
Detrás
de los maltratadores que dicen "lo hago porque te quiero" está una
educación en el romance desequilibrado, en el que uno se deja querer y
la otra dedica cuerpo y alma a amar, a veces, hasta la muerte.
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JUNIO 2004

AMORES QUE MATAN
(Paisaje rojo con muerta de fondo)
POR MARTA F. MORALES
M i
agenda para este año incluye en cada página una cita de alguna
personalidad de la vida política, social, cultural o filosófica del
mundo occidental. En el día que escribo estas líneas, la sentencia en
cuestión dice así: "La empresa más arriesgada y más difícil entre un
hombre y una mujer es amarse siempre". Está atribuida a un dramaturgo
conocido, pero como no es su nombre sino su frase lo que me interesa,
dejaré el misterio sin resolver. Pueden ustedes aplicársela a quien más
rabia les dé, como se suele decir. Fíjense, sin embargo, en el contenido
de la oración en cuestión: nos lleva, como tantas, a la espinosa
cuestión del amor romántico, tan cacareado, usado y abusado a lo largo
de la historia del ser humano. El amor, ¿sentimiento? ¿Necesidad? ¿Mito?
¿Construcción? ¿Forma de opresión? ¿Algo eterno e inmutable? ¿Lo único
imposible de conservar por siempre jamás? De él se han dicho, escrito y
gritado millones de cosas, y en este día de primavera yo añadiré alguna
más. Voy a mirar el amor a través de mis gafas violetas, que me permiten
ver más allá de mis narices, y contemplar la cuestión desde la
perspectiva de mi mitad de la humanidad.
El amor y sus variopintas asociaciones han marcado la existencia de
generaciones de mujeres de este confuso mundo (al menos, del que
conocemos, que más allá siempre hay algún otro). Ya desde Lilith, que
fue expulsada del Paraíso por no querer yacer bajo el varón, estamos las
hembras marcadas por esta construcción cultural sin precedentes. Pocas
ideas tan buenas ha tenido el hombre para adorar, besar, encerrar,
maltratar, casar, embarazar y marear a las mujeres. En nombre del amor
se han hecho hasta guerras (lo de Troya, todo culpa de la bella Elena,
que quién la mandaría estar tan buena), y en general, en las batallas
románticas han salido perdiendo las que no llevaban falos al cinto. Para
variar.
El mito del amor romántico funciona hoy día de forma especialmente
escandalosa en algunas uniones heterosexuales, hasta el punto de
tolerarse comportamientos agresivos o criminales en nombre de Cupido. Si
es cierto que detrás del gesto de volver con su pareja que repiten sin
cesar muchas mujeres maltratadas de nuestro país están muchas veces el
miedo o la dependencia económica, no es menos cierto que aún más atrás,
en las raíces de la relación, está funcionando el amor como construcción
y como forma de control. Las mujeres occidentales, en general, somos
socializadas en un concepto del romance que está por encima de todo lo
demás: si tienes fama y fortuna, pero no tienes amor, no eres nada; en
el amor y en la guerra todo vale; ha de hacerse cualquier cosa por
amor... Así, cuando una elige un novio o marido, se supone que es su
apuesta fundamental y de por vida, y que separarse de él será un
terrible lamparón en el ego y la imagen pública de la esposa. Piensen si
no en las expresiones que se usan para hablar del divorcio: "matrimonios
fallidos, relaciones fracasadas, errores sentimentales...". Antes que
admitir la derrota, por lo tanto, si una ha asimilado bien las lecciones
del patriarcado, hará lo que sea menester para recuperar la relación:
someterse hasta límites infrahumanos, perdonar lo imperdonable, tener
hijos no deseados y un largo etcétera de "locuras de amor" con
consecuencias gravísimas. Todo para probar que "existe una posibilidad,
por pequeña que sea, de salvar lo nuestro". ¡Anda que no insisten las
películas, las canciones y los refranes! La sabiduría popular no puede
fallar.
El problema en estos casos es que la idea del amor que lleva a gala el
macho ibérico es la de la sumisión femenina, el "yo primero" para todo,
el reparto desigual de roles y responsabilidades, la ignorancia del peso
de la casa y los hijos e hijas y la norma del "tú qué sabrás" para
zanjar cualquier posible discusión. En tal escenario, lo único que le
queda por hacer a la mujer es tragar bilis y repasar los mandamientos
de la enamorada para convencerse a sí misma de que su marido es como
Romeo, que muere de dolor sin su Julieta, o como Don Juan, que vive para
dar placer a las muchachas. El problema es que, mientras ella recita el
catecismo de la buena esposa, él se convierte en Otelo, que mata por una
sospecha; Jasón, que abandona a su mujer por un acuerdo nupcial mejor
que le dará riqueza y prestigio; o Barbazul, que castiga la curiosidad
con el cuchillo y la cámara sangrienta. Detrás de los maltratadores que
dicen "lo hago porque te quiero" está una educación en el romance
desequilibrado, en el que uno se deja querer y la otra dedica cuerpo y
alma a amar, a veces, hasta la muerte. Que se lo pregunten a Desdémona,
que por un pañuelo perdió la vida; o a Medea, que arrastró a sus hijos
al más allá por despecho de un amor; o a María, dominicana de 24 años,
que retiró todas las denuncias porque creyó las disculpas de su novio; o
a Ana, que asumió que el matrimonio es para siempre pase lo que pase y
acabó quemada viva por su media naranja. De ficción o realidad,
demasiadas mujeres han perdido ya la batalla de un amor letal y
sanguinario que debería ser respetuoso e igualitario, dulce, cálido y
maleable. Porque puede que sea verdad que no hay mayor felicidad que
estar enamorada, pero una mujer muerta no puede abrazar. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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