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 CAPITULO XXIII - EL REDESCUBRIMIENTO DE AMERICA

 

¿Tú crees, Manolito, que me quieren tanto como dicen? -Os adoran, señor. Esa crónica escrita de tapadillo que circula de mano en mano está calando en la opinión del pueblo y de las buenas gentes de allende los mares y sois para ellos, además de un rey prudente, un héroe novelesco.

ENERO 2004

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXIII - EL REDESCUBRIMIENTO DE AMERICA
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

F

elipe IV decidió viajar a América por vanidad. Cuando le dije que ningún monarca español había cruzado el océano noté que se quedaba pensativo, me preguntó que si estaba seguro de lo que decía y cuando, quince días después, le pedí audiencia y comparecí ante él con toda la documentación y la puse encima de la mesa, mi padre se quedó fascinado por mi eficacia y prontitud.
-Cuando quieres eres desenvuelto y trabajas bien. Veamos lo que me traes. -dijo complacido y comenzó a hojear los legajos del archivo "Viajes Reales", que yo había limpiado previamente con mi plumero de bibliotecario .
El archivo era prolijo en detalles y explicaciones. Los Reyes Católicos no habían demostrado ningún interés en viajar a las Indias, entre otras cosas porque Isabel era una dama que le gustaba tener los pies en el suelo y se consideraba una neófita en las artes natatorias. "Que viajen ellos", había dicho la soberana una vez que Bartolomé Colón alabó la belleza de las islas caribeñas y le preguntó si no pensaba conocer La Española algún día. De Fernando no constan comentarios ni aparecen notas marginales; Fernando el Católico era, en sentido estricto, un español que no sabe, no contesta. Carlos I, después de su accidentado desembarco en Tazones, miró con prevención, durante su dilatado reinado, las singladuras ultramarinas y sólo Felipe II estuvo a punto de irse a conocer sus posesiones del otro lado del horizonte, pero le hicieron desistir de su propósito los enormes quehaceres burocráticos en los que el Emperador naufragaba inevitablemente cada día. Antonio Pérez, su secretario, era partidario del viaje pero Juan de Austria frunció el ceño y adujo unas razones que el escribiente dejó plasmadas para la Historia en los legajos que mi padre y yo manejábamos con tanta soltura: "A las Indias, majestad, deberán ir los desheredados, los que nada tienen, los que sólo dibujan proyectos y manejan sueños y como carecen de todo lo tienen todo por ganar y, por el contrario, es bueno que permanezcan en España los que hayan asumido la obligación de administrar un patrimonio de hombres honrados y bienes cuantiosos. A los primeros las Américas les hacen grandes por su audacia y a los segundos los convierte en gigantes por su prudencia"
-Palabras sensatas las del gran navegante - dijo Felipe IV
-Sin duda, pero a él no lo querían en las colonias como os quieren a vos -apostillé zalamero.
-¿Tú crees, Manolito, que me quieren tanto como dicen?
-Os adoran, señor. Esa crónica escrita de tapadillo que circula de mano en mano está calando en la opinión del pueblo y de las buenas gentes de allende los mares y sois para ellos, además de un rey prudente, un héroe novelesco. A Benedicto XVI, al papa de Pontevedra, le ha causado graves problemas de identidad y tiene el hombre que estar convenciendo a unos y otros de su virilidad con demostraciones que atentan contra el pudor, pero a mi señor le favorece la crónica espuria que está engrandeciendo su figura. No hay nada, señor, como la buena literatura para poner a cada uno en su lugar.
Mi padre me miró con aire socarrón, murmuró un "perillán" sin exclamaciones y cambió prudentemente de conversación. Los días siguientes los invirtió en darle vueltas al asunto. El cruzar el mar océano sería considerado como una hazaña prodigiosa y ya se imaginaba Felipe IV cómo sería recibido por sus súbditos del más allá y el dolor que infringiría su partida a los españoles del más acá; unos gritarían:¡no te marches nunca! y los otros rogarían: ¡vuelve pronto! Fantaseaba el rey e imaginaba sus emocionantes encuentros con los pecheros que mandaban la plata del Perú y el oro de Méjico, con los pujantes criollos de La Habana y los grandes oradores de Buenos Aires, aquellos extraños especímenes humanos dotados con el don de la elocuencia y aquejados, a veces, de la melancolía que produce la incontinencia verbal. "Podría ser maravilloso", murmuraba entre dientes el monarca; a veces me guiñaba un ojo y decía sin venir a cuento: "Parece que ya oigo los discursos". Yo lo observaba a distancia y, paso a paso, iba urdiendo mi plan con la paciencia de la araña que desea devorar a su presa. Imaginaba, sor Margarita, que el viaje alejaría al rey de los pocos parientes vivos que le quedaban y que mi papel subiría de forma imparable. Un servidor era de hecho el secretario personal de Felipe IV pero no era su valido; mi padre me tenía de correveidile, me utilizaba para asuntos viles, era su delincuente de confianza, el que le hacía las chapuzas y las corruptelas. Como un servidor carecía de sentido moral y no entendía los vericuetos de la ética, don Felipe le manejaba como el que maneja un martillo pilón y yo, aunque tenía alma de herramienta, era una herramienta con aspiraciones y soñaba con ser sable que conquista, espada gloriosa que se quiebra, puñal de mango repujado de fina pedrería, pero nunca tosca navaja que asesina. ¿Que qué quería hacer yo con el paso de los años y el aumento de la ambición? Muy sencillo: mandar y pasar a la Historia; sí, sí, mangonear, decidir, mover capitales, desplazar ejércitos, hacer declaraciones y pronunciar frases con enjundia en lugar de ingeniosidades de pícaro. Si estar en los libelos me producía una satisfacción grandiosa, aparecer en las crónicas oficiales era mi objetivo final, la culminación de todas mis aspiraciones personales. No sonría, por favor, sor Margarita, y póngase en mi lugar. Un enano, si es un bufón para más inri, necesita para sobrevivir la droga de la fantasía, las muletas de los sueños; los seres ridículos precisamos para no enloquecer invertir la mayor parte de la noche en maquinar prodigios e imaginar la estatura que nunca podremos alcanzar y la apostura de la que carecemos. Nosotros vivimos cuando los otros duermen; ése es el delirio de los desdichados, nuestro drama más íntimo. Quise estar al lado del rey para hacer estrategias de guerra y planes de paz, para preocuparme del pueblo, arengar a la soldadesca que se iba a morir a Flandes y decirles eso que dicen los grandes hombres, eso que nos llega hasta el tuétano y nos conmueve hasta la lágrima, porque, como tantas veces le oí decir a don Vilian, la vida de los seres singulares está hecha de la materia de los sueños; yo quería decirles a mis caballeros que morir, sólo morir, lo sabe hacer cualquiera, pero morir con honor es patrimonio de los elegidos, de los héroes, de los titanes, de los personajes de ficción que están, incluso, por encima de la literatura. Lo único que pretendía en aquellos tiempos, señora mía, era hablar en verso y que alguien escuchase mi parlamento y se conmoviese con mis palabras. En resumen: deseaba mudar de condición y ser otro distinto, mejor y más lejano.
Un mes más tarde Su Majestad anunció oficialmente que se iba a las Américas para vivir de cerca los problemas de sus súbditos de ultramar. Fue una declaración solemne realizada con trompetas y timbales. El Rey se puso sus mejores galas y lo anunció en un discurso que figura en las crónicas de la época. Hay tratadistas que se refieren a la importante pieza oratoria como el principio del fin del largo reinado de mi padre y otros, por el contrario, creen que Castilla resucitó con aquella prueba de coraje y se ganó el respeto de las minorías que entendían de estética. En toda España no se hablaba de otra cosa. Los ciudadanos de Madrid se quedaron estupefactos y en todos los mentideros la gente se preguntaba: "Don Felipe IV se va a ultramar como los caballeros de fortuna, como los pobres, como los desdichados ¿qué es nuestro rey, un santo o un mentecato?" Nadie sospechaba que yo había sido el responsable del desaguisado y uno, prudentemente, evitó todo tipo de protagonismo y dejó a Felipe a solas con sus sueños y sus locuras. El Rey, entusiasmado, incluso rejuvenecido, proyectó el viaje como un redescubrimiento y anunció que la expedición principal constaría de tres naves que se llamarían La Pinta, La Niña y La Santamaría que recorrerían, exactamente, el periplo realizado por el Almirante. "Pero ¿y la seguridad? ¿qué ocurriría con los corsarios ingleses?", inquirieron los agoreros. Felipe reflexionó unos días y decidió que a una distancia de media legua una poderosa flotilla de quince navíos armados protegerían a las carabelas y las auxiliarían en caso de necesidad. Todas las objeciones que ponían los ministros, todos los inconvenientes que encontraron los asesores, mi padre los resolvía con presteza y eficacia. El redescubrimiento de América tendría algo de evento histórico y de representación teatral. Se buscó a los descendientes de los protagonistas y se les invitó a sumarse a la expedición. Y ante la sorpresa de las gentes sensatas acudieron todos en tropel. Llegaron los descendientes de los grandes hombres reclamando un lugar en la aventura. Aparecieron los parientes de Cristóbal Colón y de los hermanos Pinzón; llegaron catorce Hernán Cortés, trece Pizarros y exigieron participar en el viaje los descendientes de la marinería que acompañaron al Almirante en el gran viaje. Todos traían certificados y aportaban pruebas irrefutables; uno portaba los auténticos diarios de don Cristóbal, otro enseñaba con orgullo el casco que el tío Francisco había llevado a Perú y el otro juraba que aquellas calzas remendadas habían pertenecido al bisabuelo don Hernán, que en paz descanse. En pocas semanas las calles de Madrid se atestaron de hombres de buena familia que reclamaban sus derechos a la gloria futura. Los más agresivos eran los Colones, los Colones eran insufribles; en un italiano fingido y macarrónico exigieron ser tratados de acuerdo con su dignidad e ilustre linaje. En total se presentaron 328 descendientes que pretendieron hospedarse en Palacio y que, a coro, le preguntaban a Felipe IV "¿qué hay de lo nuestro?" con aire chulesco. Por antiguas incomprensiones de navegantes los Colones estaban enfrentados a los Pinzones, que sumaban más de doscientos, y las trifulcas fueron incontables en las tabernas y en las calles de Madrid; se cruzaron insultos, se sacaron las navajas y hubo bajas por ambas partes. Mi padre, desolado, acudió a mí cuando el proyecto estaba a punto de irse al garete. "No os preocupéis, majestad", le dije, e ideé un sistema que dio un resultado espléndido. Irían a las Indias los descendientes que se parecieran más a los personajes históricos y sólo los que fueran su vivo retrato o tuviesen un inconfundible aire de familia serían admitidos en la expedición. El mensaje era claro: había que serlo y parecerlo. Se mostraron en el gran salón del trono los retratos oficiales de los personajes que habían tenido algo que ver con el descubrimiento, conquista y colonización de América y los pretendientes pasaron ante ellos como si se tratase de unos espejos mágicos. Los asistentes al acto nos quedamos estupefactos: las caras patibularias se reconocieron en los cuadros al óleo y fue como si la Historia de España volviese sobre sus pasos, como si la gloria, la sangre y el horror nos habitasen de nuevo y todos, vivos y muertos, tuviésemos la mirada perdida de los espectros. ∆

   

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Última revisión: abril 17, 2008. 
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