
Kim perdona. Con una
sonrisa milenaria. Con un abrazo que es una lección de coraje y un ejemplo
de cómo vivir con tus cicatrices y tus miedos sin dejarte dominar por
ellos. Un abrazo de paz en tiempos de guerra.
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ENERO 2004

ALBUM DE FOTOS
POR MARTA F. MORALES
Hace
unas semanas una buena amiga me regaló una cinta de vídeo con un
documental grabado de algún canal de pago que yo no disfruto en mi casa.
Se lo agradecí a pesar del dolor que me provocó. El trabajo, de más o
menos una hora de duración, se titulaba "Kim Phuc, la imagen de Vietnam".
Después de pensármelo bastante, le dediqué una tarde de domingo. No una
hora que duraban las imágenes, digo, sino toda una tarde. Digerir el
contenido y lo que significaba me costó mucho más de lo que duraba el
documental. Y secarme las lágrimas contagiosas de Kim Phuc me llevó
también un buen rato. A veces me pregunto cuándo dejaremos de acumular
violencia y dolor los seres humanos.
Kim Phuc Phan Thi, para quienes no recuerden su nombre con sonido de
campana alegre, es aquella niña que corría desnuda por la carretera número
2 Vietnam-Camboya el 8 de junio de 1972, después de que dos aviones
estadounidenses bombardearan su pueblo con napalm para hacer salir al
vietcong. El fotógrafo Nick Ut, por entonces novato en eso de la guerra y
de apretar el botón a tiempo, oyó sus gritos, vio su piel en llamas, e
hizo lo que había ido a hacer en aquella guerra que tanto estaba
dividiendo al pueblo norteamericano: disparar su cámara. La instantánea
recorrió el mundo inmediatamente y le valió a Ut el Premio Pulitzer de
Fotoperiodismo aquel año. El recuerdo de Kim Phuc es desde entonces el
recuerdo de la primera guerra perdida por los estadounidenses y de una
atrocidad sin nombre que devoró a criaturas inocentes. Como ocurre en
todas las guerras, incluida ésa que no ha terminado cuando escribo estas
líneas, aunque el as de picas haya caído con barba y todo.
Ya parece un tópico esto de repetir una y otra vez que en los conflictos
bélicos de la segunda mitad del siglo XX los peor parados son siempre los
más débiles de la sociedad. Es decir, las mujeres de todas las edades, los
niños y niñas, y las personas mayores o inválidas. Suena a refrán político
manido, a campaña pacifista trasnochada. Pero sigue siendo verdad. Y la
imagen de Kim Phuc gritando a todo lo que daban sus pulmones nos lo
confirma. Al ver el documental, que iba más allá de la foto para mostrar
toda la grabación realizada aquel fatídico día por la prensa allí
presente, contemplamos cómo del cuerpo de Kim caen trozos de algo que
parecen ser sus ropas. La niña sigue chillando. Los otros pequeños que la
siguen por la carretera, también. Los pedazos que se desprenden del
delgadísimo cuerpo de Kim no son vestidos. Es su propia piel. El napalm
deshizo las ropas y luego siguió carcomiendo hasta llegar al hueso. La
niña sigue chillando. Los fotógrafos que la inmortalizan, también. Piden
ayuda, la cogen en brazos, ya inconsciente, y la llevan a un hospital con
riesgo de sus propias vidas.
Treinta años después, un periodista como los de entonces invita a Kim Phuc
a realizar un viaje: buscará a los médicos que la operaron, a la mujer que
la acogió cuando emigró a Canadá sin nada más que sus heridas eternas, y
tratará también de encontrar al piloto que dejó caer la bomba que se llevó
a su familia, su aldea entera, la mayor parte de su epidermis y sus sueños
en Vietnam. Kim, mujer fuerte como tantas, superviviente nata y madre de
sonrisa perenne, acepta. Y los halla. A todos. Agradece a los médicos sus
cuidados, a los fotógrafos su generosidad por elegirla y salvarle la vida
aquel día de primavera. Llora en los brazos de su "mamá canadiense", la
viejita preciosa que recoge refugiados en su casa a pesar de las leyes, de
las fronteras y de los disgustos de verlos partir, repatriados, en
ocasiones injustas. Y en una tremenda escena final, acude como invitada a
una ceremonia de conmemoración de la guerra de Vietnam frente al memorial
que trata de cerrar heridas con sus miles de nombres inscritos en mármol.
Allí le ve. Se sientan cara a cara. Hombre. Mujer. Veterano. Veterana.
Ex-soldado. Civil. ¿Asesino? ¿Víctima? Ahora él es sacerdote. Ahora ella
es embajadora de buena voluntad de UNICEF, activista, esposa, madre y
mujer feliz. Él predica desde un púlpito. Ella da conferencias y charlas
por todo el mundo para convencer a la gente de que la guerra no es el
camino. A él le sigue oliendo a carne quemada cuando cierra los ojos. A
ella también. Es la carne de Kim Phuc, generosa y valiente, que se
enfrentó al dolor sin fin (a sus 37 años siguen curándose las huellas del
napalm) y al que casi fue su verdugo. La carne de los niños vietnamitas,
iraquíes, bosnios... La carne humana que se derrite bajo el fuego cruzado
y sin sentido.
Ante las cámaras, ante mis ojos perplejos, Kim perdona. Con una sonrisa
milenaria. Con un abrazo que es una lección de coraje y un ejemplo de cómo
vivir con tus cicatrices y tus miedos sin dejarte dominar por ellos. Un
abrazo de paz en tiempos de guerra. No quiero volver a ver mujeres
quemadas abrazar a sacerdotes metodistas. No si son como Kim Phuc y su
piloto. No si su encuentro significa que ha habido otra guerra más. Miles
de violaciones más. Miles de muertes más. Miles de niños y niñas sin
hogar. Y otra vez ese olor a carne quemada. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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