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REVISTA FUSION - EL FOLLETON DE LA QUIJANA.  CAPITULO XXIX - EL HOMBRE GORDO Y VOCIFERANTE

El tener un mensaje que entregar, el tener algo que decir, fue el origen de la aristocracia americana, una clase levítica, literaria, violenta, misteriosa. Todavía hoy, después de tantos años, hay gentes que atesoran en los sótanos de sus casas una botella de cristal con un mensaje dentro.

JULIO 2004

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXIX - EL HOMBRE GORDO Y VOCIFERANTE
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Qué barbaridad. Las siete de la mañana y usted, sor Margarita, sin poder conciliar el sueño por mi culpa. A las tres se quedó adormilada durante un largo rato: cerró los ojos, esbozó una sonrisa y mi historia se convirtió en un eco que circulaba por los pasillos y los corredores, retumbaba con estrépito en los techos e iba enloquecido de sala en sala de este hospital vacío. Sí, sí, huyó, no lo niegue; se quedó transpuesta, incluso creo que suspiró; es posible, incluso, que haya soñado con el horror de la guerra y el delirio de los fusilamientos. ¿Puedo decirle un piropo aunque sea usted una religiosa y esté comprometida con el Señor, con su señor? Mientras dormía la examiné con detenimiento, la espié a conciencia y a pesar de que la toca desfigura su cara y falsea su expresión, me pareció una mujer bellísima, una mujer solitaria y enamorada, una dama misteriosa que oculta celosamente un secreto que no comparte con nadie, que supongo hurta, incluso, a su confesor. ¿Tiene usted la amabilidad de darme un poco de agua? Se me queda seca la garganta con tanta perorata inútil. Soy un charlatán, no tengo remedio y la pócima que me suministra me quita el dolor, suelta mi lengua y adormece mi conciencia. Es una droga dulce, una droga que me transporta a la infancia y a Jesusita la Gallega, a don Francisco de Quevedo, mi querido profesor de matemáticas y al maestro Vilian Siesper. ¿Sabe usted cuántos años hacía que no recordaba un servidor a don Vilian Siesper el Inglés? Qué doloroso camino es la memoria si se utiliza para regresar al primer crimen, a la primera traición. Gracias, gracias, qué buena es usted, qué caritativa; tiene su señoría algo de ángel custodio y como un ramalazo de hada campesina, de virgen que todo lo comprende. ¿Acaso mi monólogo le aburre? Dentro de poco llegará el capitán Sánchez y preguntará por mí. Gritará como un bestiajo: "¿dónde está ese maldito peruano? Tiembla, cabrón, tiembla, que no sabes lo que te espera". Ayer, cuando me rompía las piernas, lo hacía con satisfacción, relamiéndose. Sánchez tiene afición, se le nota que le gusta matar y que, además de un verdugo, lleva un asesino dentro. ¿Era yo así cuando aspiraba a ser el matarife del rey? me preguntaba esta noche, allá por las tres de la madrugada, cuando le contaba mi vida al lado de Felipe IV el rey de España. ¡Vaya usted a saber! Sí... tal vez lo era. La maldad es una estética; al malo le traiciona el desamparo de una mirada, un gesto de complacencia, una sonrisa de satisfacción. En esta guerra nuestra unos matan por obligación y otros por devoción. El capitán, no hay más que mirarle a los ojos, es un enamorado del asesinato, es un gastrónomo del espanto, un exquisito, como un cirujano vuelto del revés; eructa y se queda ahíto cuando recibe su ración de violencia; la mirada se enturbia, el entrecejo se distiende y se alisa y desaparecen los signos de interrogación y entonces, sin avisar, surge el horror, la maldad se manifiesta y se proclama a sí misma y durante un parpadeo se muestra sin mácula, virginal, espeluznante, confiada, esplendorosa. Así de enigmático es el infierno que nos habita; créame, sor Margarita, yo no la engaño y si algo me queda es la lucidez de los malditos, la independencia de los que conocen todas las respuestas porque saben cuándo, cómo, y por qué van a morir. Pero, sigamos con la historia porque el tiempo se acaba y se nos escurre entre los dedos. ¿Dónde nos habíamos quedado? Ah, sí, ya recuerdo: don Pierino, sus cartas, sus retratos, su búsqueda infructuosa. Don Pierino era todo un carácter. Renunciamos a encontrarnos e hicimos del intercambio epistolar la razón de nuestras vidas. Íbamos dejando mensajes que el otro recogía y ambos grupos nos movíamos sin rumbo por la geografía americana voceando los nombres mágicos: "¡Don Pierino, don Pierino!, gritábamos nosotros en Buenos Aires y ellos contestaban: "¿qué?", decían: "¡aquí estoy!", desde una placita de la Habana Vieja. El viaje era una metáfora pero el movimiento, el fluir, el avanzar, nos impedía coincidir en los incontables caminos del Continente y fuimos perdiendo la esperanza cada uno en un recodo distinto de la ruta jacobea. El mensaje, las botellas del náufrago, se convirtieron en objetos sagrados y sus portadores en oficiantes divinos, en monaguillos y en sacristanes de la gran perdonanza. Los depositarios de las misivas conseguían ganar el jubileo cuando, postrados de hinojos, nos entregaban las cartas que habían heredado de sus abuelos y nos rogaban que les devolviésemos el casco con las contestaciones que donarían a sus hijos. El tener un mensaje que entregar, el tener algo que decir, fue el origen de la aristocracia americana, una clase levítica, literaria, violenta, misteriosa. Todavía hoy, después de tantos años, hay gentes que atesoran en los sótanos de sus casas una botella de cristal con un mensaje dentro; ahora mismo un hombre que no tiene prisa otea el horizonte, mira por el canuto, entorna los ojos por el sol abrasador, se mira las manos vacías y se dice para su coleto: ¿Vendrá hoy don Pierino? El deambular ilustra: conocimos sátrapas, vimos morir a personas decentes, oímos discursos interminables, perdimos la fe y recuperamos la devoción, se nos cayeron los dientes y nos volvieron a salir molares nuevos, muelas del juicio de oro nuevecitas y resplandecientes, colmillos de acero inoxidable, piernas ortopédicas, manos postizas, narices de cartón.
Una tarde la caravana se atascó en un camino inmundo y lleno de barro; el aguacero nos empapaba y la tiritona y la desazón nos zarandeaban y nos movían a su antojo; a lo lejos sonaba el trompeteo de la tormenta y el cielo se rasgaba por la colección de rayos que hacía añicos la cúpula del cielo. A mi lado, demudado por el miedo, Felipe IV se santiguaba y bisbiseaba un señor-ten-piedad-cristo-ten-piedad que empezaba a desquiciarme. "¡Cállate!", creo recordar que le dije de forma destemplada. Clareó un instante y entre relámpago y relámpago pudimos distinguir al hombre vociferante que nos pedía a gritos que nos echásemos a un lado, que quería pasar con su carro y nuestra caravana se lo impedía.
--¡No podemos movernos; estamos atascados! -gritó mi padre.
El hombre se bajó del carro, avanzó unos pasos hacia nosotros, se paró en seco, hincó el garrote que portaba en el barro; hundió, con firmeza y decisión los pies en el suelo encharcado y se plantó en mitad del camino con los brazos en jarras y la mirada retadora y chulesca. Era un hombre muy bajito, casi más ancho que alto, pero tenía el porte de un general victorioso; el pelo, ensortijado y oscuro, y los labios gruesos denotaban su origen negroide y los ojos rasgados y un cierto aire de misterio permitiría deducir a un observador analítico que estábamos ante un mestizo que hacía circular por sus venas una porción indeterminada de sangre oriental. ¿Se trataba de un chino?. No, no, aquel hombre no era ni un chino ni un negro; no era nada enteramente pero lo era todo por partes y en minúsculos tantos por ciento y si tenía algo de latino, también lo tenía de árabe, de eslavo, de anglosajón, de indio, de japonés, de turco. Aquel individuo era un cruce de caminos y de razas, un mil leches que hablaba todos los idiomas y se entendía con todos los dioses del universo. La cortina de agua no nos dejaba ver con claridad pero su voz recia y potente era como un faro en la tormenta y todos le observamos subyugados por su discurso barroco, vibrante y adormecedor; era un guerrero que tenía el don de la elocuencia y hacía de los adjetivos armas arrojadizas que paralizaban al adversario; el lenguaje era un sable cortante y puntiagudo, una catana oriental que nos dejaba inertes y a su merced. Durante una hora el hombre vociferante dijo, con una sinceridad que rayaba en la falta de urbanidad, lo que pensaba de nosotros y de nuestras madres, describió con todo lujo de detalles la condición sexual de los varones que nos habían precedido en el tiempo, hizo un balance muy poco favorecedor, aunque eso sí, tendencioso, de la virtud de nuestras hermanas y analizó someramente el carácter liviano del resto de las mujeres de la familia.
La cortina de agua no nos dejaba ver con claridad y el hombrecillo gordo no dejó de hablar y hablar hasta que cesó el chaparrón y brilló el sol nuevamente; tejió, hay que reconocerlo con humildad, el insulto más largo, ofensivo y soez que se había pronunciado hasta entonces en el Continente. Cuando acabó la ventolera el hombre gordo levantó el bastón y más de trescientos guerreros vociferantes y gritones salieron a todo correr de la hilera de carros aparcados a su espalda. Eran niños, adultos, matronas, gigantes, enanos; tenían el rostro pintado de azul y rojo y sus alaridos eran tan agudos y estridentes que el terror nos paralizó. La horda destruyó carros, rasgó los retratos de don Pierino, hizo añicos sus bustos, pulverizó sus estatuas, quemó sus dibujos. En quince minutos se vino abajo el museo del prócer que se había levantado mensaje a mensaje durante más de cuarenta años. Don Felipe IV quiso impedirlo y un rapazuelo lo abatió de un fuerte puntapié en salva sea la parte; vi cómo mi padre se desmoronaba y tal vez moría pisoteado por aquel ejército de miserables. El hombre gordo lo observaba todo con una sonrisa de satisfacción y cierta impaciencia; me acerqué a él sin que se percatase, busqué una piedra redonda y sin aristas y se la arrojé con fuerza a la cabeza con la pretensión de descalabrarlo. El oficio de bufón lleva implícito el dominio del arte del lanzamiento de boñigas de vaca y, gracias al deporte bufonesco, le acerté en pleno rostro. El hombre miró a su alrededor y se vino abajo como un guiñapo. Me acerqué a él: todavía respiraba. Busqué en mi bolsillo y encontré lo que llevamos las gentes que han matado por cuenta ajena: una cuerda lista para confeccionar un garrote y mandar a un prójimo al más allá si se presenta una urgencia. Preparé la guita con parsimonia y se la coloqué alrededor del cuello. Hacía años que no mataba a nadie y asesinar a aquella mala bestia me producía cierta ilusión; era, sí, mi primera muerte justa, la primera ejecución que, tal vez, me redimía de los muchos asesinatos cometidos en el pasado. Abofeteé al hombre gordo para que no se muriese sin enterarse. Abrió sus ojillos y se quedó estupefacto. Leí en su mirada que pensaba que aquello no le podía pasar a él. Le sonreí y apreté el garrote y le fui quitando el aire poco a poco: el rostro se fue quedando lentamente amoratado, sin expresión; los ojos turbios me indicaron que la muerte estaba a punto de llegar y, justamente antes de darle el empujón postrero, un segundo antes de invitarlo a pasar al más allá, una expresión, un gesto, algo en aquel rostro de animal moribundo me indicó que se trataba de don Pierino, el hombre al que llevábamos buscando hacía más de medio siglo por los caminos de América. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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