Revista Fusión

15 años Revista Fusión

 Subscripción RSS

FUSION también eres tú,  por eso nos interesan tus opiniones,  tus reflexiones y tu colaboración  para construir un  mundo mejor

Recibe nuestras noticias en tu correo


 PERDIDOS EN LA MAR OCEANO

 

Cuando desembarcamos, tanto mi padre como yo nos hincamos de rodillas en el puerto de La Habana y, mirando al cielo, dimos gracias a Dios por haber conseguido llegar a tierra española sanos y salvos.

MARZO 2004

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 PERDIDOS EN LA MAR OCEANO
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR


Salimos de Palos el 28 de agosto y llegamos a La Habana el 3 de septiembre. Sí, ha oído usted bien, sor Margarita; el 3 de septiembre, pero no del mismo año. Nos conocemos hace muy pocas horas y creo que, como es lógico, vuesa merced tiene de mí un pésimo concepto. En este largo monólogo he exagerado algunas situaciones de mi vida pero nunca he mentido ni he pretendido engañarla. La memoria es así, va, viene, se oscurece, se clarifica, desaparece. La memoria siempre es engañosa porque es un cómplice de nuestros crímenes, un abogado defensor que nos protege y nos concede el don del olvido para no tener que apuñalarnos por la espalda. La memoria es una amiga que nos disculpa, es como una madre que todo lo comprende. Presiento que mi relato le ha podido a veces parecer oscuro e irreal. No tengo prestigio, mi fama de asesino me precede y voy a morir mañana sin remedio. El disimulo es el escudo de las personas decentes, una defensa que no precisamos los canallas. Yo exagero pero no miento ni disimulo; tengo la independencia de los monstruos que saben que se pudrirán en el infierno. Llegamos a La Habana un 3 de septiembre, un 3 de septiembre de un año que ahora no puedo precisar con exactitud pero que se había adentrado ampliamente en el siglo XVIII; sería, sí, a ojo de buen cubero, sobre el mil setecientos y pico pues desde nuestra partida de España habían pasado, asómbrese ¡cincuenta y cuatro años! Sí, sí, habíamos estado más de medio siglo extraviados en la mar océano en la singladura más duradera, larga y enrevesada de la historia de la navegación. La Santa María, cuando arribamos al puerto cubano, tenía un aspecto aterrador y todos nos miraban estupefactos. Felipe IV, que seguía siendo un exhibicionista, se mostraba exultante con sus cabellos largos y enmarañados y sus barbas patriarcales que la brisa del mar movía a su antojo y que le daban la apariencia de un ser mitológico, de una criatura prodigiosa.
-Soy el rey de España. Soy Felipe IV. Ya estoy aquí. -gritó a un grupo de negros que nos miraban con asombro y lo hizo con el orgullo del triunfador seguro de sí mismo.
-Buen hombre ¿quién dice usted que es? -preguntó a gritos un moreno deslenguado.
-El rey, el rey de España.
-¡Ah! -exclamó el esclavo y se quedó embobado, abrió la boca y fue incapaz de cerrarla mientras duraron las maniobras de atraque.
La Santa María, después de tan larga singladura, se había convertido en una ruina flotante llena de añadidos y remiendos; las velas estaban agujereadas, las maderas podridas rezumaban salitre y nosotros, los dos tripulantes estrambóticos que se movían de un sitio para otro como expertos navegantes haciendo las maniobras de rigor, parecíamos los hijos descarriados de un harapiento y mendicante Neptuno que acabase de salir de las aguas.
Medio siglo en el mar, buscando las Américas, cambia la condición de las personas y nosotros, los que desembarcamos aquella mañana en el puerto de La Habana, ya no éramos los mismos. Al poner pie en tierra supe que se había terminado la aventura y la felicidad. Sí, sí, ha oído usted bien, la felicidad. Las penalidades que sufrimos fueron incontables pero los momentos de satisfacción fueron tan numerosos que necesitaría treinta noches para describirlos con algún detalle. El mar, el mar, qué apasionante universo es el mar. Felipe IV y un servidor conocimos el placer profundo de navegar sin rumbo, a la buena de Dios; vivimos la emoción de los naufragios y la tranquilidad de las calmas prolongadas, aprendimos el oficio de marinero, nos hicimos cazadores de ballenas, pescadores de caña, observadores de la cúpula del cielo, buscadores de perlas, recolectores de cocos; llegamos a conocer más de un centenar de islas desiertas en las que pasamos largas temporadas y durante veinte años ejercimos el oficio de dios, de entidad superior, de criatura adorable y adorada en un continente desconocido que nos acogió y adoptó. Durante 7.300 noches este ser mezquino y perverso bufón yació con 7.300 mujeres diferentes, mujeres hermosísimas que le colmaron de dicha y de ternura y tuvo con ellas cientos de hijos, tal vez más de un millar de descendientes y aunque mañana cuando me ejecuten nadie llorará por mí y se extinguirá para siempre el rastro de mi nombre y la crónica de mis andanzas, sé, y lo veré tal vez desde el infierno, que he poblado a conciencia este mundo con mis pecados y con mi simiente y que mis mil descendientes le contarán a sus hijos que su abuelo era un dios lejano que llegó una mañana en una nave flotante y que permaneció durante dos décadas entre ellos relatando una historia interminable en un extraño lenguaje que nunca comprendieron.
Cuando desembarcamos, tanto mi padre como yo nos hincamos de rodillas en el puerto de La Habana y, mirando al cielo, dimos gracias a Dios por haber conseguido llegar a tierra española sanos y salvos. Las gentes nos observaban con curiosidad y en pocos minutos una muchedumbre nos rodeó y si unos preguntaban quiénes éramos otros se conformaban con tocarnos los harapos poniendo, eso sí, cara de asco. Mi padre hacía reverencias a diestro y siniestro y con voz tonante se quejaba del viaje, pedía a gritos la presencia del Gobernador General de la isla de Cuba, decía que tenía hambre y que quería tomar un baño y librarse de la suciedad que le impregnaba la piel desde hacía tantos años. A la media hora llegaron unos guardias a caballo, más tarde apareció un individuo con pinta de chupatintas que nos interrogó brevemente mientras se acariciaba el lobanillo de la oreja derecha, seguidamente hizo acto de presencia un alguacil que nos preguntó si portábamos algún documento que acreditase nuestra identidad y, por último, llegó en un coche descubierto un caballero calvo y hierático que dijo ser el corregidor de la ciudad y que respondía al nombre de don Fulgencio de Andrade. Don Fulgencio nos interrogó con exquisita cortesía, nos acomodó en unas dependencias de su oficina y ordenó que nos facilitasen unas viandas que nosotros devoramos con buen apetito; después nos invitó a pasar a una habitación modesta que contaba con un par de camastros y dijo, con voz mesurada y rostro sonriente, que tenía que hacer unas gestiones y que en breve tendríamos noticias suyas. Permanecimos en aquella estancia durante diez días tratados con corrección y esmero; pudimos bañarnos de pies a cabeza con agua caliente y jabón de olor, un barbero nos arregló el cabello, la barba y el bigote y un fámulo nos entregó unos calzones, algunas camisas, unas sandalias y unos hábitos de franciscano, de humilde y cerdosa estameña, con los que nos cubrimos las vergüenzas. Desaparecidas las pelambreras que nos cubrían y liberados de la roña que nos había acompañado buena parte del viaje recuperamos nuestro porte elegante y distinguido. Nos miramos con curiosidad y comprobamos con satisfacción que a pesar de las penalidades sufridas el paso del tiempo apenas había hecho mella en nuestras anatomías.
-Señor, seguís siendo un caballero apuesto -le dije a mi padre con admiración y respeto.
-Y tú eres un bufón con buena pinta; conservas todavía algo de la alegría de la niñez; parece que te estoy viendo correteando por los salones de Alonsita la Quijana. Los años han sido generosos contigo y te han convertido en un pequeño príncipe, en un excelente compañero de viaje y en un buen hijo -me contestó con una ternura inusual en él.
A las tres de la madrugada de la duodécima noche don Fulgencio en persona nos despertó zarandeándonos sin contemplaciones.
-Despierten vuesas mercedes y vístanse deprisa. Su excelencia don Serafín de Espinosa y Bocanegra, gobernador general de la isla de Cuba, nos espera en su despacho. -dijo el corregidor con la voz alterada. Nos arreglamos en un santiamén y en un coche cubierto emprendimos un viaje por las laberínticas calles de La Habana; don Fulgencio nos observaba con gran curiosidad y en su rostro serio y en su mirada compasiva adiviné que sentía por nosotros simpatía y misericordia pero que, por alguna razón misteriosa que no podía adivinar, estaba condenado a traicionarnos y se condolía de ello por anticipado.
El gobernador nos recibió en su despacho, nos invitó a sentarnos con ademanes ceremoniosos y durante cuatro horas largas nos interrogó sin descanso. Quiso saberlo todo de nuestra aventura y de vez en cuando le decía a un secretario que a su lado anotaba todo el interrogatorio, que escribiese nuestras declaraciones con letra clara y que no omitiese una palabra ni añadiese una coma a nuestras respuestas. Don Serafín de Espinosa, que era un joven bien parecido, un caballero de maneras exquisitas, nos preguntó quiénes éramos y cuando mi padre le respondió: "Soy Felipe IV, el rey de España", el gobernador le hizo una inclinación de cabeza de impecable factura y empezó a llamarle su majestad con respeto y reverencia. Se interesó el interrogador por nuestros padecimientos y sinsabores, por los naufragios que habíamos padecido y, sobre todo, por la estancia en el desconocido continente en el que habíamos permanecido veinte años en calidad de dioses. "¿Y dice su majestad que yacía cada noche con una virgen hermosísima que desaparecía misteriosamente al amanecer?", preguntó don Serafín. "Sí, señor -contestó el monarca- cada noche una joven distinta aparecía en mi cama y me hacía feliz y lo mismo le ocurría a mi bufón aquí presente. Al cabo de los años empezamos a notar que nos rodeaban gentes que eran nuestro vivo retrato; primero eran niños con mi nariz y mi apostura y diminutos enanitos con la cara y la estatura de don Manolito. Los niños se hicieron adolescentes y los adolescentes adultos y a los diecisiete años la tercera generación irrumpió a nuestro alrededor". "O sea, ¿qué les emplearon como dioses reproductores y nutricios?"-preguntó don Fulgencio que hasta aquel momento había permanecido fascinado por las palabras de mi padre pero callado como un muerto. "Efectivamente -contesté yo-, me temo que así fue y cuando comprendimos que habíamos cumplido nuestra misión y que podíamos continuar el viaje y la búsqueda de las Américas en el proceloso mar océano, reparamos nuestra destartalada carabela, recosimos las velas, cambiamos los mástiles y les dijimos a nuestra prole, eso sí por señas, pues nunca habíamos conseguido sostener con ellos ningún tipo de conversación, que queríamos continuar nuestro camino." Don Fulgencio, don Serafín y el escribano llegaron a conmoverse, casi hasta el llanto, cuando les describimos la emocionante despedida de nuestra familia numerosa y de cómo aquella multitud que tanto se parecía a nosotros nos decían adiós agitando sus pañuelos blancos. ∆

   

REVISTA FUSION:  Número actual, Próximo número, Números anteriores
INDICE:  Por secciones, Editoriales, Entrevistas, Temas Centrales, Reportajes, ONG's,
SERVICIOS:  Lista Correo, Recomienda FUSIÓN, Suscripción RSS
ESCRÍBENOS:  Contacta con nosotros
CONOCE FUSION:  Qué es FUSION, Han pasado por FUSION, Quince años de andadura

    Add to Google Reader or Homepage
Revista Fusión.
I  Aviso Legal  I  Política de privacidad  I  © Diseño y alojamiento: Fusion10.net  II
Última revisión: abril 17, 2008. 
FA