
Si la persona ha
sobrevivido a un incendio, una simple cerilla puede disparar una respuesta
de ansiedad tan intensa como la provocada por el estímulo estresor en su
día.
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ENERO 2004

ESTRES POSTRAUMATICO
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
El
estrés postraumático se refiere a un conjunto de síntomas graves e
incapacitantes que acaecen en un organismo tras la exposición a
experiencias traumáticas de carácter extremo o catastrófico.
Sobre el año 1800, tras una serie de accidentes ferroviarios, se detectó
este tipo de patología psíquica muy llamativa: ansiedad, imágenes mentales
recurrentes (alusivas al estrés excepcional vivido), insomnio y apatía. En
aquel momento se concluyó que este síndrome estaba causado por lesiones
físicas, probablemente por contusiones en la médula espinal.
Posteriormente otras descripciones, procedentes del terreno bélico,
pusieron de manifiesto patologías similares, lo cual suscitó un profundo
interés en ámbito de la investigación médica. Se habló de neurosis de
guerra, patología causada, en gran medida, por una supuesta lesión
cerebral. Se subestimó, en todo momento, la importancia de los
acontecimientos en que el organismo hubiera estado sumido.
Fue a partir de la Segunda Guerra Mundial cuando varios estudios
psiquiátricos coincidieron en que numerosos soldados aquejados de estrés
postraumático no habían manifestado patología psíquica con anterioridad y
tampoco habían sufrido lesión física alguna que justificara este estado,
tenía que ser, por tanto, el estrés ambiental el factor fundamental a
considerar.
Actualmente, la experiencia acumulada, permite conocer y afirmar que este
tipo de patología es común, no solamente a experiencias extremas como son
las bélicas, los secuestros, los encarcelamientos, sino que también se
puede producir ante una gran variedad de estresores que desbordan las
experiencias cotidianas.
Estos estresores han de ser experiencias amenazantes para la vida del
sujeto como pueden ser un atraco, una violación, un incendio, un accidente
grave, presenciar un asesinato, etc.
El síndrome por estrés postraumático presenta una sintomatología grave e
incapacitante que se articula en torno a tres síntomas básicos:
-Evocación reiterada e involuntaria de la experiencia traumática: El
paciente constantemente es invadido, bien en forma de pesadillas o bien en
forma de recuerdos e imágenes, por rememoraciones del acontecimiento
experimentado. Estos recuerdos, que se producen en contra de la voluntad
del sujeto y le producen un estado ansioso de elevada intensidad que hacen
que evite todos aquellos estímulos asociados con el trauma. Ej: si la
persona ha sobrevivido a un incendio, una simple cerilla puede disparar
una respuesta de ansiedad tan intensa como la provocada por el estímulo
estresor en su día.
-Reducción del nivel general de respuesta a los estímulos cotidianos: El
organismo permanece sumido en una especie de anestesia afectiva, se
observa una reducción significativa de la capacidad de sentir, los
estímulos que anteriormente eran placenteros no tienen ninguna capacidad
para suscitar las mismas respuestas.
-Hipervigilancia: el sujeto experimenta un estado psicofisiológico de
hiperalerta; sus respuestas de sobresalto son constantes y desmesuradas
ante cualquier estímulo objetivamente neutro. El incremento de la
frecuencia cardiaca, la sudoración, el temblor, el miedo, los trastornos
del sueño y la tensión muscular son síntomas que se reactivan y
realimentan constantemente ante cualquier estímulo o pensamiento que pueda
estar asociado con el hecho traumático.
El síndrome por estrés postraumático cursa, asimismo, con estados
depresivos muy intensos. Ciertos rasgos de personalidad (ej, compulsivos o
asténicos) o antecedentes de enfermedad neurótica pueden ser factores
predisponentes y hacer que descienda el umbral para la aparición del
síndrome o para agravar su curso, no obstante estos factores no son
necesarios ni suficientes para explicar la aparición del mismo.
El comienzo de esta patología tiene una latencia, posterior al
acontecimiento traumático, que varía desde unas pocas semanas hasta meses,
aunque raramente supera los seis meses.
El curso es fluctuante pero con una terapia adecuada se espera una
recuperación en la mayoría de los casos. Una pequeña proporción de los
enfermos puede desarrollar una patología crónica y, por consiguiente,
extensible a su personalidad que se verá profundamente alterada. ∆ |