
"Sor Margarita, perdóneme; sí, sí, soy
culpable, yo señalé al anciano y lo mandé al paredón", pero los hechos no
ocurrieron así y por eso puedo gritar de una forma rotunda, vibrante: ¡soy
inocente! Lo juro. Pero, en el fondo, que más da morir por un crimen u otro. |
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SEPTIEMBRE 2004

CAPITULO XXXI
- ¡ANTE USTEDES DON FELIPE Y DON MANUEL!
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
L o peor de mi estado, sor Margarita,
es que no me puedo rascar la nariz. El capitán Sánchez, que es un torturador
avezado, primero me rompió las piernas y después reflexionó un instante, se
atusó el bigote, me observó con la misma mirada que ponen los pintores para
analizar sus cuadros, carraspeó y le dijo a sus ayudantes: "¡Esto hay que
mejorarlo!", y me rompió los dos brazos en un santiamén. Sánchez es un
hombre concienzudo y lo que puede hacer hoy no lo deja para mañana. Los
machacó con un martillo y me prometió entre risotadas que aquello era sólo
el principio. Su amigo es un sádico que disfruta con el dolor ajeno y un
servidor reconoce en él a un hermano de perversión, a un alma gemela. A
gritos me acusó de ser un miserable, un señalador de víctimas, un confidente
que indica con el dedo a quién hay que matar y a quién no, un experto en
mandar a la gente al más allá. El capitán Sánchez tiene razón, pero sólo en
parte. Yo, a lo largo de mi vida, denuncié a mucha gente pero no a su padre.
Se lo juro. Traicioné a mis amigos, mandé a la hoguera a personas inocentes,
pero a su señor padre ni le conocía; es más, nunca, jamás, había oído hablar
de él. Me enseñó el retrato de un anciano y gritó: "¡Esta es tu víctima,
cabrón; mírala, mírala con atención!" y yo la miré y le contesté algo que,
como parecía una burla, le sacó de quicio: "Oiga, mi capitán, perdone, pero
no caigo". El difunto se trataba de un anciano de porte distinguido aunque
bajito, de una elegancia un poco pueblerina, peinado para atrás, bien
rasurado, bizco, creo, del ojo diestro; don Eulogio, que así se llamaba el
progenitor del capitán, estaba sentado en una silla carmesí y miraba
directamente al retratista. Me encogí de hombros y ratifiqué mi comentario
anterior: "¡No caigo!" Él, enfurecido, me golpeó sin clemencia y después a
mano, personalmente, utilizó el martillo y me dejó lisiado e inútil y un
bufón lisiado, lo sé desde que nací, es un bufón absurdo y sin sentido, un
bufón muerto ¿Cree que miento? Reflexione, querida amiga: ¿por qué motivo
iba a hacerlo? Esta noche le he confesado crímenes horrendos y deslealtades
que deshonrarían a cualquier ser humano. No tengo honor; lo perdí en mi
juventud al traicionar a las mujeres que quería y a los grandes hombres que
me habían acogido como a un hijo. Si Sánchez estuviese en lo cierto, yo,
ahora, en este instante, le miraría a los ojos y diría: "Sor Margarita,
perdóneme; sí, sí, soy culpable, yo señalé al anciano y lo mandé al
paredón", pero los hechos no ocurrieron así y por eso puedo gritar de una
forma rotunda, vibrante: ¡soy inocente! Lo juro. Pero, en el fondo, que más
da morir por un crimen u otro. Esta injusticia tiene la belleza de las
paradojas y si muero por algo que no he cometido compenso, tal vez, el mucho
mal que hice en mi vida interminable. Cambiemos de tema si le parece: ¿Puede
su señoría suministrarme una dosis más de su maravillosa medicina? Me quita
los dolores, me excita y espabila mi memoria adormecida. ¿Por dónde íbamos?
Ah, sí, por la llegada al paraíso y a la felicidad, o sea, por lo más
granado de mi biografía, por lo mejor que me ha sucedido en la vida. ¿Que
cómo era don Pierino? ¿Se refiere usted a su aspecto físico? Era parecido a
sus retratos pero, al mismo tiempo, absolutamente diferente. Los artistas lo
habían pintado más por dentro que por fuera; habían sacado al exterior su
bondad y su fantasía y habían ocultado su enorme cabeza y un cuerpo más
ancho que alto; parecía nuestro benefactor un hombre vuelto del revés, un
ser monstruoso que producía asombro y un poco de miedo hasta que se le
conocía y se le trataba; entonces su fealdad desaparecía y don Pierino se
tornaba en un ser delicado, casi etéreo; se transformaba en una criatura
inocente que creía en la farsa, en el teatro, en la vida nómada, en la
aventura.
Le encontramos, en nuestro primer paseo por el campamento, pintando unas
sillas de enea.
-Alteza, ¿qué tal ha descansado? -me preguntó con jovialidad.
-Muy bien, don Pierino. Como un rey.
-Me alegro. Estoy pintando sus tronos -y señaló las sillas brillantes de
purpurina.
Felipe IV se acercó, las miró con curiosidad y exclamó entusiasmado:
-¡Son preciosas!
En aquellas sillas de enea mi padre y yo estuvimos sentados durante décadas
recitando los parlamentos, interpretando con honestidad y realismo nuestro
papel. Don Pierino en persona colocaba los tronos en medio del escenario,
hacía una reverencia y pronunciaba un discurso muy sentido y sentimental,
una perorata que como era siempre la misma acabó desembocando en una rutina
confortable, en una monotonía alimenticia y acogedora, en una tradición
respetable, en un tedio sin sorpresas; o sea: en el preludio de la
felicidad.
-Y ahora, distinguido público, y procedentes de las lejanas tierras de
España, del centro mismo de la ciudad de Madrid, del lugar en donde se toman
las decisiones que afectan a los habitantes del universo, tengo el honor de
presentarles a ustedes a don Felipe IV y a su bufón e hijo natural, don
Manolito Expósito y Expósito.
En aquel momento el presentador hacía una pausa, respiraba hondo, observaba
al público de campesinos que le miraban con la boca abierta, se movía
lentamente por el escenario, bajaba la voz hasta convertirla en un murmullo
confidencial y continuaba el monólogo:
-Estos grandes hombres han cruzado el océano y pasado mil penalidades para
estar hoy aquí, en la bonita aldea colombiana de Ajosucio, y vienen para
contar su historia y su verdad y a compartir con nosotros sus experiencias
vitales. Son personas principales que figuran en las crónicas, aparecen en
los libros de caballería y entran y salen de los romanzas de ciego y de los
pliegos de cordel como Periquillo por su casa. ¿Por qué están entre
nosotros, se preguntarán ustedes? Su objetivo es claro y contundente:
pretenden poner a cada uno en su lugar y a la Historia en su sitio. Vienen
decididos a desenmascarar a los traidores, a señalar a los pérfidos, a
liberar a los cautivos, a entretener a los aburridos y a acercar a las
gentes sencillas el esplendor de los palacios y la magnificencia de los
grandes salones; vienen a contarnos cómo viven, sufren y mueren los
príncipes, los reyes, los padres de la patria, los caballeros andantes, los
escritores sublimes, los grandes poetas.
Don Pierino abandonaba el tono confidencial y afrontaba con decisión la
recta final de la presentación.
-Pido un aplauso atronador para ellos, un aplauso que se oiga en toda
Colombia y cuyos ecos lleguen, incluso, a la lejana España. ¿Están los
distinguidos habitantes de Ajosucio preparados para recibirlos con el cariño
y dignidad que nuestros ilustres huéspedes se merecen?
Sonaba un sí desvaído que don Pierino se negaba a admitir.
-¿Están vuestras señorías indispuestas o carecen de fuerzas? ¡Despierten y
sean más corteses y educados con nuestros grandes hombres! No oigo el sí del
respetable público que quiero escuchar; necesito un sí más vibrante, con más
fuerza, más convincente. ¿Quieren ustedes conocer a los padres de la patria?
¿Sí? -preguntaba don Pierino.
-¡Sí! -contestaban los ajosucienses con un poco más de entusiasmo.
Y entonces nuestro benefactor se adelantaba unos pasos, abría los brazos,
cerraba los ojos y exclamaba:
-¡Ante ustedes don Felipe y don Manuel!
Y nosotros aparecíamos precedidos de un redoble de tambor y de una
prolongada ovación. La emoción del teatro es como el vértigo del poder; es
tan gratificante y parlanchina como esa droga que saca usted de su botiquín
y que con tanta generosidad me suministra. El aplauso convierte a un enano
en un príncipe, lo eleva, lo dignifica, da sentido a sus miserias y lo
transforma en un ser gigantesco y sublime. Salíamos a escena cubiertos de
bellísimos ropajes y tocados con coronas y gorros estrambóticos y
recitábamos nuestro papel con desenvoltura. Hacíamos de nosotros mismos y
cada día lo hacíamos mejor. La farsa nos permitía corregir errores, dar
marcha atrás, perfeccionar nuestras vidas, dejar de ser lo que habíamos sido
para convertirnos en lo que nos hubiese gustado ser. Mi padre fue el mejor
rey de guardarropía que vieron los siglos. Fue justo, clemente, equilibrado,
bueno. El público lloraba al escucharlo y entre bambalinas don Pierino y
todos los miembros de la compañía sollozaban, se miraban unos a otros y
exclamaban: ¡Qué cómico, qué carácter, qué maravilla! Yo le acompañaba y le
daba la réplica pero el protagonista era él. Hicimos desfilar por los
escenarios de América a todas las personas que habíamos conocido en el
pasado. Hicieron acto de presencia don Miguel, don Diego, don Lope y don
Vilian Siesper el Inglés. Resucitamos a las componentes de la casa de doña
Alonsita la Quijana y, después de tantos años, se escucharon en pueblecitos
ignotos las canciones de la Monsergas, las confidencias de la Abadesa, las
palabras de amor de doña Palencia, los chistes de la Guarri, las
desvergüenzas de la Sieteligas. Regresó del más allá para enseñarme
matemáticas mi amigo y maestro don Francisco de Quevedo y Villegas y
nuevamente escuchamos los suspiros del genio y las carcajadas de su adorada
Bibianita. Qué bonito es volver, sor Margarita, qué consolador es el
recuerdo. El teatro me hizo feliz porque me permitió vivir dos veces. Sólo
yo y mi padre, don Felipe IV, tuvimos el privilegio de dar marcha atrás para
remediar injusticias y solucionar agravios. Pedimos perdón a todas nuestras
víctimas y miramos cara a cara a todos los damnificados. Y también apareció
de entre los muertos Fructuoso Carrasco Bustamante, por mal nombre
Torquemada Chico, el dominico aquel que originó con su propuesta la
tragedia, la perdición de un rey y las desdichas de un bufón. Regresó el
nefasto dominico con sus buenos modales, su sonrisilla de traidor y su
taimada propuesta: ¿Quiere, su majestad, obtener el perdón de todos sus
pecados y garantizarse una espléndida y regalada vida eterna? ∆ |