
El papel femenino en la
memoria pública ha sido casi nulo a lo largo de la historia, hasta que en
los años sesenta algunas profesionales empezaron a buscar en el baúl de
los recuerdos y a encontrar muchas sorpresas inesperadas. |
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FEBRERO 2004

BUSCANDO EN EL BAUL DE
LOS RECUERDOS
POR MARTA F. MORALES
L eo en la prensa de hoy que la
Concejalía de la Mujer de un ayuntamiento asturiano ha puesto en marcha
talleres de memoria dentro del programa "Espacios para la salud" que ya
viene desarrollando. Leo esta noticia, digo, y me alegro por varias
razones. La primera, que es una iniciativa muy interesante que beneficiará
a mujeres de la zona. No es fácil encontrar propuestas efectivas y de
valor dirigidas exclusivamente a mujeres si echamos la vista atrás algunas
décadas, pero se agradece el trabajo constante que en los últimos años
vienen haciendo entidades como las concejalías de mujer o de políticas de
igualdad, los institutos regionales de la mujer, etc. Con presupuestos
limitados y con escasez de personal en muchos casos, están demostrando que
las mujeres importan como grupo objetivo de políticas y acciones en las
que merece la pena invertir tiempo, energías y dinero. O sea, que son
ciudadanas de pleno derecho. Y que cuando se les permite ejercer, lo hacen
a conciencia.
Una segunda razón de mi satisfacción por esta iniciativa tiene que ver con
el avance que supone respecto a las políticas de salud en general. Está
demostrado en no pocas investigaciones que los problemas que atañen a las
mujeres se estudian menos, se consideran de menor importancia y tienen
inversiones mucho menores por parte de la administración y las empresas
privadas. No es que la pérdida de memoria sea una cuestión exclusivamente
femenina, pero es digno de aplauso que se tome en serio y que las mujeres
de este municipio costero puedan afrontarlo sin ser tratadas de locas,
exageradas o histéricas. Aunque parece que tenemos un umbral de dolor
mucho más alto y que nos quejamos mucho menos, las mujeres tenemos fama de
hipocondríacas y excesivas a la hora de enfrentar la enfermedad. Por eso
algunas aguantan en silencio el castigo de la fibromialgia, y por eso
también algunas adolescentes se consumen en la anorexia sin que en su
entorno se detecte el problema como una amenaza real.
Pero lo que más me alegra de esta noticia es la posibilidad que se ofrece
a las mujeres de esta zona del Principado de Asturias de luchar por
recuperar su memoria física y sensorial, pero también histórica, a través
de ejercicios saludables en grupo. En los años que llevo trabajando con
mujeres en aulas y talleres he visto con tristeza cómo las historias
contadas en femenino se consideraban bagatelas sin relevancia, y cómo
algunas ancianas que eran verdaderos archivos vivientes dejaban morir su
memoria por culpa de una tradición que condenaba todo lo relacionado con
las mujeres al olvido. Hay heroínas a la vuelta de la esquina cuyas vidas
nunca conoceremos, porque lo callan tras un "lo del mi hombre sí que era
importante". Pasan entonces a hablar de migraciones, de guerras civiles,
de persecuciones, de trabajos en condiciones infrahumanas, de uniformes y
de alta política. Dejan sin decir, sin embargo, que ese mundo de batallas,
producción y vida pública se mantiene vivo gracias al trabajo
reproductivo, doméstico, de cuidado y de custodia de las costumbres que
realizan las mujeres en todas las culturas, y que en las últimas décadas
se acumula al que se hace día a día en el mundo laboral, asociativo,
empresarial, etc.
El papel femenino en la memoria pública ha sido casi nulo a lo largo de la
historia, hasta que en los años sesenta algunas profesionales empezaron a
buscar en el baúl de los recuerdos y a encontrar muchas sorpresas
inesperadas. Se han ido descubriendo así desde entonces escritoras que
habían sido "negras" de sus maridos toda la vida, científicas que habían
realizado descubrimientos fundamentales antes de que nombres de varón los
hicieran oficiales, viajeras que recorrieron los lugares más inhóspitos
sin que se les dedicara ni una página, etc. Y junto a ellas, millones de
mujeres con rostro y nombre borrados que trabajaron en las fábricas
durante las guerras mundiales para sostener la economía de sus países,
sombras femeninas que abrieron brechas en sistemas de opresión racista y
sexista, madres de artistas que se empeñaron en sacarlos adelante, abuelas
que cuidaron a toda una familia en las ausencias forzosas del secuestro
político...
Esa memoria es, junto con la personal, la que merece la pena rescatar y
conservar. Para que en los libros de historia del futuro no salgan sólo
reinas de camisa mugrienta, princesas locas, damas de hierro y Marie
Curie, sino que se refleje la realidad histórica femenina y plural que
hubo detrás de la vida doméstica, de la lucha por el voto y de tantas
otras cosas. Y para que los niños y niñas de hoy y de mañana se sienten
cada noche a escuchar a sus abuelas con respeto, con ganas de aprender y
con la responsabilidad de saber que se convertirán en guardianes de esos
recuerdos cuando ellas vuelvan al polvo. En mi caso, tengo muy claro que
en mis abuelas hay Historia con mayúsculas, y que pocas cosas serían más
tristes que verla desaparecer por falta de atención. No sería justo ni
para ellas ni para mí, y las que me sigan no me lo perdonarían. Con razón.
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martafmorales@hotmail.com
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