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 CAPITULO XXIV - ¡VIVA EL REY!

 

¿Quiénes son ustedes, si puede saberse?", preguntaba algún curioso y entonces mi padre tomaba la voz cantante y contestaba muy ufano: "Este señor bajito es Cristóbal Colón, aquel bizco de allí se llama Hernán Cortés, el enano que me abanica es Manolito, mi bufón y secretario y yo soy Felipe IV, el rey de España". "¡Ah!", contestaban los lugareños.

FEBRERO 2004

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXIV - ¡VIVA EL REY!
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Cuando los españoles se enteraron de que Felipe IV se marchaba a las Américas para visitar a sus súbditos de ultramar, primero se escandalizaron, después se quedaron estupefactos y, por último, todos gritaron como un solo hombre: ¡Viva el Rey! Fue, ahora que lo pienso, la mejor época de mi padre y también la más feliz. El Rey se mostraba exultante, generoso y dicharachero y el proyecto de redescubrir las Indias de sus mayores le llenaba de satisfacción y de orgullo. Madrid era una fiesta. El viaje y la aventura le hacían más humano y accesible y también más mundano y vulnerable. Recuerdo que apunté en el diario de transgresiones, donde cada noche anotaba los pecados del monarca, dos erecciones, seis malos pensamientos y sólo dos soberbias y una ira. La puesta en marcha del viaje fue un revulsivo que movilizó a la burocracia de Palacio y terminó con la pereza secular, con aquella galbana que todo lo cubría como un barniz que nos inmovilizaba. Los preparativos despertaron incluso a los más momificados y todos, como impulsados por un resorte, nos movíamos de un lado a otro como seres enloquecidos. La selección de las tripulaciones de La Niña, La Pinta y La Santa María se culminó después de una labor agotadora y los candidatos, una vez demostrado con papeles, testimonios y documentos acreditativos que descendían de los personajes históricos, tenían que superar la prueba más difícil que consistía en ser el vivo retrato de los difuntos. Los peritos miraban las arrugas de los pretendientes con lupa, comparaban lunares, papadas, jorobas, melenas, narices, orejas. La tarea resultó agotadora. Después de un trabajo largo y minucioso seleccionamos un Colón muy bajito y orejudo muy parecido al Almirante, dos Pinzones de aire atontolinado, un Cortés duro de mollera y dos Pizarros con aire patibulario y mirada encanallada. Daba gloria verlos porque eran tan parecidos a sus ascendientes que no se distinguían de los verdaderos y cuando deambulaban por Palacio todos juntos era como echarle una ojeada a la Historia de España. La tripulación, formada en total por ciento ochenta hombres, era un muestrario de los eventos del otrora y todos tenían escrito en sus jetas las penurias de la patria y los avatares y desdichas de las crónicas pretéritas. Salimos de Madrid un 3 de junio en loor de multitud. La comitiva la formaban ciento cincuenta carruajes que cruzaron lentamente las calles de Madrid y enfilaron con decisión el camino del sur. La gente nos aclamaba y alguno me reconoció y le dijo a su vecino: "Mira, mira, ese señor tan elegante es el caballero del verde jubón, el hijo bastardo de Felipe IV. Dicen que es el autor espiritual del Quijote; el que le dictó el inmortal libro al desdichado Miguel de Cervantes y Saavedra". El viaje fue agotador y cuando llegamos al puerto de Palos, cansados, sudorosos y hambrientos, la multitud se había reducido sensiblemente; los nobles fueron desapareciendo misteriosamente y sin despedirse; se iban a la francesa y de tapadillo y cada mañana la larga hilera de vehículos se encogía un poco más y cuando mi padre se percataba y preguntaba; "¿Dónde está el conde de Villalba?", alguien le respondía: "¡Oh, señor, ha tenido que regresar a Madrid precipitadamente por asuntos familiares!" De esta manera fueron desapareciendo de la comitiva lo más granado de la corte, los grandes de España, media docena de duques, una veintena de marqueses, cuarenta o cincuenta condes y la mayoría de la gentecita bien que formaba la hilera de vehículos. En Palos nos esperaban las tres carabelas famosas. O sea, La Pinta, La Niña y la Santa María y medía docena de lugareños nos observaba con una mezcla de curiosidad e impertinencia, con esa indiscreción y falta de estilo con que miran los pobres de solemnidad las idas y venidas de los poderosos. "¿Quiénes son ustedes, si puede saberse?", preguntaba algún curioso y entonces mi padre tomaba la voz cantante y contestaba muy ufano: "Este señor bajito es Cristóbal Colón, aquel bizco de allí se llama Hernán Cortés, el enano que me abanica es Manolito, mi bufón y secretario y yo soy Felipe IV, el rey de España". "¡Ah!", contestaban los lugareños, nos observaban en silencio, cuchicheaban entre ellos y después regresaban con parsimonia y sin prisas a sus ocupaciones. ¿Las carabelas? Oh, las carabelas eran tres cascarones inmundos, tres navíos medio podridos que habían participado en cientos de singladuras nada gloriosas. Usted no se imagina, sor Margarita, la gran desilusión que sentí y la ceguera que mostró Felipe IV ante el pavoroso panorama que teníamos delante. "Señor, esto es un desastre, hay que regresar a Madrid y renunciar al viaje", le dije al oído y él, que estaba cegado por la ambición de la gloria venidera, me dio un coscorrón y replicó altanero: "Calla, calla, miserable, ¿no comprendes que cuantas más dificultades tengamos que vencer más emocionante será la aventura y más elogiosas las crónicas de los historiadores que glosarán algún día nuestra gesta?" El Rey, que no atendía a razones, todo lo encontraba perfecto y a la medida de sus deseos y para animarnos desarrollaba una actividad agotadora. Él, personalmente, inspeccionó el avituallamiento de las naves y eliminó todo lo que le parecía superfluo. En su camarote de la Santa María metió como pudo tres baúles con lujosos ropajes y a mí me reservó un rincón junto a su cama y sólo me permitió llevar un par de mudas y el manuscrito del Quijote, los dos gruesos tomos que don Miguel me había dejado en herencia. Cuando se los mostré con la cara compungida para evitar que los tirase al agua los examinó con curiosidad y dudó un momento, a punto estuvo de librarse de ellos de forma expeditiva. "Oh, señor, dejadme conservarlos, porque además de las aventuras de don Alonso Quijano, mi señor don Miguel anotó al dorso de los folios lo que le aconteció en la vida. Habla en esas páginas, en sus memorias, mucho de la bondad de su majestad, describe su donaire y buen sentido y dice más de una vez que vos sois el mejor monarca que ha tenido España y que vuestra alma es más grande y generosa que la de don Fernando el Católico, la de don Carlos el teutón y la de don Felipe el burócrata". El Rey hojeó el legajo, sonrió satisfecho y, durante un instante, se dejó llevar por la melancolía, me acarició la cabeza, me devolvió los manuscritos de don Miguel, suspiró, se enjugó las lágrimas con un pañuelo sucio y musitó: "¿Te acuerdas, amigo mío, de los buenos tiempos? ¿Te acuerdas de doña Alonsita y de Jesusita la Gallega?"
Salimos del Puerto de Palos el 28 de agosto; dos docenas de curiosos nos observaban con indiferencia, algún golfillo nos hizo la higa con desvergüenza, un grupo de desaprensivos se reía ruidosamente y nos señalaba con pitorreo, una mujer nos arrojó una piedra que casi descalabra a don Cristóbal Colón y sólo una criatura patética, posiblemente el tonto del pueblo, exclamó cuadrándose militarmente: ¡Viva el Rey! ¿La comitiva real? Todos habían desaparecido y sólo una tripulación diezmada se subió a las tres desvencijadas carabelas a regañadientes. La flota de protección no apareció y únicamente yo era consciente de que si levábamos anclas estaríamos a merced de los corsarios ingleses. "Señor, es una locura abandonar España", le dije a mi padre cuando la Santa María empezó a moverse chirriando y con mucha dificultad. "Hombre de poca fe", contestó Felipe IV y me dio la espalda con indiferencia. Don Cristóbal Colón, el pariente lejano del Almirante, se transformó en cuanto abandonamos la bocana del puerto. La suya, sor Margarita, fue una metamorfosis absoluta: el hombrecillo tímido que nos había acompañado durante el largo viaje por tierra se transformó en un ser despótico y vociferante que no dejaba de dar órdenes; padecía don Cristóbal de incontinencia verbal y tenía muy agudizadas las dotes de mando y aunque nunca se había subido a un barco de verdad y según murmuraban las malas lenguas conocía el mar sólo de referencias, para compensar se había pasado media vida analizando las singladuras de su pariente lejano; era, don Cristóbal Colón, un marino teórico que conocía la tesis e ignoraba la praxis, un navegante de gabinete que podía recitar de corrido los nombres y apellidos de todos los vientos del planeta pero que nada sabía del dolor de los huracanes, del alarido que transportan las tormentas y de esa dulce melancolía que dejan las ventoleras cuando se van y nos amenazan desde la línea del horizonte con el puño cerrado. En cuanto se subió a bordo comenzó a mandar sin tino a la marinería que le observaba ceñuda y le obedecía de mala gana. Cuando apenas había comenzado el viaje, a dos millas mal contadas de la costa, envió a la sentina cargado de grilletes a un marinero díscolo cuyo tatarabuelo había tenido dificultades con el Almirante hacía doscientos años. Felipe IV y un servidor observábamos las trifulcas acurrucados en un rincón sin atrevernos a levantar la voz y comprendimos horrorizados que los odios, las venganzas y el ajuste de cuentas no se terminan nunca en nuestra patria, que aquí la Historia se repite una y otra vez, que los pleitos duran varios siglos y jamás se cancelan las fobias y los ecos de las puñaladas suenan como una cantinela sin fin porque la violencia no tiene entre nosotros fecha de caducidad. Aquello era el horror, sor Margarita. Si el primer día de navegación estuvo lleno de tensiones, la noche fue el envés del espanto. Desde nuestro rincón mi padre y yo, abrazados, escuchamos el fragor de la lucha y los gritos de los dos bandos en que se había dividido la tripulación. Los partidarios de Colón y los adversarios del Almirante peleaban para conseguir el mando de la nave y lo hacían a brazo partido, sin piedad; resucitaban la lucha de sus mayores con nuevos ímpetus y violencias recién estrenadas; se apuñalaban por la vida y por la honra, se acuchillaban con fiereza por las pasiones del otrora. ¿Fue un motín aquella lucha salvaje que nosotros intuimos desde nuestro rincón? Lo fue y de los más crueles que recuerda la historia de la navegación a vela. "¡Mátalo!" "¡Arrójalo al agua!" "¡Termina con él!" "¡Rebánale el cuello!" "¡Muerto soy!" "¡Traidor!" "¡Muere canalla!" En la oscuridad de la noche y desde el rincón de los cobardes el Rey y yo oíamos el ir y venir de los contendientes, adivinábamos la lucha y escuchábamos el estertor de los asesinados, sus gemidos y sus lamentos. Fundidos en un abrazo apretado mi padre y yo temblábamos de miedo sin pudores, sin disimulo. A las seis de la mañana cesaron los aullidos, las quejas, los insultos y los lloros y sólo escuchamos el ruido del mar y el canto extemporáneo de un gallo. A las siete, con las primeras luces, salimos de nuestro refugio y recorrimos la Santa María. La cubierta de la carabela chorreaba sangre y los camarotes vacíos estaban cubiertos de un rojo carmesí que nos causó un respeto imponente. Víctimas y victimarios se habían esfumado. Nos miramos con estupor y comprendimos que estábamos solos y perdidos en mitad de la mar océano. La Niña y la Pinta habían desaparecido y La Santa María navegaba sin rumbo y a merced del viento. ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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