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 CAPITULO XXVII - ESPERANDO A DON PIERINO

El don Pierino al que me refiero, era el tercero de la saga, el que tomó el mando y convirtió su espectáculo de circo, variedades y saltimbanquis en el refugio de todos los desheredados de la fortuna.

JUNIO 2004

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXVIII - LA ICONOGRAFIA SECRETA DE DON PIERINO
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Con don Pierino pasaba, mal comparado, como con doña Alonsita la Quijana. La gente, el vulgo, la canalla, decía que doña Alonsita tenía trescientos años porque desde tiempo inmemorial existía una casa de lenocinio de ese nombre y la clientela colegía, y colegía erróneamente, que la Quijana siempre había estado allí y confundía a la patrona con su abuela, con su bisabuela e, incluso, con su tatarabuela, y  sólo los clientes más antiguos y cultos  sabían  que las dinastías de las meretrices son como las de los reyes y transcurren por los mismos caminos del tiempo. Doña Alonsita, unos años antes de morir achicharrada en la hoguera, hizo colocar una placa de bronce en el salón de su prostíbulo que decía: "Casa fundada el 12 de febrero de 1492" y aseguraba que Colón y la tripulación de la Santa María habían estado holgando en los colchones de la casa antes de levar anclas y pasar a la Historia  y que el Gran Almirante había echado un polvete con la patrona primigenia y le había regalado unas hebras de azafrán que doña Alonsita conservaba en un relicario de plata repujada.
Con don Pierino pasaba algo parecido. Su padre había sido coleccionista de monstruos y su abuelo, el fundador de la dinastía, había llevado en su trouppe al soldado Gil Brea, que barnizaba cada mañana la pierna que había perdido en Flandes y que guardaba en una mochila militar para enterrarla en sagrado en el cementerio de Lugo. Acogía asimismo don Pierino al Hombre Marín, que nadaba incansable en un mar de formol; a doña Obdulia, la violadita de Siracusa; a los siameses de Mugardos, don Cosme y don Damián y a una completa colección de seres singulares y caprichos de la naturaleza. Don Pierino, el primer don Pierino de la saga, estuvo recorriendo Europa con sus monstruos y murió, como quedó reflejado en Cuerda de santos, un libro que manejaban los eruditos y estimaban los bibliófilos del pasado, en el Monasterio del Escorial, donde estaba recogido y comía la sopa boba que le servían puntualmente unas monjitas misericordiosas de la orden de las Esclavas Desnudas de Jesucristo Nuestro Señor. El primer miembro de la saga murió de garrotillo una soleada mañana de abril. "Hermana, hermana, que don Pierino se cagó", gritó uno de los asilados. Cuando sor Asunción se acercó a la sillita del impedido comprobó que, efectivamente, el viejo artista había hecho de vientre y que además boqueaba como un gorrión moribundo. La hermanita esperó sin impacientarse unos minutos y después, cuando el anciano dejó de patalear, le cerró piadosamente los ojos y bisbiseó en su honor unos latines. Su hijo, el segundo don Pierino, era de condición aventurera y ánimo alegre y se marchó a las Américas con una mano detrás y otra delante y aunque no hizo fortuna, porque era de un natural generoso y despilfarrador, llegó a ser muy querido y respetado por tierras amazónicas. Su galería de prodigios y divertimentos fue la primera de América y todavía hoy, después de tantos años, los pobres de pedir y los miserables de todos los suburbios de las grandes urbes del Continente recuerdan a doña Rosita, la mujer barbuda, al cojo saltimbanqui de Guitiriz que respondía por el nombre de don Jenaro, al santo que convertía el vino en agua, dividía los panes y los peces y hacía juegos malabares, aseguraba haber nacido en Galilea y decía llamarse don Jesús el Otro Nazareno y haber sido ejecutado en el Monte Calvario, aunque los íntimos sabían que se llamaba Alfredo y que nunca, jamás, había viajado a Tierra Santa. El segundo don Pierino murió centenario y en loor de multitud. Su óbito fue un acontecimiento que sacudió las islas del Caribe como un huracán y las gentes, al enterarse de la desgracia, se mesaban los cabellos porque eran conscientes de que con él se iba, para nunca más volver, la fantasía, que el prodigio desaparecería de sus vidas y que la rutina se adueñaría de los pobres de solemnidad y los sumiría para siempre en el aburrimiento, que es el otro lado del dolor, el envés de la desgracia de los desdichados.
El don Pierino al que me refiero, sor Margarita, era el tercero de la saga, el que tomó el mando y convirtió su espectáculo de circo, variedades y saltimbanquis en el refugio de todos los desheredados de la fortuna y que fue para nosotros protector y paño de lágrimas a lo largo de media vida. Antes de encontrarlo lo perseguimos por todos los caminos de América hasta que un día comenzamos a recibir misivas suyas y supimos que él también nos esperaba a nosotros, que tenía conciencia de nuestra existencia y conocía al dedillo nuestra accidentada biografía.
-¿Es por casualidad vuestra merced don Felipe IV el rey de España? -preguntaba, pongo por caso, un ventero del Uruguay, el cura de una parroquia perdida entre los Andes o el  cabecilla de un grupo de forajidos brasileños.
-Lo soy, sí, y a mucha honra -contestaba mi padre con altanería.
-Pues para vos, señor, tengo un mensaje de don Pierino -y el desconocido  le entregaba una carta, un largo memorando o unas líneas escritas con precipitación en un papel arrugado.
Las misivas que nos mandaba nuestro futuro padrino estaban fechadas hacía décadas y algunas amarilleaban por el paso del tiempo. Felipe IV las abría tembloroso y las leía con lágrimas en los ojos. "Don Pierino dice que nos espera en la ciudad de Lima el día 18 de marzo", musitaba el anciano. Pero se trataba de un marzo que ya estaba cumplido y archivado en las clepsidras y en los relojes de arena. Algunos mensajes llegaron a nuestras manos metidos en botellas de cristal y protegidos por sellos de lacre en los que se podía leer: "Variedades a granel". "Don Pierino y sus monstruos". "El elefante africano". "Enanos toreros". "La mujer de dos cabezas". "Precios especiales para niños y familias numerosas". "Se componen sonetos". "Barberos y pedicuros" "¡Herniados!". Las cartas eran siempre cariñosas y esperanzadoras: "Tenemos preparados vuestros tronos para que os aposentéis en ellos con objeto de que las buenas gentes de América puedan rendiros pleitesía", decía una misiva que un lugareño nos entregaba trémulo y gozoso por liberarse al fin de su compromiso. "Don Felipe, don Manuel: ¡Contesten! ¿Dónde están, caramba?", gritaba el papel arrugado que un mendigo ponía en nuestras manos. Cada mensaje que recibíamos elevaba nuestra moral y nos animaba a seguir caminando; era como un bálsamo curativo que regeneraba las pústulas de nuestros pies y nos proporcionaba energía y renovaba día a día nuestras ilusiones. Don Pierino se convirtió en un lugar y dejó de ser un ser humano para transformarse en una patria, en una literatura remota, en un paraíso que algún día alcanzaríamos si éramos capaces de perseverar en el largo y doloroso peregrinaje. Aprovechábamos el retorno del casco, la resaca de la marea, para mandarle un recado en la misma botella y un servidor tomaba nota en el manuscrito del Quijote y dejaba constancia de la correspondencia mantenida. América era un océano proceloso y nosotros, que habíamos naufragado tantas veces, lo hacíamos ahora en tierra firme y el viento huracanado, la casualidad y el azar nos llevaban de un lugar a otro como antaño habían hecho las olas del mar embravecido. "Mande retrato con urgencia; a ser posible de cuerpo entero", dijimos durante un largo periodo en los mensajes que entregábamos en cada pueblo con la fe del  navegante solitario que arroja la botella al mar. A los tres años recibimos el primer apunte de don Pierino hecho a carboncillo; se trataba de una cabeza impecablemente realizada por una mano maestra. Después llegaron retratos al óleo, caricaturas diminutas, medallones con la faz del santo varón, varios bustos y algunas esculturas. Al fin pudimos observar la efigie de nuestro protector, su rostro bondadoso, su elegante y distinguido porte. Primero tuvimos que comprar una mula para transportar la iconografía de don Pierino, pero a los dos años ya no era suficiente con un carro y a los cinco formábamos una caravana que avanzaba renqueante por los polvorientos caminos de América. Dejamos de mendigar y nos establecimos como cómicos de la legua; éramos pierinólogos, teólogos de una nueva religión, monaguillos que explicaban a la ciudadanía la geografía  del prócer, sacristanes de una esperanza recién nacida. "Esta es, señores visitantes, su cara redonda y sonriente que denota la  dulzura de su carácter y la bondad de sus sentimientos" decíamos a la atónita clientela y después, con un puntero de abedul, señalábamos en el retrato con cantinela infantil: "Don Pierino limita al norte con una calva incipiente, al sur con un bocio endémico, al este con una oreja de la que salen pelos hirsutos y al oeste con una sordera irreversible que lo convierte en un elegante caballero algo duro de oído".
Antes, mucho antes de encontrarnos con don Pierino y con nuestros futuros compañeros, los pudimos observar en dibujos y pinturas que recibíamos puntualmente y que iban incrementando nuestra pinacoteca. Vimos cómo envejecían y cómo surgían las primeras arrugas junto a la comisura de los labios y cómo se hacían más anchos los mechones blancos.
-Parece que doña Sara está algo alicaída, la noto como mustia y en cambio doña Adosinda tiene la faz tersa de las enamoradas recientes -decía don Felipe al mirar el retrato de la mujer de dos cabezas.
Cuando recorríamos las barracas comunicadas que constituían el museo de la iconografía secreta de don Pierino y su mundo prodigioso, don Felipe IV miraba los retratos de sus futuros compañeros con la misma melancolía con que se recuerda el pasado, caminaba hacia adelante cargado con la nostalgia del porvenir, viajaba a la ternura de unos extraños que le esperaban en un lugar desconocido e ignoto. Ya no éramos los mismos, las dificultades del camino habían cambiado nuestra condición, atrás quedaba la soberbia del señor y la villanía del criado, yo nunca volvería a ser un bufón ni un libelista y él jamás recordaría cómo se comportan los déspotas. Cada noche, a la luz de un candil, Felipe IV pasaba revista a su colección de estampitas y  murmuraba una oración, salmodiaba una retahíla de esperanzas. Desde las paredes le observaban y le sonreían la mujer barbuda, el enano torero, la cabeza parlante del asesino del rey, el soldado Gil Brea, doña Obdulia la violadita de Siracusa, el elefante blanco africano y cuatrocientos cincuenta y nueve retratos de un don Pierino que la negrura de las sombras adornaba con una corona de espinas. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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