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don Pierino al que me refiero, era el tercero de la saga, el que tomó el
mando y convirtió su espectáculo de circo, variedades y saltimbanquis en el
refugio de todos los desheredados de la fortuna. |
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JUNIO 2004

CAPITULO XXVIII
- LA ICONOGRAFIA SECRETA DE DON PIERINO
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
C on
don Pierino pasaba, mal comparado, como con doña Alonsita la Quijana. La
gente, el vulgo, la canalla, decía que doña Alonsita tenía trescientos años
porque desde tiempo inmemorial existía una casa de lenocinio de ese nombre y
la clientela colegía, y colegía erróneamente, que la Quijana siempre había
estado allí y confundía a la patrona con su abuela, con su bisabuela e,
incluso, con su tatarabuela, y sólo los clientes más antiguos y cultos
sabían que las dinastías de las meretrices son como las de los reyes y
transcurren por los mismos caminos del tiempo. Doña Alonsita, unos años
antes de morir achicharrada en la hoguera, hizo colocar una placa de bronce
en el salón de su prostíbulo que decía: "Casa fundada el 12 de febrero de
1492" y aseguraba que Colón y la tripulación de la Santa María habían estado
holgando en los colchones de la casa antes de levar anclas y pasar a la
Historia y que el Gran Almirante había echado un polvete con la patrona
primigenia y le había regalado unas hebras de azafrán que doña Alonsita
conservaba en un relicario de plata repujada.
Con don Pierino pasaba algo parecido. Su padre había sido coleccionista de
monstruos y su abuelo, el fundador de la dinastía, había llevado en su
trouppe al soldado Gil Brea, que barnizaba cada mañana la pierna que había
perdido en Flandes y que guardaba en una mochila militar para enterrarla en
sagrado en el cementerio de Lugo. Acogía asimismo don Pierino al Hombre
Marín, que nadaba incansable en un mar de formol; a doña Obdulia, la
violadita de Siracusa; a los siameses de Mugardos, don Cosme y don Damián y
a una completa colección de seres singulares y caprichos de la naturaleza.
Don Pierino, el primer don Pierino de la saga, estuvo recorriendo Europa con
sus monstruos y murió, como quedó reflejado en Cuerda de santos, un libro
que manejaban los eruditos y estimaban los bibliófilos del pasado, en el
Monasterio del Escorial, donde estaba recogido y comía la sopa boba que le
servían puntualmente unas monjitas misericordiosas de la orden de las
Esclavas Desnudas de Jesucristo Nuestro Señor. El primer miembro de la saga
murió de garrotillo una soleada mañana de abril. "Hermana, hermana, que don
Pierino se cagó", gritó uno de los asilados. Cuando sor Asunción se acercó a
la sillita del impedido comprobó que, efectivamente, el viejo artista había
hecho de vientre y que además boqueaba como un gorrión moribundo. La
hermanita esperó sin impacientarse unos minutos y después, cuando el anciano
dejó de patalear, le cerró piadosamente los ojos y bisbiseó en su honor unos
latines. Su hijo, el segundo don Pierino, era de condición aventurera y
ánimo alegre y se marchó a las Américas con una mano detrás y otra delante y
aunque no hizo fortuna, porque era de un natural generoso y despilfarrador,
llegó a ser muy querido y respetado por tierras amazónicas. Su galería de
prodigios y divertimentos fue la primera de América y todavía hoy, después
de tantos años, los pobres de pedir y los miserables de todos los suburbios
de las grandes urbes del Continente recuerdan a doña Rosita, la mujer
barbuda, al cojo saltimbanqui de Guitiriz que respondía por el nombre de don
Jenaro, al santo que convertía el vino en agua, dividía los panes y los
peces y hacía juegos malabares, aseguraba haber nacido en Galilea y decía
llamarse don Jesús el Otro Nazareno y haber sido ejecutado en el Monte
Calvario, aunque los íntimos sabían que se llamaba Alfredo y que nunca,
jamás, había viajado a Tierra Santa. El segundo don Pierino murió centenario
y en loor de multitud. Su óbito fue un acontecimiento que sacudió las islas
del Caribe como un huracán y las gentes, al enterarse de la desgracia, se
mesaban los cabellos porque eran conscientes de que con él se iba, para
nunca más volver, la fantasía, que el prodigio desaparecería de sus vidas y
que la rutina se adueñaría de los pobres de solemnidad y los sumiría para
siempre en el aburrimiento, que es el otro lado del dolor, el envés de la
desgracia de los desdichados.
El don Pierino al que me refiero, sor Margarita, era el tercero de la saga,
el que tomó el mando y convirtió su espectáculo de circo, variedades y
saltimbanquis en el refugio de todos los desheredados de la fortuna y que
fue para nosotros protector y paño de lágrimas a lo largo de media vida.
Antes de encontrarlo lo perseguimos por todos los caminos de América hasta
que un día comenzamos a recibir misivas suyas y supimos que él también nos
esperaba a nosotros, que tenía conciencia de nuestra existencia y conocía al
dedillo nuestra accidentada biografía.
-¿Es por casualidad vuestra merced don Felipe IV el rey de España?
-preguntaba, pongo por caso, un ventero del Uruguay, el cura de una
parroquia perdida entre los Andes o el cabecilla de un grupo de forajidos
brasileños.
-Lo soy, sí, y a mucha honra -contestaba mi padre con altanería.
-Pues para vos, señor, tengo un mensaje de don Pierino -y el desconocido le
entregaba una carta, un largo memorando o unas líneas escritas con
precipitación en un papel arrugado.
Las misivas que nos mandaba nuestro futuro padrino estaban fechadas hacía
décadas y algunas amarilleaban por el paso del tiempo. Felipe IV las abría
tembloroso y las leía con lágrimas en los ojos. "Don Pierino dice que nos
espera en la ciudad de Lima el día 18 de marzo", musitaba el anciano. Pero
se trataba de un marzo que ya estaba cumplido y archivado en las clepsidras
y en los relojes de arena. Algunos mensajes llegaron a nuestras manos
metidos en botellas de cristal y protegidos por sellos de lacre en los que
se podía leer: "Variedades a granel". "Don Pierino y sus monstruos". "El
elefante africano". "Enanos toreros". "La mujer de dos cabezas". "Precios
especiales para niños y familias numerosas". "Se componen sonetos".
"Barberos y pedicuros" "¡Herniados!". Las cartas eran siempre cariñosas y
esperanzadoras: "Tenemos preparados vuestros tronos para que os aposentéis
en ellos con objeto de que las buenas gentes de América puedan rendiros
pleitesía", decía una misiva que un lugareño nos entregaba trémulo y gozoso
por liberarse al fin de su compromiso. "Don Felipe, don Manuel: ¡Contesten!
¿Dónde están, caramba?", gritaba el papel arrugado que un mendigo ponía en
nuestras manos. Cada mensaje que recibíamos elevaba nuestra moral y nos
animaba a seguir caminando; era como un bálsamo curativo que regeneraba las
pústulas de nuestros pies y nos proporcionaba energía y renovaba día a día
nuestras ilusiones. Don Pierino se convirtió en un lugar y dejó de ser un
ser humano para transformarse en una patria, en una literatura remota, en un
paraíso que algún día alcanzaríamos si éramos capaces de perseverar en el
largo y doloroso peregrinaje. Aprovechábamos el retorno del casco, la resaca
de la marea, para mandarle un recado en la misma botella y un servidor
tomaba nota en el manuscrito del Quijote y dejaba constancia de la
correspondencia mantenida. América era un océano proceloso y nosotros, que
habíamos naufragado tantas veces, lo hacíamos ahora en tierra firme y el
viento huracanado, la casualidad y el azar nos llevaban de un lugar a otro
como antaño habían hecho las olas del mar embravecido. "Mande retrato con
urgencia; a ser posible de cuerpo entero", dijimos durante un largo periodo
en los mensajes que entregábamos en cada pueblo con la fe del navegante
solitario que arroja la botella al mar. A los tres años recibimos el primer
apunte de don Pierino hecho a carboncillo; se trataba de una cabeza
impecablemente realizada por una mano maestra. Después llegaron retratos al
óleo, caricaturas diminutas, medallones con la faz del santo varón, varios
bustos y algunas esculturas. Al fin pudimos observar la efigie de nuestro
protector, su rostro bondadoso, su elegante y distinguido porte. Primero
tuvimos que comprar una mula para transportar la iconografía de don Pierino,
pero a los dos años ya no era suficiente con un carro y a los cinco
formábamos una caravana que avanzaba renqueante por los polvorientos caminos
de América. Dejamos de mendigar y nos establecimos como cómicos de la legua;
éramos pierinólogos, teólogos de una nueva religión, monaguillos que
explicaban a la ciudadanía la geografía del prócer, sacristanes de una
esperanza recién nacida. "Esta es, señores visitantes, su cara redonda y
sonriente que denota la dulzura de su carácter y la bondad de sus
sentimientos" decíamos a la atónita clientela y después, con un puntero de
abedul, señalábamos en el retrato con cantinela infantil: "Don Pierino
limita al norte con una calva incipiente, al sur con un bocio endémico, al
este con una oreja de la que salen pelos hirsutos y al oeste con una sordera
irreversible que lo convierte en un elegante caballero algo duro de oído".
Antes, mucho antes de encontrarnos con don Pierino y con nuestros futuros
compañeros, los pudimos observar en dibujos y pinturas que recibíamos
puntualmente y que iban incrementando nuestra pinacoteca. Vimos cómo
envejecían y cómo surgían las primeras arrugas junto a la comisura de los
labios y cómo se hacían más anchos los mechones blancos.
-Parece que doña Sara está algo alicaída, la noto como mustia y en cambio
doña Adosinda tiene la faz tersa de las enamoradas recientes -decía don
Felipe al mirar el retrato de la mujer de dos cabezas.
Cuando recorríamos las barracas comunicadas que constituían el museo de la
iconografía secreta de don Pierino y su mundo prodigioso, don Felipe IV
miraba los retratos de sus futuros compañeros con la misma melancolía con
que se recuerda el pasado, caminaba hacia adelante cargado con la nostalgia
del porvenir, viajaba a la ternura de unos extraños que le esperaban en un
lugar desconocido e ignoto. Ya no éramos los mismos, las dificultades del
camino habían cambiado nuestra condición, atrás quedaba la soberbia del
señor y la villanía del criado, yo nunca volvería a ser un bufón ni un
libelista y él jamás recordaría cómo se comportan los déspotas. Cada noche,
a la luz de un candil, Felipe IV pasaba revista a su colección de estampitas
y murmuraba una oración, salmodiaba una retahíla de esperanzas. Desde las
paredes le observaban y le sonreían la mujer barbuda, el enano torero, la
cabeza parlante del asesino del rey, el soldado Gil Brea, doña Obdulia la
violadita de Siracusa, el elefante blanco africano y cuatrocientos cincuenta
y nueve retratos de un don Pierino que la negrura de las sombras adornaba
con una corona de espinas. ∆ |