
"Este es el bufón", dijo el mandado, y
me colocó a dos palmos de las narices de don Faustino. El anciano levantó la
mirada de un pergamino, se quitó los lentes, los introdujo en una funda de
cuero gastada y me analizó con detenimiento durante un minuto interminable:
"¡Vaya, vaya, con don Manolito el bufón! |
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NOVIEMBRE 2004

CAPITULO XXXIII
- EL PRENDIMIENTO DE LA QUIJANA
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
Pude
haberme negado, pero no lo hice; es más, acepté inmediatamente sin oponer
resistencia, dije sí en cuanto me lo propuso el inquietante dominico con
palabras tan claras que no ofrecían lugar a ninguna duda razonable, a
ninguna coartada ambigua a la que asirse después, cuando la conciencia
hiciese reproches a deshora. "¿Has entendido lo que esperamos que hagas?",
me preguntó y yo le contesté sumiso: "Perfectamente, don Fructuoso". Felipe
IV me mandó llamar y me preguntó: "Manolito, responde: ¿estás enterado de
todos los detalles y sabes de memoria lo que tienes que decir y cómo tienes
que actuar?" Afirmé con la cabeza y él me despidió con un gesto despectivo.
Todo lo contrario me ocurrió con don Faustino Gutiérrez, el gran inquisidor.
Me llevó ante él un gigante que le servía de recadero y que me cogió como un
fardo, me adosó debajo de su brazo y me depositó delante del inquisidor y
encima de una enorme mesa de caoba repleta de documentos. "Este es el
bufón", dijo el mandado, y me colocó a dos palmos de las narices de don
Faustino. El anciano levantó la mirada de un pergamino, se quitó los lentes,
los introdujo en una funda de cuero gastada y me analizó con detenimiento
durante un minuto interminable: "¡Vaya, vaya, con don Manolito el bufón!",
dijo sin perderme de vista, introdujo su mano izquierda en un cajón del
escritorio, tomó unas monedas y me las entregó sin mediar palabra; el fámulo
volvió a levantarme como si fuese un objeto y me devolvió, sano y salvo, a
la salita de los bufones del Palacio Real. Creo, aunque eso lo pensé mucho
más tarde, de viejo, que con aquella acción don Faustino me había enviado un
mensaje explícito y nada críptico y, por el mismo precio, una amenaza y el
pago de un servicio. En un rincón conté las monedas y, al percatarme de que
poseía una pequeña fortuna, las escondí en el fondo de la faltriquera y me
sentí muy a gusto con la decisión que había tomado. Me compraría, me dije,
un jubón verde, un pañuelo de fantasía, un espadín y unas espuelas doradas.
Las monedas eran de plata bruñida, brillantes, nuevecitas, redondas, sin
usar, perfectas y, qué casualidad, eran, exactamente, treinta piezas que
refulgían como brasas incandescentes. Nunca tuve monedas tan bellas como
aquéllas.
Tres días más tarde un centenar de guardias, policías e inquisidores guiados
por mí tomaron al asalto la casa de doña Alonsita la Quijana y detuvieron a
la dueña y a todas sus pupilas. Fue un acto atroz y violento, un acto de
guerra, que no me desagradó en absoluto y del que me sentí orgulloso durante
unos pocos años. Allí y entonces me gradué de miserable y me doctoré de
canalla redomado. Les guiaba por un dédalo de pasillos señalando puertas
camufladas, pasadizos secretos, entradas reservadas. Las cogimos a todas en
feliz coyunda con los clientes habituales más fieles, los de las cuatro de
la tarde, los de la siesta. La casa a esa hora era un remanso de paz y cada
mujer se encamaba con su pareja favorita porque en aquella parte del día
cada cual era dueña de su cuerpo y de su tiempo. Recuerdo que Bibianita
estaba con Quevedo, la Guarri con don Leoncio el canónigo, don Miguel de
Cervantes dormitaba en el lecho de Pascualilla, la Calores se dejaba peinar
con parsimonia por don Diego Velázquez , la Monsergas fornicaba con un primo
suyo de Valladolid, Lope roncaba placidamente en el cuarto de Merceditas y
la Santita, desnuda y bella, recibía clases de preceptiva literaria del
señor de Góngora y Argote. Doña Alonsita la Quijana estaba en su despacho
revisando papeles; sin peluca y sin postizos parecía un espectro centenario
y cuando me vio sonrió y dijo: "Hola, Manolito", pero la sorpresa y el temor
aparecieron en sus ojos cuando se percató de la presencia de la soldadesca.
Un inquisidor la cogió por el pelo y la tiro al suelo, un guardia le dio un
puntapié a la mesa y plumas y tinteros volaron por los aires; doña Alonsita,
con la cara manchada de tinta, casi calva, flaca y desdentada parecía un
espantajo cuando me preguntaba con la mirada qué estaba ocurriendo en su
casa, el porqué de toda aquella violencia atroz y gratuita.
Entramos como fieras y como fieras nos comportamos todos. A los clientes se
les respetó la vida y se les puso en la calle después de golpearlos sin
miramientos e insultarlos a conciencia. ¡Inmorales, sois una pandilla de
inmorales y arderéis como troncos de castaño en los infiernos del Dante!,
decía un dominico diminuto y afeminado con voz chillona; ¡pervertidos!,
gritaba un teniente de alabarderos que zurraba a diestro y siniestro y yo,
mientras tanto, disfrutaba, reía, saltaba, señalaba y denunciaba: "¡Esta,
ésa, aquélla, y la otra también!" Cervantes perdió un diente, a Góngora le
troncharon el brazo siniestro, don Lope renqueó para siempre por la paliza
recibida y una cicatriz violácea y rufianesca cruzó desde entonces el rostro
de mi señor don Francisco de Quevedo y Villegas.
El arrepentimiento vino después, con los años y las miserias; la reflexión
tuvo lugar más tarde en el largo y duro camino del exilio, pero mientras
ocurrían los acontecimientos la violencia aquella me parecía hermosa y la
traición me hacía inmensamente feliz. El griterío, el olor de la sangre, la
destrucción, el estreno de mi perversidad, excitaban mis sentidos y me
proporcionaban una sensación de plenitud que aún recuerdo con agrado. A
cualquier sitio donde se dirigiera la mirada habitaba el espanto. Violaron
durante horas a las treinta y siete mujeres y hasta a doña Alonsita, que era
doncella, la desfloró un chusco policía para provocar las náuseas de sus
camaradas. Los inquisidores, con más saña y afición que los militares,
cabalgaron a mis amigas hasta quedar exhaustos y después las ataron a las
camas y las azotaron con virtuosismo de experto. Se rasgaron cuadros, se
vaciaron baúles, se buscaron los objetos de valor y cada cual arrampló con
lo que pudo. Afuera, en la calle, la gente se arremolinaba y la noticia iba
de boca en boca: "Han detenido a las putas y están desvalijando sus
pertenencias". "La consejera del rey, doña Alonsita, ha caído en desgracia".
"Dicen que las coimas hacen juegos malabares y saben levitar porque han
hecho un pacto con el Diablo". "El responsable de la escabechina ha sido el
Conde Duque de Olivares".
En el momento en que metieron a doña Alonsita y a sus pupilas en los coches
el griterío se hizo ensordecedor y soldados e inquisidores miraron para otro
lado cuando la muchedumbre tomó por asalto la casa de la Quijana y se llevó
los restos del naufragio; alguien prendió fuego al inmueble y nadie movió un
dedo para apagar el incendio que convirtió en cenizas el viejo caserón que
había albergado durante varios siglos a catorce generaciones de honradas
meretrices; todos mirábamos las llamas con una satisfacción misteriosa y
malsana; Felipe IV lo hacía desde detrás de los visillos de su gabinete,
tratando de acallar, tal vez, la voz de su conciencia; el conde duque oteaba
las llamas con un pequeño catalejo desde un ventanuco de su despacho y a
salvo de miradas indiscretas; mi madre, doña Maribola, abría la boca y
lloraba dulcemente y alguien le oyó decir: "Y, ahora, ¿qué será de mis
pobres amigas?"; Cervantes, Lope, Quevedo, Velázquez y Góngora, maltrechos,
heridos, apaleados y medio muertos, observaban abrazados el drama, hipaban
de dolor e indignación, temblaban de miedo, se daban calor mutuamente y
compartían llorosos el final de la tragedia de la que habían sido testigos
de excepción; estaban inconsolables y, aunque todavía no tenían conciencia
de ello, habían cambiado la honesta necesidad de los artistas por la feroz
miseria de los pobres de solemnidad, porque de un solo golpe, de un plumazo,
el destino les había dejado huérfanos y la ventolera, aquélla que se llevó a
don Vilian Siesper a las Islas Británicas, regresó a Madrid para
arrebatarles todo cuanto tenían: un lugar discreto donde escribir, una mujer
hermosa a quien amar, un lecho donde dormir a pierna suelta, una sopa
sustanciosa que llevarse a la boca y la afectuosa amistad de una mujer
ingenua que perseguía, cuando la vida se lo permitía, la dignidad.
Las obras en la villa de Madrid duran lustros e incluso décadas, pero en
aquella ocasión la excepción confirmó la regla y los trabajos se hicieron
con sorprendente celeridad. Desde la ventana de la salita de los bufones
veía trabajar a las brigadas de obreros que laboraban de la mañana a la
noche sin un minuto de descanso. Derribaron los restos de la casa de doña
Alonsita, eliminaron el pasadizo secreto y los jardineros reales plantaron
una alameda en el enorme solar, alameda que don Felipe IV y un servidor
llegamos a ver bella y frondosa y juntos la recorrimos arriba y abajo
durante cuarenta años y nunca, jamás, volvimos a mencionar en nuestras
conversaciones íntimas lo felices que habíamos sido en casa de la Quijana.
--¿Quieres asistir a los interrogatorios de tus amigas? -me preguntó el rey
una semana después de la detención de las desdichadas mujeres.
--No -contesté- tengo que preparar mi actuación para no decepcionar a su
majestad.
--Olivares, Fructuoso y los cuatro obispos grandes de España, los Severinos,
están muy contentos contigo; dicen que has cumplido tu papel como un gran
actor y que has sido un guía espléndido en la casa de lenocinio. La redada
fue un éxito gracias a tu colaboración.
Me sentí orgulloso y le agradecí a mi padre sus amables palabras. Por fin
sabía quién era yo y a dónde quería llegar. Mi patria era la maldad y en la
maldad me complacía, pero como era ambicioso y mis aspiraciones no tenían
límite intuía que tendría que esforzarme para conseguir la excelencia, para
desembocar algún día en la perversidad más abyecta, en la más retorcida y
pérfida villanía. No sabía entonces que mis libelos cambiarían el curso de
la Historia y que con la pluma haría más daño que con la navaja y el puñal.
Iniciaba entonces mi carrera de asesino y me sentía satisfecho de mi
comportamiento impecable. Había mirado a los ojos de don Miguel de Cervantes
Saavedra cuando le daban de palos los asaltantes, no había defendido a mi
maestro don Francisco de Quevedo y Villegas cuando un guardia le rajó la
cara con un estilete, había señalado a don Félix Lope de Vega y Carpio para
que conociese el martirio de la violencia, había recomendado muy vivamente a
don Diego de Silva Velázquez para que un torturador le zurrase sin
clemencia, había indicado a don Luis de Góngora y Argote y gritado:"¡que no
escape el maldito!" y me había complacido con la contemplación de su
apaleamiento y, sobre todo, había sido el artífice de la detención de doña
Alonsita y sus pupilas y ya sabía entonces que mi perjurio, mis palabras
falsas, las llevarían a la tortura primero, al juicio ignominioso después y,
finalmente, a la muerte en la hoguera. ∆ |