diminuto despacho. El tiempo
apremiaba y necesitaba saber porque, antes de retirarse a descansar en los
libros de Historia, don Demetrio quería conocer la identidad de su asesino.
Repasó, una vez más, la lista de los posibles culpables. La relación de mil
nombres se había quedado, en principio, reducida a quinientos. Todos los
descartados tenían una coartada coherente y habían acreditado su inocencia.
Los quinientos sospechosos pasaron por un nuevo tamiz y la lista definitiva,
la que ahora tenía en la mano don Jota, era de un centenar de posibles
agresores. Cualquiera de los príncipes, nobles, políticos, artistas,
escritores o religiosos que figuraban en el memorando podía haber puesto en
circulación el rumor y compuesto el libelo. Todas aquellas gentes, la
mayoría fallecidas hacía años, podían haber lanzado el puñal que acabaría
con la vida y la honra de Benedicto XVI. Don J. de Candelucus quiso ver sus
caras una vez más y se asomó nuevamente a la ventana de la Historia, tomó el
cartapacio que contenía las cien caricaturas que había dibujado don Diego de
Velázquez y repasó una a una sus jetas patibularias, los rostros que el
pintor sevillano había enriquecido con sus vicios más ocultos, con sus
sonrisas más enigmáticas, con sus perversiones más íntimas. ∆ |