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CONTRAPUNTO

 

Hay quien se opera hasta las cuerdas vocales para que la cadencia de la voz no revele la verdadera edad del interlocutor, que ha hecho un esfuerzo enorme para aparentar juventud, aunque para eso se haya tenido que operar hasta el blanco de los ojos. Jesús.

JULIO 2004

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DIVINO TESORO
POR CAROLINA FERNANDEZ

Pues eso, la juventud. Divino tesoro o maldita condena, según. El reloj es implacable y nos demuestra una y mil veces que todo lo que sube, baja, y que no hay dientes que cien años duren. El proceso es natural, y ha mejorado mucho para las generaciones más jóvenes -del mundo rico, claro, porque el pobre tiene otras preocupaciones-. Pero la obsesión de la sociedad occidental por borrar los signos del tiempo resulta cada vez más enfermiza. Y cuanto más enfermiza, más incomprensible. Conviven en la misma olla a presión la preocupación desmedida por el cuerpo, con el descuido absoluto. Ya todos sabemos que la obesidad y dolencias relacionadas -que son unas cuantas- son característica de los países ricos, aquellos en donde sobra tanto que la desmesura y el atracón provoca miles de muertes al año. A la vez, crecen como setas los métodos milagrosos para todos aquellos que viven angustiados en un cuerpo, que más que cuerpo resulta cárcel.
Dicen que a la gente le entra el pánico cuando llega el día -que siempre llega- en el que nos damos cuenta de nuestro trasero se descuelga con una aceleración de 9,8 metros por segundo en dirección hacia el centro de la tierra, gracias a la acción y efecto de la fuerza de la gravedad, siguiendo el mismo camino que pechos, mentones, párpados y otras secciones de la anatomía, que en el natural devenir del tiempo, se precipitan hacia abajo sin compasión. El tiempo agobia. Y hay que borrar sus huellas como sea. Ahora leo que hay quien se opera hasta las cuerdas vocales para que la cadencia de la voz no revele la verdadera edad del interlocutor, que ha hecho un esfuerzo enorme para aparentar juventud, aunque para eso se haya tenido que operar hasta el blanco de los ojos. Jesús.
Y como ejemplo, he aquí el texto de un anuncio: "Tú, mujer, si te miras al espejo y lo que ves no te gusta, y si encima eres una perezosa redomada, los centros de belleza realizan tratamientos que te ayudarán. Y si aún así no te encuentras contigo misma, siempre te quedará la cirugía". Lógico y normal. Una va a un cirujano porque no sabe qué hacer con su vida, y tumbada en la camilla, a punto de perderse en los vapores narcóticos de la anestesia, encuentra el sentido fundamental para la existencia que estaba buscando. Este consiste básicamente en perder cuarto y mitad de muslamen, rebajar abdomen, subir las tetas hasta la barbilla y ponerse los labios de Angelina Jolie (que a ella le quedan de muerte súbita, pero a las imitadoras parece que las han molido a puñetazos). Así, con esa nueva guisa, llena de costurones y con la cuenta bancaria sensiblemente mermada, se supone que la operada en cuestión será más feliz, más capaz, más mujer, ganará seguridad en sí misma y se olvidará de ese molesto complejillo de inferioridad que no la dejaba vivir. Y si no, repítase la operación para modificar pómulos, retocar la nariz y esculpir los brazos. Y así hasta que la susodicha se mire al espejo y no se reconozca. Esa es la solución al problema: convertirse en otra cara y otro cuerpo, para poder fingir que se es otra persona y desembarazarse de las taras de la persona anterior.
Pero nada, ni siquiera una pastilla de esas que funde las grasas de las pistoleras como la gota de lavavajillas del anuncio, soluciona las insatisfacciones. Ni tampoco una sesión de masaje con rayos UVA e hidratación integral arregla complejos y suple carencias. El bisturí es el milagro que devuelve a la persona operada en cuestión la autoestima que no tenía en su vida a. de Q. (Antes del Quirófano). Quien no está a gusto con el cuerpo que le ha tocado en gracia ¿lo estará más con unos labios inflados de silicona, al estilo mogambo? (Por cierto que a una le hacen cosas en esas cabinas de belleza, a puerta cerrada, que parecen terroríficas. ¿Qué será hacerse una exfoliación? Dios santo, no quiero saberlo).
Tampoco se trata de hacer una disertación a favor de los traseros celulíticos, como si fueran la octava maravilla del mundo. No lo son, porque quien elija uno de esos antes que el culito bailón de Cameron Díaz, miente como un bellaco. La cuestión es la esclavitud que ello acarrea. Y la cuestión es que occidente está cada vez más inundado de michelines porque el sedentarismo es una enfermedad contagiosa, porque hay más vagancia que respeto por el propio cuerpo, porque el mercado está inundado de comida basura que nos entra por los ojos y nos llena el estómago de grasas imposibles de digerir.
Maravillas de la sociedad occidental, tan rica, tan ostentosa, tan sobrada de todo, tan malabarista para crearse problemas y tan peculiar para buscar soluciones. El culto al cuerpo es un suculento negocio que mueve anualmente sólo en España cien mil millones de las antiguas pesetas, para entendernos. Y no es sólo cosa de hembras. Ellos se suman y revientan las cifras. Hoy se operan el doble de hombres que hace dos años. Y ahora, además se llevan los retoques, las pinceladas sin cicatrices: un arreglillo en la nariz, un no sé qué en los párpados, una corrección en la ceja. Menudencias para mejorar esa expresión tristona de los ojos, que se debe, no a una vida anodina, sino a un exceso de grasa subcutánea. Además, la cirugía es un regalo cada vez más extendido. ¿Que la niña aprueba la ESO? Pues sus papás le pagan la ansiada operación para rediseñarse las tetas. Y todos tan contentos. Yo le recetaba a la niña un viajecito con gastos pagados a algún lugar de esos en los que no hay problemas de sobrepeso, donde no conocen las dolencias cardiovasculares ni el colesterol, donde la gente no se preocupa por si tiene el trasero bajo, o los brazos flácidos, o el pecho pequeño, y donde las patas de gallo son bienvenidas, pero para hacer caldo con ellas.
Ahí se nos curaban todas las gilipolleces del mundo.
Jesús, cuánta insatisfacción. ∆

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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